Dicen que no hay nada mejor que amar y ser correspondido, sin embargo, no siempre las relaciones de pareja llegan al buen puerto que deseamos cuando las comenzamos. Por desgracia, seguro que todos, o por lo menos la mayoría, llegada una determinada edad nos hemos tenido que enfrentar a una ruptura sentimental, y al dolor que esto conlleva.
Cuando empezamos una relación sentimental seria, no metemos en este grupo a los encuentros esporádicos, sin compromisos o “de una noche”. Solemos creer que esta vez sí, que es la definitiva, que el otro (o la otra) es la persona perfecta, nuestra media naranja, y que este amor será para siempre.
Sin embargo, no siempre las cosas ocurren como nosotros deseamos. Si el fin de la pareja es producto del acuerdo de ambas partes, duele y mucho, pero no tanto. El problema llega cuando la ruptura es unilateral. Cuando a uno de los implicados, como diría la canción, se le gastó el amor de tanto usarlo, o vaya usted a saber qué le ha pasado. El caso es que llega el cruel momento de decir adiós.
Las diferentes maneras de las que nos enfrentamos a una ruptura son innumerables, tantas como personas y motivos existen para dejarlo. Bien es cierto que uno no se enfrenta de la misma forma a este difícil momento cuando llega el fin del primer amor de verano en la adolescencia, que cuando a lo que se pone fin es a varios años de convivencia. Sin embargo, sea como fuere, siempre, por lo menos a una de las partes, le va a tocar sufrir.
La etapa post-ruptura contiene diferentes fases. En un primer momento, parece que todo desaparece, que ya nada tiene sentido sin la otra persona. Poco a poco, la nueva situación se va asimilando y se comienza a percibir la posibilidad de que haya luz al final del túnel. Después, nos vamos acostumbrando a las nuevas circunstancias en las que nos encontramos y los llantos y lamentos por la pérdida dejan paso a un interrogante: ¿y ahora qué?
Fuente: Con información de: www.hoymujer.com, mujer.com