23 Nov, 2009 - 16:02:33
Es la sexta ocasión que Juan Carlos Cremata viene a Guatemala. Este director de cine cubano, egresó de la primera promoción de la Escuela de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV), de Cuba, en 1990. Ha obtenido importantes reconocimientos internacionales por su filmografía, sobre todo por su película Viva Cuba, premiada en los festivales de cine más importantes del mundo. En esta entrevista nos habla de la película que acaba de estrenar en el país y de la vuelta al teatro.
RA. ¿Qué te motivó a hacer la película El premio flaco?
Esta película está basada en un clásico del teatro cubano que conocí en los años setenta. Desde la primera vez que vi esa obra pensé que era una película. Durante años la perseguí, la hice como actor, siempre la revisitaba. De hecho, en mis películas anteriores yo traté de meterme en el mundo de ese autor, que es Héctor Quintero, que para mí es una manera de ver cómo somos los cubanos. Además de eso, las adaptaciones del teatro para el cine son tan viejas como el cine mismo. En un tiempo se dejaron de hacer, pero el cine contemporáneo las está retomando. Y es que si una obra de teatro surte efecto en el público, ¿por qué no probar hacerla para más público?, que sería el caso del cine, con esa magia y esa capacidad de viajar que tiene. Además cada vez la gente lee menos, y me interesa rescatar, dar a conocer estas obras. Otra de las películas que quisiera hacer es Hombres sin mujer, una novela cubana de los años treinta, de Carlos Montenegro, que ya casi nadie conoce.
Héctor Quintero, a pesar de ser una figura tan vinculada al cine cubano porque había sido locutor, actor, su obra nunca había sido llevada al cine. A mí me interesaba hacerla porque era un reto la dirección de actores y porque también, aún en tiempos de crisis, es hacer una película de época. Aunque su acción transcurre en un barrio pobre de La Habana a finales de los años cincuenta, puede estar transcurriendo hoy en cualquier barrio pobre de Cuba o del tercer mundo. Cuando hice la adaptación, muchos actores me decían, tú le pusiste algo tuyo, nuevo. No. Filmamos con un gran respeto de la obra original. Lo que hice más bien fue una traducción al lenguaje cinematográfico.
MV. ¿No crees que hay una tendencia dentro del cine cubano actual a retomar temas históricos?
Es rarísimo porque se está dando con nuevos realizadores. Quizá es una necesidad no confesada de muchos jóvenes, es algo de lo que también me asombro. A lo mejor nos ha hartado un poco el presente y queremos revisar el pasado. A veces, volviendo al pasado se habla mucho más del presente. Es el caso de El premio flaco. Hay referencias a Venezuela, a la prostitución y al exilio que no nacieron con la revolución y que me han dado respuesta a temas que han estado presentes en mi obra: el papel de la mujer, el exilio. Hay una frase que se repite en mis tres películas; me quiero ir, me quiero ir, me quiero ir. Todo el mundo se quiere ir de una realidad cerrada, de un espíritu isleño que te hace pensar que más allá del mar vas a alcanzar tus sueños.
Uno no hace las películas que quiere, sino las que puede hacer. El premio flaco es un rodaje no pobre, paupérrimo. Chamaco, que es mi próxima película, basada en una obra de teatro contemporáneo, de Abel González Melo, que aborda el tema de la prostitución masculina en Cuba, ya filmada, es una ya no paupérrima, es mendicante.
MV. Perteneces a una generación de realizadores que surge con el decaimiento de la industria cinematográfica cubana. ¿Qué ha significado eso para ti?
Me costó 10 años fuera de Cuba. Soy graduado de la primera generación de la Escuela de Cine y Televisión (EICTV) de San Antonio de los Baños en Cuba, en 1991. Viví en Alemania, recorrí Europa. Viví en Chile, en Argentina, y estuve viviendo en Nueva York con una beca Guggenheim. Me di cuenta de que todo lo que yo quería era volver a Cuba y hacer cine cubano. Ayer me decía alguien que si me interesaba hacer cine en Hollywood. Le dije, de verdad, de verdad, no. Si me lo proponen lo hago, porque no me niego al experimento, pero mi prioridad es hacer cine en la cultura que creo conocer más y en la que creo moverme como pez en el agua.
Nací con el colapso de la industria, pero aprendí en una escuela en la cual nos enseñaron a hacer de todo. Nos graduamos de productores, sonidistas, fotógrafos, de todo. Si a mí, mañana se me ocurre poner un elefante rosado en una de mis películas, tengo que pensar a priori, dónde conseguir la pintura rosada en Cuba, que probablemente sea lo más difícil. En nuestro continente, que es en realidad todo el tercer mundo, se hace cine de esa manera. Pero es ahí cuando se pone a prueba la creatividad. A mí eso me ha dado un sentido, una intuición. Donde se me ha cerrado una puerta se me han abierto dos. Viva Cuba nunca fue planificada. Yo iba a hacer otra película y, como reacción a la imposibilidad de hacerla, llegó Viva Cuba. Pensé que nuestro cine no tenía una película para niños, que iba a hacer algo para que la industria se arrepintiera de no haberme ayudado, y logré muchas más cosas. No sé que va a pasar con mi próxima película. Tengo planes. Ojalá pudiera hacer mi proyecto más acariciado, que es adaptar Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro, escrita en la años treinta, una novela tremenda. Pero no sé. A lo mejor termino haciendo un musical. Uno en estos países no hace el cine que quiere, sino el que puede.
RA. Nada es blanco y negro, sino con detalles de color, y El Premio flaco tiene los colores un poco modificados. ¿Fue eso casual?
Trato siempre de hacer algo diferente a lo que hice anteriormente. Claro, en el camino paro riéndome porque descubro que vuelvo a la misma cosa. Las razones más reales creo que tienen que ver con que yo soy daltónico, cambio los colores. Cuando tenía que hacer Viva Cuba, sabía que debía tener muchos colores. Es una película más bien patriótica. Tenía que usar el rojo y blanco de la bandera, mucho verde como el campo cubano. Entonces lo que hice fue aliarme a un director de fotografía. Ahora, los tonos de El premio flaco son más bien sepias y ocres. Lo que ustedes vieron aquí estaba muy alterado. Chamaco está filmada con una cámara HD, de lo mejor, de una insuperable resolución de imagen, y yo lo que hice fue degradar, granular la imagen para obtener un efecto oscuro, undreground, que era lo que quería.
RA. El teatro y el cine son dos formatos muy diferentes. ¿Cómo ves esta relación?
Ya no los miro tan diferentes. Mis experiencias últimas en teatro han sido maravillosas, de tener una obra cinco meses en cartelera y seguir siendo aclamada por el público. Al teatro le vaticinaron la muerte con el cine. Sin embargo, se ha vuelto un hecho social mayor que el cine. Hoy, cada vez la gente quiere tener más la película para verla a solas, deteniéndose, haciéndose zapping. Últimamente me ha tocado hacer este tipo de proyectos en los que trato de cinematografiar el teatro y teatralizar el cine. En el cine puedes romper la cuarta pared, en el teatro has encontrado muchos más vericuetos gracias a los aportes mismos del cine. Al final, el cine, con muchas más posibilidades de moverte, es teatro filmado. Sexualmente hablando, el cine es onanista, el teatro es una orgía.
La magia teatral es imposible de apresar por una cámara. La cámara puede hacer repetir una toma 20 veces, pero quizás la perfecta era la 21. El teatro da esa posibilidad. Cada noche, el actor puede hacer lo mismo, pero de manera diferente. Yo que empecé estudiando teatro y lo dejé por el cine, ahora he vuelto. Es una pasión rara, rica, difícil en un país como el nuestro, donde hacer cine es difícil, pero hacer teatro mucho más.
Entre el teatro y el cine
Después de ver la película El premio flaco, la principal pregunta que queda abierta es cómo asumir el reto de hacer teatro para cine. Esta obra descansa básicamente en la actuación de sus personajes, transcurre en una sola locación y la reconstrucción de época se apoya mucho en el vestuario y en la estética televisiva de los años cincuenta. Sin embargo es muy notable su teatralidad y es quizá ese elemento el que nos mantiene inmersos en una narrativa distante. El cine actual nos tiene acostumbrados a la velocidad, al desplazamiento, a efectos en tercera dimensión, que solo le pertenecen a este lenguaje y que nos han alejado del ritual de presentación del teatro. De alguna manera nos enfrentamos a géneros estrechamente relacionados que más allá de sus propias técnicas de representación nos deben aproximar, hacer revivir historias, para a través de nosotros mismos llegar al otro y a sus historias. Esta es en definitiva la finalidad de todo el arte, más allá de sus formatos y las limitaciones que estos representan.
Fuente: dca.gob.gt
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