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Arte y Cultura > Fotografia  

El cuerpo-mundo
16 Mar, 2009 - 09:14:04
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Imágenes fotográficas de las superficies que interactúan.

      

Imágenes fotográficas de las superficies que interactúan.

Cuando decimos que las ciudades son una selva de concreto, se nos olvida cómo son las selvas. Las calles y avenidas con sus nerviosos automovilistas, los andenes y los semáforos, la simbología de las direcciones, los altos, los números de las casas, las rutas, los autobuses, y la muchedumbre no podrán verse en una selva. Los que pensaron en la comparación se sintieron amedrentados por los peligros bestializados de las urbes, lo inmisericorde de sus transeúntes, lo peligroso de sus habitantes, el hambre, el anonimato y la terrible indiferencia. Tales características no pertenecen a una selva. Abandonados a una selva, sin una comunidad, moriríamos al poco tiempo. En una ciudad podemos mermar más tiempo. La selva está allí, la ciudad es construida y destruida por nosotros los humanos o humanoides. Depende de cómo queramos sentirnos.

Las grandes urbes suponen un lugar de intercambio sin paralelo, en ellos se descubre que las diferencias pesan. Nuestro cuerpo se ve en relación con ese conglomerado que nos reclama o nos rechaza y que tiene también grandes extensiones de las cosas. Éstas son las condiciones que nuestro cuerpo encuentra en el mundo que hemos creado, que a su vez tiene un típico movimiento, un ritmo, una serie de textualidades que tenemos que leer y a las que reaccionar, aunque nos adormecen. En la ciudad descubrimos que probablemente la conciencia no nos sirve, puesto que está anestesiada, quizá su especialización ha consistido en deformar su finalidad, y entonces se convierte en una parte de nuestro cuerpo en duermevela para sobrevivir penosamente. Los pordioseros ya no son una adolorido grito de auxilio, la sirena de las ambulancias no requieren sino que nos movamos, igual los ladridos de las patrullas no solicitan nuestra atención sino desatendiéndolas. Rodolfo Moraga nos recuerda esto de una manera que nos regresa de pronto a la calle, a la señal, a los tragantes, a los fantasmas que vemos hundirse en nuestro alrededor y esconderse tras las paredes de las oficinas, espectros de la burocracia, ciegos del deseo, ausentes de los dilemas plurales, concentrados en sí mismos como prontos al desvarío, a la imaginación mórbida.

Rodolfo Moraga Aguilar (Guatemala, 1982) estudió en la Escuela Nacional de Fotografía de Montpellier (2002-2005), en Francia, y en Guatemala trabajó con el reconocido fotógrafo Ange Bourda. Actualmente vive en Montreal, Canadá, donde continúa sus estudios de fotografía en la escuela Concordia, de esa misma ciudad. En sus proyectos fotográficos más recientes presenta una serie de imágenes que nos obligan a replantear nuestras nociones de cuerpo en el mundo de lo urbano, de lo subterráneo, de lo enceguecido por una “cultura” que intenta que nos desatendamos de lo circundante para utilizarnos como producto abaratado, sustituible inmediatamente. Por otro lado Moraga nos hace muy palpable la teatralidad de lo citadino, la autoconciencia de que se vive un “rol”, un papel, en la época de una representatividad que ha perdido su vigencia y se localiza en el espejismo del montaje. Vivimos esa conciencia insensible, lánguida en donde sólo se perfila la humanidad por los límites que nos impone, sin saber exactamente qué es y a donde nos lleva. Es el fantasma el que lo habita como el tremendo cuento de la sombra de Christian Andersen, es la imagen reproducida como sombra la que proporciona los elementos que lo capacitan para vivir el mundo, y caemos en el argumento más usado para dominarlo: la exterioridad. Un puro mecanismo de auto referencia, de falsa creación de un “yo mismo” que nunca existe sino como replica para un mundo de fantasmagorías. En este mundo Moraga interpreta la muerte como un acontecimiento con su propia canon, con su guión y su vestuario, igual la pose de la modelo, todo es doblemente presente, sobreactuado. Es el monstruo de la ficción para vivirse, para interactuar con el mundo.

Para este joven fotógrafo el objetivo mira a las partes del cuerpo, unos pies, un rostro, unas espaldas, y el suelo, en este caso, el pavimento, con su textualidad, su diseño, su finalidad para leerse, para trasladar un discurso. Ahí está la calle con sus códigos y el cuerpo en su interrogante sin respuesta, negándose a su espacio, viviendo la extensión sobre la cinta de asfalto como parte real de su participación en el mundo. Superficies que se tocan, ciudad y piel: mundo. Al ver estas fotografías es posible recordar las teorías que se refieren a lo humano como la conciencia que se autocrea, que se mantiene como una forma cerrada de auto creación y una reflexión continua, relacionada consigo misma, para después saltar hacia lo otro y con ello, al conocimiento y a la consciencia. Esto nos habla de la preocupación por encontrar en la unidad conciencia-cuerpo el lugar del huidizo sujeto. En las fotos de Moraga es el sujeto de la ciudad, el que se encuentra allí como un organismo más dentro de una organización de cosas y actividades en forma cerrada por los humanos.

El asfalto, la calle, los edificios, que han cambiado la selva por un lugar que se mantiene a sí mismo, reproduce hasta el clima deseado dentro de sus paredes, pero en ese esfuerzo de transformación se haya la falta de comprensión del cuerpo. Todo ha sido convertido en una exterioridad y una interioridad que pronto se enfrentan. El calor de la calle se niega en el aire acondicionado de la vivienda, pero ésta no alcanza a devolver la interioridad imaginada y se queda en un ambiente más cómodo, sin la parte que daría a ese cuerpo su oportunidad de expresarse. Sólo está dado que descanse y se cobije y después podrá, ya fortalecido, enfrentar las demandas de la vida, del trabajo. Su interioridad ha sido llevada al extremo de inventarla sin necesidades de espacio, se ha logrado construir y cultivar un espíritu y una mente que vivan para la necesidad y su complacencia se arrastra hasta el deseo, y allí queda. No hay universo para lo que sorprende, para lo que hace vivir el misterio. Por eso es que Moraga pone a sus formas a entablar un diálogo de silencio entre sí, enceguecidos. Él fotografía el tacto, el roce, el contacto de la corporeidad como la mejor manera de entender ese mundo que hemos creado para la visión, y una interioridad que no deja de ser sólo presentimiento. El cuerpo se arrastra hasta la alcantarilla, presenta sus vértices como parte de ese lenguaje que no es palabra. Muestra la escena desde el piso, nos hace ver, fijarnos en esa base llena de mundo que nos sostiene, la calle, que se comunica, pero dejando que la oscuridad tenga su parte, aquello que viene desde remotos y múltiples orígenes. Aparecen así los volúmenes, las densidades que continuamente son olvidadas. En sus fotografías se manifiesta suavemente, sin mucho advertirse, cómo es el tacto, el peso de un cuerpo sobre lo otro, la gravedad y sus diferencias en la espesura callada y llena de señales, de correspondencias, más allá de la interioridad o la exterioridad, sino como el cuerpo que se expresa.

Fuente: dca.gob.gt

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