Seguimos adentrándonos en las entrañas de las Finales NBA soñadas, un Celtics-Lakers con aroma de historia y Pau Gasol de protagonista. G Vázquez nos ayuda a descubrir los pormenores de una final histórica. Entrega de la segunda parte de: El undécimo cielo (II).
Escojamos para empezar una de las innumerables piezas aparecidas estos días. Tal vez una de las más gráficas de un sentimiento muy generalizado. En un artículo de excesiva filiación amarilla, arremetía Bill Simmons contra Doc Rivers por haber descuartizado la confianza de su banquillo a lo largo de las series. El analista refería el modus de River como "coach by feel" en contraste con la intacta manera de rotar Phil Jackson a sus jugadores.
Resulta difícil contrariar ese argumento. Porque la realidad ha demostrado que Rivers prescindió de Cassell antes de recuperarlo; cortó por lo sano con Powe y con Davis, y aunque no sin éxito utilizó casi marginalmente a Eddie House para hacerlo desaparecer después, cuando P.J. Brown, siguiendo con la alternancia, era de repente titular. Bien al contrario Jackson, aun sabiendo que Farmar restaba, incidió en su presencia intuyendo que Farmar acabaría despertando. El empeño de Jackson con jugadores aparentemente negados daría para un grueso volumen de Psicología Deportiva. Pero Simmons, lejos de detenerse en la ofensiva contra Rivers, repartía después lo suyo a Kevin Garnett, de quien decía haber consumado partidos en estas series que cuestionaban sus 23 millones por año. A Pierce apuntaba un único partido a la altura y atroz era el calificativo más bonito dedicado a Ray Allen.
De algún modo cargar tintas contra el itinerario verde hasta las Finales en contraste con el aparente camino de rosas de los Lakers en su otro lado es simplificar en exceso las cosas cuando éstas han discurrido de manera tan diferente para verdes y amarillos desde el 20 de abril. Atlanta causó una herida profunda en los Celtics. Tanto en ellos como en la óptica con que empezar a observarlos.
Los siete partidos ante los jóvenes Hawks pusieron en jaque el abrumador dominio con que los Celtics estrenaban postemporada. Frente a ellos Atlanta practicó en casa su mejor baloncesto del año, incidió en sus fortalezas atléticas y sus jóvenes piernas dificultaron como perros de presa la circulación de balón y jugadores verdes. Los Hawks despertaron en los Celtics más dudas de lo que despertaron en los mismos analistas. Daba la impresión de que en adelante sus rivales se vendrían arriba mientras ellos parecían haber descendido varios enteros. Ray Allen fue la principal víctima de este destrozo primeramente psicológico.
Pero después de Atlanta no vale calificar como anormal lo ocurrido con los de Rivers. A la vuelta de siete partidos y un océano de miedos, hubieron de medirse a los vigentes campeones del Este y con seguridad al equipo más correoso de la Liga. No sólo Boston. Ningún otro conjunto habría eliminado a los Cavs en menos de siete partidos. Tras ellos cayó sobre Boston el equipo más regular de la NBA, otro año más un perfecto aspirante al título, impedido a ello tras seis partidos en los que los Celtics, primero, y la eterna falta de convicción en los Pistons acabaron con éstos.
Resulta difícil creer que cualquier fortaleza del Oeste, incluidos los tres rivales angelinos -Nuggets, Jazz y Spurs- hubiese sufrido menos problemas que Boston para deshacerse de Cavaliers y Pistons. Precisamente Detroit invirtió los mismos 13 partidos en las dos últimas rondas de 2004, 13 batallas terribles que lejos de ejercer un desgaste insalvable, elevaron el tono competitivo de los de Michigan al momento de recibir a los Lakers; unos Lakers que mostraron una aparente superioridad muy similar a la de este año en su trayecto hacia las Finales. No hay, pues, motivos fiables para ese presunto favoritismo amarillo que la prensa americana se está apresurando a conceder.
Al fin y al cabo Simmons elegía como diana de su ataque probablemente la comparativa más sencilla y el factor más desigual de todos y por cuya mención no se gana uno precisamente la reputación como analista: Rivers Vs Jackson. Enfrentar a estas alturas contra el de Dakota a cualquier técnico en el mundo y hacerlo además en el escenario donde uno ha ganado 9 de 10 títulos posibles, pasa por un excedente innecesario.
El "coach by feel" de Rivers, su aparente improvisación sobre la marcha, no es sólo prueba de determinada inseguridad propia de su juventud táctica. También lo es de aprendizaje rápido y de respuesta inmediata al tono de la plantilla en minutos que parecen horas, en partidos que se antojan días. Llegados hasta aquí, la principal enseñanza recibida por Rivers y su maestro Thibodeau debería partir de lo ocurrido en la serie angelina ante San Antonio. Los Spurs recurrieron al mejor marcador del mundo -Bruce Bowen- sobre la mayor amenaza amarilla. Jackson dosificó a Bryant para que no llegara castigado en exceso a los minutos finales. Y lo hizo con un éxito rotundo. Bryant lleva anotados 196 puntos en las primeras mitades de estos playoffs por 278 en las segundas, donde lanzó a canasta 43 veces más y dispuso de 40 tiros libres de diferencia. La defensa de San Antonio, esta vez insuficiente ante la principal llave angelina, debería ser la prueba perfecta para que los Celtics repartieran una vez más su defensa a la manera multitudinaria en que lo hicieron sobre LeBron James.
En contraste con Paul Pierce, que más agresivo que de costumbre parece tener tomada la medida a los amarillos (27.9 pts en 16 encuentros), con ningún otro equipo lo ha pasado peor este año Kobe Bryant a doble partido que contra los Celtics. Sobre él cayeron sucesiva y conjuntamente Ray Allen, James Posey, Paul Pierce, Tony Allen, Eddie House y hasta Kendrick Perkins. Entre todos consiguieron mantener a Bryant alejado del perímetro y dejarle en un 4 de 25 más allá de los cinco metros. Kobe no está solo. Lo está menos que nunca. Pero Rivers sabe que para evitar que Bryant llegue fresco al último cuarto debe castigarle cada segundo que esté en pista. Bryant recibirá golpes aun cuando el balón esté bien lejos de sus manos. Y todo intento de penetración acabará frustrado con igual violencia que contra los Cavs.
Curiosamente los Celtics mostraron severas lagunas defensivas ante Atlanta y Detroit porque con ellos la diana no estaba tan absolutamente concentrada como con los Cavaliers. Los Pistons parecían multiplicar las amenazas que cubrir como con seguridad obligarán los Lakers. Así los de Rivers han seguido permitiendo parciales en contra con serio riesgo para su marcador.
En cambio los parciales en contra de los Lakers, algo menos comunes, se han demostrado inoperantes con ellos. Los 20 y los 17 puntos invertidos a San Antonio indicarían que los amarillos parecen mejor diseñados para las remontadas así como que los marcadores en contra están lejos de dejarles fuera del partido. Los inicios en que los Lakers no parecen estar a la altura para luego disparar remontadas decisivas remiten a la mejor versión de los primeros Bad Boys. Precisamente aquellos gloriosos Pistons del 89 permitían a los Lakers ventajas que aparentaban el mando del marcador para, en un momento muy concreto, dar la vuelta con una suficiencia asombrosa. Estos Lakers de Jackson, por lo demostrado en la presente postemporada, se han hecho acreedores a esa habitual seña de los equipos campeones. Pero al mismo tiempo recordar el partido de Boston en marzo ante San Antonio y su increíble remontada tras una nefasta primera mitad -con 22 abajo- sirve para validar la asombrosa fortaleza mental de unos Celtics que compensan depresiones de juego con una implacable voluntad de seguir defendiendo su aro.
Asistimos a los Lakers más democráticos desde que Magic Johnson ignoraba aún su dolencia. La templanza de Fisher, la certera mano de Radmanovic y Vujacic, la inteligencia de Walton, la velocidad de Farmar, la valiosísima condición de &lsquoenforcer' de Turiaf más la sólida presencia interior de Odom y Gasol suman lo suficiente como para no concentrar demasiado la atención en Kobe Bryant. El equipo de Jackson se apoya en una rotación mayor que la de su última trilogía. Pero en este momento decisivo del campeonato no está muy claro qué proporción del juego angelino va a seguir recayendo en el colectivo y cuál lo hará sobre Bryant. Sólo parece claro que esa proporción colectiva va a seguir siendo mucho más común en los Celtics a lo largo de los 48 minutos y en Kobe Bryant en los minutos cruciales. Los Lakers cuentan con la inmensa -y eterna- fortuna de disponer del jugador con mayúsculas en este tipo de series. Asiste por fin la NBA en este 2008 a la mejor versión posible de Kobe Bryant, verdaderamente próxima al sublime control de situación sugerido por Michael Jordan en 1997 y 1998. Los Celtics han dado diferentes versiones de estilete decisivo en lo que llevamos de series (desde Garnett al Rondo del quinto ante los Cavs al Pierce del séptimo en esa misma serie o al Perkins del quinto ante Detroit). Pero en los Lakers no habrá la menor duda de que será Kobe Bryant el hombre a anotar cuando el partido esté "on the line". Y no hubo Finales a salvo del 4-0 que no los tuvieran en abundancia.
Hay un absoluto consenso sobre ello. Pero curiosamente es posible encontrar estos días párrafos tan paradójicos y desconcertantes como el publicado por el veterano Jan Hubbard en el Star Telegram: "Kobe Bryant is a wonderful player. I am extraordinarily excited about watching him lead the Lakers against the Celtics in the NBA Finals that begin Thursday. I fully expect a classic performance, and I firmly believe he will lead the Lakers to a championship in six games with the final game on the Celtics' home court. But he's not Michael Jordan, and he knows it".
Es un error disculpable telegrafiar estas series como concentradas muy en particular sobre algún jugador, con Bryant a la cabeza. Pero si así fuera en mayor proporción de lo esperado valdría tener muy presente un detalle con seguridad más humano que técnico. Entre Kevin Garnett, Paul Pierce (ningún jugador verde protagonizó más partidos de playoffs sin un título), Ray Allen y P.J. Brown suman 50 temporadas en la NBA. 50 temporadas sin haber pisado unas Finales. Parece, pues, demasiado evidente que hará falta armamento nuclear para evitar que consumen la que probablemente vaya a ser la única ocasión de sus vidas de atrapar el título. No es cosa de junio. Lo lleva siendo desde noviembre.
Junio tan sólo es la prueba final.
Fuente: Eurosport