08 Mar, 2010 - 20:24:31
La historia y la realidad Guatemalteca en el teatro
Por: Rodolfo Arévalo

Esta es la tercera de las obras de creación escénica contemporánea, sostenida por un proyecto del Centro Cultural de España, que buscó nuevas formas de expresión teatral tomando en cuenta otras disciplinas, aunque hay que tener en cuenta que esta última propuesta es realista. La escenografía siempre ha estado a cargo de personas dedicadas a las artes visuales, contando con el apoyo de una socióloga. Estas colaboraciones sirven como sustento del tema central de la representación, en el caso de esta pieza, el problema familiar de una desaparición forzada.
… en los ojos tenía escondida… estuvo dirigido por Fernando Umaña. Retrata los efectos de las desapariciones forzadas dentro de las familias y toca intimidades escondidas en el silencio, mudas, difíciles para la descripción. Las acciones se desenvuelven en un ambiente quieto, de mutismo, rodeadas de una serie de enseres domésticos que solo recuentan lo difícil del cotidiano, habitado por la insatisfacción anímica. Ya Platón se anticipaba a la imposibilidad del dominio de sí mismo dentro la política de una tiranía, y con esta la imposibilidad de la vida en comunidad. La entrada de doña Everarda al escenario lo demuestra: ensimismada, su cuerpo es una lucha por adentrarse en el espacio, en la vida. Es la existencia de un ente que se arrastra para existir, de un ser que es el resultado de una atmósfera que no deja respirar, que aplasta desde dentro, que enferma. Es una mujer que padece su historia. Lo único que le queda es reconocerse en ella, imaginarse en ella. Magdalena Morales es quien lo logra, incluso en el momento del clímax: cuando al final le sirve agua a la “presencia” de la desaparecida. La representación que hace la actriz, y el lenguaje corporal que maneja son excelentes.
Alfonso (Nicolás Juárez) es el personaje anónimo y ninguneado que queda después de haber facilitado el arresto de su hermana. Ignorante de la tragedia, y sobre todo presa del pánico de una muerte en la cámara de tortura, prefiere hacerse el ignorante y vivir sin recordar su vergüenza. Su actuación carece de matices, excepto el de la violencia escondida que le brota de pronto, herencia de su padre y de un régimen de opresión. Su esposa María del Carmen (Elena Mansilla) es diferente, incapaz de sentir solidaridad, está enfrascada en una vida de espejismos e identidades que la alienan. Es resultado de su completa adhesión a una clase social que deja a la mujer el espacio de la cocina y el guardarropa, en su papel encarna el anonimato de una inmensa mayoría, una línea de proyección que no enfrenta mayor reto. Sebastián (Jorge Baq), el hijo de ambos, no necesita actuar ninguna transformación, basta su hartazgo por una vida familiar violenta y sin futuro como la de miles de guatemaltecos, para representarla con solo salir a escena. No es el caso de Pedro (Marco Mansilla), el hijo de la desaparecida Estela, que necesita de desdoblarse en dos papeles, el del aburguesado recién graduado y el del hijo ofendido por el pasado y la conciencia de una historia que le pide a través de su abuela una reacción. Ambos se nos hacen creíbles, y enriquecen el drama mientras este avanza.
La obra de corte realista con toques simbólicos logra su cometido: mover al espectador a retomar las historias desde dentro de las familias rotas. Sin otra relación que la serie de ocultamientos que salen a luz el Día de los Muertos, que allí, en esa casa extraña y simbólicamente ataviada de un cielo falso de rosas y espinas, se vive cada día.
Entre las limitaciones más obvias están las frases hechas que se repiten, la incomprensión de ciertos pasajes, como el de la lectura de la fotocopia donde Estela es la número 300, ¿de captura?, ¿de asesinada? de qué, o la simultaneidad de acciones: el horno –¿ochentero?– encendido inútilmente. Pero son pequeños detalles que se sobrepasan. La coherencia de la dirección, la congruencia con los hechos históricos y sus reacciones humanas ocupan un primer plano y captan la mayor atención. La iluminación de claroscuro que mantiene el tema, la escenografía completamente (quizá excesiva) calcada en las últimas décadas del siglo pasado, nos envuelven en una época y un lugar reconocible. Otro de los aciertos es la duración de la obra, unos minutos de más y se convierte en otra cosa. Lo mejor, la actuación de Magdalena. Lo peor, el título.
Laboratorio
III laboratorio de creación escénica
Libreto: Marco Canale, a partir de una idea original de Kaji´Toj´.
Actores: Magdalena Morales como doña Everarda; Marco Mancilla como Pedro; Jorge Baq como Sebastián; Nicolás Juárez como Alfonso (Poncho) y Elena Mancilla como María del Carmen.
Espacio escénico: Moisés Barrios.
Investigación: Silvia Trujillo.
Iluminación: Josué Sotomayor Véliz.
Dirección y puesta en escena: Fernando Umaña.
Fuente: dca.gob.gt
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