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El convite, segundo laboratorio de artes escénicas
26 Oct, 2009 - 12:33:56

Los círculos viciosos llevados a las tablas

El teatro experimental es un fascinante viaje a través de obras que nos acercan a los puntos más críticos de nuestra sociedad, a sus grandes en-fermedades o a sus grotescos mundos bizarros. También pueden aparecer bufonadas o caricaturas. La obra El convite, dirigida por Marco Canale, se acerca a esto último. Es una caricatura, una bufonada muy emparentada con el desfile bufo del Viernes de Dolores o las chuscas comedias colmadas de palabrotas y situaciones comunes que van siempre de la compañía de una risa fácil. La crítica política debe presentar el sustrato de lo que ocurre, desenmascarar lo que nadie sabe o sabe a medias (o en todo caso supone), y en ese develamiento debe existir el toque mágico de una trama que encante y sea bien representada por la actuación. No importa qué se dice, sino cómo se dice. 

La trama de El convite es simple y a la vez simbólica. Trata del eterno cuento de que los conquistadores utilizaron a un pueblo, lo sometieron y  después heredaron el sometimiento a manos criollas, en este caso a la familia de los Monteblanco. Este pueblo se libera por el secuestro del altar, que probablemente simboliza la manera en que están realizadas las instituciones de Gobierno en el Estado de Guatemala. Y luego por el hallazgo de unos mapas que precisan los lugares de aterrizaje de narcotraficantes que mantienen a los Monteblanco en el poder. Esta rebelión sucede el día del convite nacional, momento que sería aprovechado para postular al alcalde del lugar, Lorenzo Monteblanco, para presidente. El asesinato de una ex guerrillera obliga a que sus seguidores se armen de valor, enfrenten a la familia en el poder y la derroten.

El problema que plantea la trama obliga a que se desarrolle toda una serie de cuadros en las que hay abuso de poder sobre quienes no son Monteblanco. Estos, al principio, sí presentan lo grotesco, por ejemplo en la escena del futuro presidente disfrazado de conejo, una de las mejores, que hace suponer que la representación continuará por ese camino. Pero, por el contrario, la obra transcurre entre actuaciones planas, que además son dobladas: casi todos los protagonistas son también sus antagonistas. Excepto en el personaje que encarna a la italiana, todos los actores tienen más de un personaje. Esta compeljidad obliga aún más a delimitarlos marcadamente y explorar en las contrariedades que los matizan. Algo que nunca se alcanza.

Las actuaciones debieran de haber permitido limpiamente desprender a los dos personajes que se representaban, y esto no se logra. Luis Carlos Pineda es siempre el mismo, solo que a veces se emborracha. Quizá hubiera ayudado algún maquillaje o un cambio en el vestuario más radical. Pero la mayoría simplemente se cambia de ropa y sigue moviéndose, hablando casi con el mismo tono y la misma gesticulación. Esto es uno de los grandes fiascos de esta obra. Los actores no saben qué hacer con los brazos. Pareciera que el parlamento es lo único importante. El gesto, el  lenguaje corporal desaparece. Esta es una de la aristas más vulnerables que comienza a ser visible con estos Laborarotarios de Artes Escénicas. Se maneja muy poco la expresividad corporal en nuestro contexto. Aprenderse los diálogos parece suficiente. La dirección es responsable de esta parte, pero pareciera que es un fenómeno que afecta al teatro joven. Lo mismo se notó en Las profanas, con contadas escenas donde no ocurrió, como las que recayeron en Camila Urrutia, que sí tiene un lenguaje corporal que sabe proyectar. Las actuaciones más convincentes de El convite fueron las de Josué Sotomayor y, después, la de Margarita Kenefic, la ex guerrillera y madre de Lorenzo Monteblanco. Josué mantuvo durante toda la obra la tensión del drama, junto con la alfombra que se transforma en la historia grande y la suya propia.  

 
La alfombra realizada para El convite.
La escenografía se resumía en el altar, que era un armatoste, un ropero doble con puertas y espejos, en el que se reflejaba el público y se guardaban los secretos. Esta, al final, sirve de torreón para encarar a la fortaleza de los Monteblanco. El otro útil es la alfombra realizada por el campesino que está subsumido entre la seducción y la violencia. Sirve de símbolo patrio, de montaje, y como única arma que se tiene para lanzar en contra del discurso de poder de la familia criolla dominante.

El sonido y las luces mantienen una atmósfera enturbiada y estridente, que se presta perfecta para las escenas grotescas del inicio, del conejo y su acto amoroso, y del acto final, que aunque no logrado presenta parte de lo caricaturesco de la obra.  

El problema en el final es de fondo. Cuando se critica a figuras públicas no se puede caer en el fetiche fácil, que ha sido conformado por los mass media y la chismografía, porque se trivializa. El aguijón se convierte en otra vez lo mismo y no queda nin­­gún mensaje que trate de profundizar en los porqués de los problemas. En el caso de El convite, además de esto, la escena es inexplicable, llega abruptamente y desconcierta. Suena a final forzado, a lugar común y camino trillado, a un efectismo populachero que repercute muy negativamente en el balance que se pueda hacer de la obra.

El convite no llega a criticar nada porque repite estereotipos ya muy usados, y eso también dificulta la caracterización, termina redundando en el mismo patrón. La sátira debe ser aguda para que renueve los impulsos de querer saber qué pasa, en dónde está el meollo, por dónde buscamos. Pero no generalizarla hasta incluso llegar a sistemas que no conocemos, porque entonces quedamos en lo bufo, en la burla fácil e impedimos seguir adelante. El último cuadro de la obra rompe con el símbolo y nos deja atrapados de nuevo en una diatriba generalizada. Sin ninguna construcción nos devuelve al silencio.

Es gratificante asistir a un renacimiento del teatro en Guatemala. Después de tantos años de haber quedado relegado a la Universidad Popular, llegamos a un época de experimentación y conformación de nuevas compañías. Andamio Teatro Raro, la que pone en escena El convite, es una de ellas. Los Laboratorios de Artes Escénicas y la recién conformada Red de Teatro contribuyen a enriquecer este panorama. Es alentador, pero no podemos quedarnos con eso. Tampoco se trata de producir teatro express. Hay que darle tiempo a la obra, atender todos su requerimientos y madurarla antes de presentarla en público.

Presentaciones
Octubre: viernes 30 a las 19  horas, sábado 31 a las 19.
Noviembre: domingo 1 a las 17 horas, viernes 6 a las 19 horas, domingo 8 a las 17 horas.
Las funciones son de cupo limitado. Hay que llegar puntual.
Lugar: Teatro de Bellas Artes, 15 calle y Avenida Elena zona 1.

Fuente: dca.gob.gt


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