24 Feb, 2010 - 16:33:07
El cuerpo más allá de su interioridad y expterioridad: El tiempo
Por: Rodolfo Arévalo

El trabajo poético de Paolo Guinea en Circo y estadística (2009, Magna Terra Editores,
S. A. Guatemala) investiga el cuerpo como una amalgama fundida dentro del mundo y nos deja una experiencia que no tiene vacios, sino una continuidad húmeda y vinculada con la vida desde todos sus órdenes: tiempo. Este está comprendido en la mixtura y aparece a veces como un elemento quizá más próximo a la humanidad que la misma materia. El cuerpo lo cambia, lo transmuta, es una “crisis del infinito”. Veamos:
“Lo único que nos pertenece es el tiempo
nacemos con él atados, como un enlace amoroso, un pacto de venas, en que la sangre dilata los segundos”.
(página 72)
El hombre al final es un “ejercicio de tiempo”. Todo lo demás es oxígeno “quemando células”. Cuerpo que pulsa: el cariño también es “pieza del tiempo” y este se desenvuelve formando la piel, la espalda, incluso la sombra que proyecta y los sentimientos.
“Son más que abrazos
son piezas de tiempo
tales como para armar un castillo
desenvolverlo, tirarlo al piso y recomponer
solo con los ojos, un corazón latente”.
(página 80)
También la carne es para andarse, para transportar líquidos, pero sobre todo un esfuerzo para no convertirse en fantasma.
Otra palabra tema es el agua. Cada sensación, cada comparación con la energía vital tiene que ver con ese elemento. Hasta el cuerpo para lograr sus fines necesita de ser agua:
“Carne limpia, anden para rutas
carne ojos, única permanencia
charco tenaz del alma
refrescando, agitando brisas
de la mano con la sombra,
volviéndose limonada…
…trompo deshilado,
rodando a una deriva inflada de tiempo”.
(página 46)
En otros poemas esta agua se relaciona con el encuentro y en varios se conecta con una atmósfera bucólica, envuelta en el cuerpo, corporizada en el ámbito de interrelación que los conforma:
“Hilos líquidos hacen croquis en tu fina presencia
todo cae como el calor, carnaval de sal, palmera y sueños
portadora de madrugada
que caen como guayaba
que sudan lechuzas,
entibian grillos,
desgarran crisálidas
millones de frazadas de verde,
tardecita quieta para lidiar con delirios
reposarlos bajo lengua y desaparecer”.
(página 22)
Cuando Dardo Scavino (2009) habla de la luz que enceguece por su fuerza, alude al poeta en su función de envolvernos en ese claroscuro de su propuesta para devolvernos una que nos haga sentir el mundo de nuevo. Después de esa oscuridad podemos apreciar esa juntura en lo que nos presenta Paolo. Una forma en la que estamos inmersos y nos respiramos desde dentro, nos habitan otros seres y como temporalidad nos movemos líquidos, traslúcidos, pero unidos en un mundo que se vuelve nuestro cuerpo.
Por supuesto, el libro tiene otros temas y otras complicaciones, pero lo que más me llama la atención es esa vivencia de lo que llamamos naturaleza, la que creemos externa a nosotros y que en el transcurrir de los poemas se va convirtiendo en parte intrínseca, íntima. Al mismo tiempo nos abre a la exterioridad a través de la experiencia de ser “rama rota”, “curva donde dobla la señora”, “aviso de las esporas”, un “yo zoológico” y cuantas otras frases que nos aleccionan en ese advertirnos como seres dentro-fuera, nunca del más acá, jamases del más allá. Total, la exterioridad de adentro.
Scavino, en las páginas finales de su libro El señor, el amante y el poeta: Notas sobre la perennidad de la metafísica (2009), nos recuerda que la filosofía primera no es una visión del mundo, sino una visión del lenguaje, una escucha, como dirían Heidegger y Lacan, una revelación de la palabra como parte también de un mundo habitado y vacío, un mundo dicho y por decir. Nos hace entender que Orfeo ya no dice nada a su musa más allá de la modernidad, mientras que Paolo nos dice que la carne encuentra los caminos que el lenguaje deja como rastro del misterio.
Fuente: dca.gob.gt
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