07 Feb, 2012 - 08:38:37
Por: Pablo Bromo
El último sábado de enero, la banda guatemalteca de rock La Tona deleitó a cientos de seguidores que, desde días atrás, esperaban con ansias el reencuentro de los músicos que año con año se reúnen para dejar plasmada, en un show en vivo, toda la energía que caracteriza a sus presentaciones.
Principalmente activa a finales de los noventa, cuando el movimiento del rock nacional estaba en su estallido definitivo, La Tona, junto a una lista de bandas nacionales, eran la punta de lanza de la escena musical guatemalteca y ahora son un referente para las nuevas generaciones.
La Tona dejó muy claro con este concierto que el rock nacional es sumamente intenso, y contiene matices propios de la cultura guatemalteca que lo hacen reconocible desde cualquier latitud del planeta. La cita del concierto fue en El Porvenir de los Obreros y tuvo un lleno total.

De principio a fin, se dieron a la tarea de hacernos rebotar al ritmo del buen rock, característico de la banda liderada por Ernesto Neco Arrendondo, quien comenzó la velada con unas palabras muy justas en su condición: Ya son muchos años, y aquí estamos.
El ojo que todo lo recuerda
En 1994, todavía en las filas del colegio, me gustaba escuchar la música que se producía en el país, en especial la de Primera Generación Records, liderada por Giacomo Buonafina, quien tuvo el coraje de empezar a grabar bandas y preparar una serie de compilados en cinta magnética, que son ahora joyas de la música nacional e, inclusive, del istmo centroamericano.
En ese entonces, Bohemia Suburbana, Viernes Verde, Fábulas Áticas, Tiananmen y Radio Viejo, entre otras, eran las bandas que se grababan dentro del estudio. En esos días aún no tenía el placer de conocer a los integrantes de La Tona, que tiempo después se convirtieron en uno de los referentes musicales más importantes de mi generación.
A estos los fui tratando de a poquitos. El primero con quien conversé fue con Neco, a quien conocí en el proyecto de arte Casa Bizarra, en 1996, y con quien platicamos de música, poesía y el Popol Vuh. Este último, un detalle muy característico en toda la imaginería musical de la banda, que se resume a la cosmología maya, su fascinación y su entorno.
Para entonces, el arte y la literatura estaban en un estallido generacional imprescindible. Eran los años noventa. La escena musical guatemalteca crecía enormemente, gracias a los efectos de festivales como Libertad de expresión, ¡Ya! y otros fenómenos culturales de trascendencia, que dieron pauta a movimientos culturales próximos como Octubre Azul, Espacio para las artes Colloquia, Festival del Centro Histórico y Caja Lúdica, entre otros.
Una vez, por ejemplo, tomamos camino hacia la TGW para un concierto que La Tona daría un sábado. Los conciertos de esa época se daban en distintos lugares: Café Oro, La Caseta, Blue Moon, La Boheme y la Bodeguita del Centro.
Recuerdo que al concierto llegamos unas 30 personas, que entre danza al ritmo del tun y la chirimía, vertiente musical maya que La Tona incorpora en su música de una manera fabulosa junto con la poesía recitada entre canciones. De esas 30 personas que estábamos para el concierto de la TGW, cuatro eran de la banda y otras 10 de organización.
Así, entre amigos y un ambiente relajado, conocí a Germánico Barrios, el guitarrista y genio de algunos de los acordes más memorables del rock nacional. Nuestra plática giró en torno a música y solo música. Todo esto me llevó a conocer, tiempo después, a Alexis Cerezo, el baterista de la banda.
Coincidimos por un amigo en común: Simón Pedroza, poeta y editor, quien era compañero de casa de Alexis y con quien conversamos en alguna cena sobre un músico argentino en particular: Luis Alberto Spinetta. Conversando con Alexis, sentí que podía platicar sobre uno de mis músicos favoritos de todos los tiempos, además de excelente compositor y grandioso artista de la palabra, como lo es El Flaco.
Para todo esto ya había conocido a tres de los músicos, y tuve el chance de escuchar a Mario Flores, el bajista, en uno de los proyectos musicales que más me han conmovido. Esto fue alrededor de 2001, en El Gravoche, una galería-bar que abrió sus puertas alrededor del año 2000.
El proyecto se titulaba Cuatro brothers y una sister, donde Mario acompañaba a excelentes músicos, entre los cuales se encontraban el productor argentino Leo Carro y Claudia Armas, vocalista excepcional de la movida musical guatemalteca. Así, en ese ambiente bohemio y musical, platicamos con Mario durante algún momento. Una década después, volvimos a coincidir con Mario y recordamos instantes de esas sesiones memorables de música fusión.
El regreso de Xibalbá
En los últimos dos años consecutivos, La Tona ha dado un concierto a inicios de año. Una especie de ceremonia para empezar cada año con una buena sacudida al ritmo del buen rock nacional. Este 2012, el concierto estaba pautado en redes sociales desde diciembre pasado, por lo que la emoción y la ansiedad crecían en todos los fans y amigos del grupo.
Una semana antes, el amigo poeta Alejandro Marré me comentó que leería algunos de sus textos junto a Simón Pedroza, durante un intermedio poético del concierto, algo que La Tona ejecuta desde mediados de los noventa. Para ello, le dije a Alejandro que lo acompañaría y así fue.
Llegamos a la prueba de sonido a las cuatro de la tarde. El ambiente en las calles aledañas se sentía fabuloso. Un halo de adrenalina me subió al pecho cuando miré a todas las personas haciendo fila, con sus camisetas negras, desde horas antes del concierto. Me emocioné. Logré ver a más de 100 fieles afuera del recinto.
El salón vacío, excepto por los organizadores y sonidistas. La banda en el escenario, tocando con toda la euforia y precisión del caso. Me sentí en un concierto privado, como en la TGW hace 10 años. Terminó la prueba y saludé a los músicos. Platicamos un rato. Nos retiramos del lugar y regresamos horas después, para escuchar a los músicos de los discos El Rebotante, El Ojo y El Mito del Jade.
Marcadas las ocho, el salón estaba con un lleno total y, afuera, más de 100 personas esperaban ingresar. Saludé a algunos conocidos e ingresé al concierto. Me sorprendió ver la marea de camisetas negras bajo el escenario.
Canciones de Caifanes y Soda Stereo salían imprecisas de los amplificadores. La gente iba de un lado a otro, coreando las canciones. Una ola de calor humano me alcanzaba. Dieron las 8:30 y aparecieron los primeros acordes de la banda. Gritos. Euforia. Sobresaltos. Sudor. Gritos. Afonía.
No hay duda que, en Guatemala, la música es un alivio refrescante que congrega edades y géneros distintos en un solo lugar, conservando así toda una amalgama de ideas políticas, religiosas o culturales. En este sentido, el rock y los conciertos son dos piedras angulares para apreciar el tema de la armonía en torno a la diversidad.
Eso fue lo primero que percibí del concierto. La locación. La energía. El escenario. Lo último que pude percibir fue la armonía con la que muchos nos entendemos en un concierto. En silencio. Con acordes. Furia poética. Aplausos. Baile. Sensación.
La Tona nos deleitó a lo largo de casi tres horas de concierto. Rock clásico, psicodélico, sólido y poderoso. Tocaron las clásicas, las conocidas, las que todos nos sabemos: La mujer del cuadro, El ojo, Días gemelos, Interna-externa, Hansel y Gretel, Ángeles sin luz, Antares, Tanto que no sabes y, para terminar, la más coreada y esperada de todas: Selene.
No hay duda de que La Tona todavía tiene fuerza para rato. El concierto fue memorable. El sonido estaba perfecto y la energía del público también, quienes coreamos de principio a fin el repertorio de canciones de la banda.
Por lo mismo, esperaremos con ansias un próximo concierto y, quizá, un nuevo material discográfico para incorporar a nuestros archivos digitales. Si bien el pasado comienza ahora, La Tona es un motor que mueve montañas y camisetas negras desde hace 15 años.
Como bien lo dijo Neco en algún momento del concierto: Mañana seremos estrellas, polvo de estrellas… yo quiero ser un cometa. En mi caso, yo quiero ir al próximo concierto de La Tona. Ya lo estoy esperando. Vamos todos.
Publicado por: Axel Natareno
Fuente: dca.gob.gt
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