Por: Alejandro García
Un joven perturbado, un lozano poeta, una canción de The Cure, una arruga de Bukowski, un cana de Leonard Cohen, una rima de Cobain, un flemático compositor fallido, un melancólico escritor que siembra su decadencia para cultivar una ciudad noir donde la miseria canta y la tristeza escribe, donde envueltos en la pestilencia no nos queda nada más que voltear la página en espera de una sonrisa. Ninguna. La única salida de Pep es atravesarla.
Primeras letras
Como el refugio de un bajista-vocalista de un grupo hardcore, Pep Balcárcel fue el líder de la desaparecida banda Like the Worst Day, donde el futuro poeta a los 12 años empezaba a desafinar sus primeros versos. Después de la respectiva dosis de covers, la banda empezaría a componer a partir de las letras de su líder. “Escribía sobre lo que me pasaba.

Siempre fue un tono triste y melancólico”, comenta. La banda y su frontman poco a poco empezarían a desligarse. “No me sentía del todo cómodo en la música —admite—. Más que cantar y hacer música, me gustaba escribir las letras. Entonces, ¿por qué no escribir poesía?”.
Moldeado entonces por Bécquer y Poe, Pep califica sus primeros intentos literarios de “basura”. Sin embargo, de esa decepción emergió Charles Bukowski. “Me gustó el minimalismo, la narrativa poética que encontraba él en una calle —comenta—.
Me identifico con esos lugares y escenarios”. Más allá de sentarse a escribir compulsivamente, el joven poeta buscaba afinar su poesía a través de la lectura. Autores como Leonard Cohen, Hubert Selby Jr., Alejandra Pizarnik y Kurt Cobain terminarían de moldear los versos urbanos de Balcárcel.
La literatura significaría la mejor compañera, amante y terapeuta del poeta. “Creo que todos hemos considerado el suicidio. Escribir me lo he evita”, sonríe. Los poemarios empezaron a nacer. Un primer libro de cuentos murió en el olvido. “Lo imprimí para quemarlo”, ríe.
Su primer poemario, titulado Poesía barata, con el que participó en el concurso mesoamericano Luis Cardoza y Aragón, también terminó en disgusto. “De los 70 poemas, quizás 80 son malos”, dice. Finalmente, con base en los tachones, bosquejos y demás alucinaciones que imprimiría en la pared de su cuarto nacería Mi pared sucia y la búsqueda de alguien que se lo publique.
Catafixia, Editorial Cultura e incluso enlaces en España no aceptaron los textos de Pep y le afirmaron que no había prisa en publicar, que debía trabajar sus versos. “Creo que fue mejor así —comenta—. Tal vez me hubiese arrepentido. Claro, me sentía mal por que me dijeran que no, pero me quedó la idea de pulirlos”. Consecuentemente nacería el siguiente poemario del autor, esta vez con un poco más de suerte.
Obelisco 65
Por tres meses el poeta atravesó en camioneta la zona 14 hasta llegar a la Plaza Obelisco. En un block de Post-it, el joven escritor documentaba las visiones del viaje. “Entonces trabajaba al lado de la Vicepresidencia de España”, comenta. “Se notaba a grandes rasgos el cambio del lujo a la pestilencia de ir en una camioneta sobre esas calles”. Un poco más confiado en sí mismo, continuaría probando suerte y tratando de que le publicaran.
Esparció su manuscrito entre otras editoriales locales como Vueltegato Editores y Letra Negra Editores. Ese fólder gastado y sucio, con los datos de Pep a lapicero, terminaría por seducir a Armando Rivera, de Letra Negra. “Me dijeron que les parecían buenos y que me iban a contar si se podían publicar”, comenta Balcárcel.
En diciembre, un mes después de haber recibido esa tentativa, le avisan que la editorial estaba interesada en trabajar su debut: Obelisco 65. Pep procedió a encerrarse en el baño de su lugar de labores y a gritar de la emoción. Sin embargo, aún quedaba trabajo por hacer. “A partir de entonces me preguntaba si realmente era buen poeta”, comenta.
Los meses siguientes, Pep, envuelto en la inseguridad, se negó a firmar el acuerdo que permitiría la publicación de su libro. “No me sentía buen poeta. Me daba vergüenza sacar al mundo una parte de mí”, afirma. Durante este estira y encoge apareció Vueltegato interesado en publicarle.
“Me pareció una poesía muy aguerrida; un discurso visceral, íntimo e introvertido”, comenta Pablo Bromo, fundador de la editorial. “Sentía que debía ser trabajado, que todavía estaba a medias, pero me pareció un escritor con buena lectura y disparos poéticos tiernos e iracundos”, explica. Sin embargo, la duda imperaba. El autor se negaba a publicar donde fuese.
Armando, de Letra Negra, fue persistente al respecto. “Tiene su sustento estético —afirma—. Es un muchacho con una poética sólida. De no tenerla, no habría insistido”. Presionado por su editor y demás escritores, aceptó la publicación.
“Pensé que, si yo me sentí bien leyendo a otros, tal vez alguien más pueda sentirse bien leyéndome a mí”, sonríe. Aún con dudas, pero orgulloso de su trabajo, Pep confía en la vida de la literatura como la mejor prueba de su accidentada vida.
“Dejo la poesía como recuerdo de que estuve aquí. Uno es finito, pero el arte no lo es”, afirma. Actualmente, el poeta de 18 años, sumido en una productiva depresión, desangra sus versos en otros proyectos de poesía, narrativa y demás híbridos literarios.
“Las herramientas de la poesía son todo lo que nos rodea. Hoy por hoy, ese panorama es bastante triste”, comenta Daniela Castillo, autora de Reloj de Barbie y la poeta favorita de Balcárcel. “Sin embargo, Pep logra con sus letras convertirlo en belleza y darle valor”, agrega.
El debut de escritor es uno triste y fracturado, una poesía lacerada y grotesca que resalta a grandes rasgos el laberinto social que nos ha castigado. La imaginería del autor son los pocos recuerdos de una noche de mucho alcohol que, si no nos deja recordar más, es para protegernos de algo peor.
Publicado por: Axel Natareno
Fuente: dca.gob.gt