Por: Alejandro García
Es increíble la infinidad de rincones históricos que posee Guatemala. Cada región, departamento y municipio trae consigo un vasto bagaje cultural de cientos de años.
Sin embargo, lamentablemente, muchos de esos santuarios quedan perdidos en el olvido. Los bellísimos pero malogrados recintos que ha construido la historia guatemalteca han sufrido el desdén del hombre, un menosprecio que ha causado la extinción de estos rincones que tienen miles de historias por contar.

En la época en que nuestro país se daba el lujo de alardear de su poder competitivo en el plano mundial, este pedazo de historia resguardaba una de las producciones más importantes del país.
Ahora, a más de 500 años de su edificación, gracias a la bendita visión de un puñado de gente y la intervención de muchas más, el Museo del Trapiche de Baja Verapaz regresa a la vida, vestido de gala para recibir a cualquier curioso que se asome.
Si las paredes hablaran
El gigante despierta. Panza arriba sostiene los rastros coloniales que, altivos, aún cuentan historias. Con las heridas recién curadas, el Museo, en tan solo un par de meses, ha pasado de ser una melancólica familia de ruinas a la evidencia más fidedigna del imperio guatemalteco.
Recién reabierto el pasado sábado 11, el rescate de este monumento histórico representa un crecimiento turístico y económico para la región de San Jerónimo, Baja Verapaz.
La historia del Museo del Trapiche data del siglo XVI, cuando el terreno era ocupado por frailes y dominicos que utilizaron la región para la producción de vino y cultivo de uvas.
Después de cinco décadas, la vinoteca cedería y se convertiría en el primer ingenio de caña de azúcar de toda Centro América. Luego, a inicios del siglo XIX, los sacerdotes dominicos fueron expulsados del país por la intervención del gobierno de Justo Rufino Barrios. Entonces, este recinto histórico poco a poco envejecería hasta caer en el olvido.
Un segundo aliento
Perdido en el olvido, El Trapiche permanecería inerte por más de 150 años. Fue hasta 1990 cuando Carmelina Fuentes de Valdez, con mucha visión, se recordaría del gigante.
La iniciativa de la señora Carmelina era fundar un museo a partir de las ruinas del sector. Entonces empezó a gestionar con el Ministerio de Cultura y Deportes el rescate del ingenio de azúcar. Durante la década siguiente, El Trapiche vio pasar a arqueólogos y demás expertos que evaluaban el terreno.
Finalmente, el 27 de julio de 1999, el ahora Museo del Trapiche abriría sus puertas al público. Gracias a esa intervención se restauraron los salones y se crearon exposiciones de historia, arqueología y artesanía.
Además, se conservó la estructura industrial, que data del siglo XVI, que en aquel entonces fue la madre productora de azúcar. Sin embargo, el sueño romántico de regresarle la vida al tesoro de San Jerónimo caería nuevamente en el olvido.
Si bien durante más de 10 años sirvió como uno de los mayores atractivos turísticos de la región, el año pasado el cierre –más bien el abandono– era inminente. El paro laboral dejó una vez más desierto al Museo. La nueva administración, que ingresó hace un par de meses, rescató del olvido una vez más al maltratado imperio azucarero.
Hoy y mañana
Esa tierra, que tenía los mejores cultivos de zanahoria, remolacha, papa y, por supuesto, azúcar, ahora contaría con el apoyo del alcalde local para revivir, de una vez por todas, al Trapiche de San Jerónimo.
“Cuando llegamos, los edificios estaban a la mitad y la grama nos llegaba hasta las rodillas”, sonríe José Ronaldo Mejía, director del Museo del Trapiche. “Todo estaba abandonado, pero lo logramos rescatar.
Gracias a la intervención de Carmelina, hace 20 años, la restauración fue más rápida, pero no necesariamente más fácil. Lo que prosiguió fue darle mantenimiento al lugar y limpiar la región, que había sido convertida en basurero municipal, y finalmente los edificios de la locación fueron completados.
El museo, que el nuevo alcalde recibió cerrado, reabrió sus puertas el pasado viernes, con una ceremonia inaugural que contó con la presencia del embajador de Taiwán, Adolfo Sun, y una recreación del proceso de tratamiento de caña, el cual era realzado con esclavos e instrumentos de la época.
“Debemos enseñarle a la gente la cultura e historia de San Jerónimo y explotar este tipo de lugares para hacer crecer el turismo y, así, que la economía crezca”, afirma Mejía, director del museo. En 20 días el museo regresó a la vida.
“Es lamentable que las autoridades anteriores lo dejaran a su suerte”, afirma Agustín Cuéllar, alcalde de San Jerónimo. “Doy gracias a la participación y voluntad de la región para recuperar este lugar”.
Cuéllar afirma que, de trabajarse como se debe, el turismo puede empatar con la agricultura del lugar y así ser el mayor aporte del municipio. Ahora el imperio que aún respira a pesar de los maltratos, con más de 500 años de historia, regresa a la vida.
Debido al bagaje histórico y cultural, es uno de los puntos turísticos más pintorescos del país, y todo gracias al apoyo y voluntad de una comunidad unida. El Museo del Trapiche, de San Jeronimo, Baja Verapaz, sonríe nuevamente ante un pueblo que una vez más le regresó la vida.
Publicado por: Axel Natareno
Fuente: dca.gob.gt