Revisión de la doctrina ecologista y su relación con las religiones monoteístas
La destrucción de la naturaleza representa una de las grandes preocupaciones del mundo contemporáneo. El continuo deterioro de los ecosistemas de nuestro planeta y la alteración de los delicados equilibrios sustentadores de la vida, constituyen graves problemas que deberemos resolver durante los próximos años.
Prueba de ellos son las conferencias sobre Medio Ambiente y Desarrollo organizadas y patrocinadas por las Naciones Unidas, la puesta en marcha de ministerios y organismos nacionales e internacionales de diverso tipo para la defensa de la naturaleza, el desarrollo del acervo legislativo en materia ambiental, el surgimiento de partidos políticos cuyo ideario está inspirado en la problemática que nos ocupa, y la movilización y creación de numerosas organizaciones no gubernamentales. No menos interés demuestran las grandes religiones por el inquietante problema ecológico.
Enmarcada en esta preocupación mundial ha ido adquiriendo fuerza la ideología ecológica, conocida con el nombre de Ecología profunda (deep ecology). En síntesis constituye un sistema de pensamiento de carácter radical que, partiendo del problema ecológico, busca realizar una crítica de los fundamentos culturales del mundo occidental.
El presente trabajo tiene como objetivo exponer los criterios de la ecología profunda, valorando desde una perspectiva monoteísta la actual crisis ambiental.
1. La ecología profunda en nuestros días
Aunque podemos remontarnos hasta aquellos días en los que el hombre roturó la tierra, dando comienzo a su transformación con las primeras prácticas agrícolas, como fecha del comienzo del deterioro ambiental, es en realidad en el siglo XX cuando las alteraciones de la naturaleza comienzan a preocupar, hablándose de “crisis ecológica”, “destrucción de la naturaleza” y “contaminación”. Estos problemas unidos a la crisis de identidad de la década de 1970, la quiebra de la ideología del progreso, el empeoramiento de la calidad de vida en grandes capas sociales y accidentes con fuertes repercusiones en el medio ambiente, dieron argumentos al incipiente movimiento ecologista que, desde posiciones marginales, fue ampliando su base social, despertando una nueva sensibilidad en los países industrializados, hasta el punto de llegar a condicionar la acción de los gobiernos. La voz de los científicos que clamaban por un mayor respeto a los grandes principios ecológicos fue cada día más escuchada, sobre todo al adoptar muchos de ellos una línea activista en foros políticos.
Los inicios del movimiento ecologista tienen lugar en Estados Unidos con el “gran apagón” en noviembre de 1963, que dejó sin electricidad a gran parte de la costa Este y del sur de Canadá. En 1969 David Brower funda “Amigos de la Tierra”, una de las primeras organizaciones ecologista de ámbito mundial. Un año más tarde funcionan en Estados Unidos más de tres mil organizaciones ambientalistas y ecologistas.
También en 1969, la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, publica el informe “Los recursos y el hombre”, primero de los estudios procedentes de la comunidad científica que alerta sobre la limitación de los recursos y la explosión demográfica.
En 1972 aparece el primer informe del Club de Roma sobre “Los límites del crecimiento”(1), y en junio de 1973 se celebra en Estocolmo la primera “Conferencia Mundial sobre el Medio Ambiente Humano”, organizada por Naciones Unidas, dando lugar a la creación del “Programa para el Medio Ambiente (PNUMA)”.
Con estos antecedentes, el filósofo noruego Arne Naes acuñó en 1973 la expresión “Ecología profunda” en un artículo2 en el que advertía que “los esfuerzos ecológicos pueden orientarse en dos direcciones diversas. La primera de ellas busca ofrecer soluciones rápidas a la contaminación y al agotamiento de recursos que amenazan al mundo; en este esfuerzo, sin embargo, más que resolver los problemas, contribuye a esconderlos. La segunda orientación constituye no una política de soluciones fáciles sino una crítica de los fundamentos culturales que han empujado a Occidente al abismo en que se encuentra”. En definitiva Naes abogaba por un cambio en las ideas que habían permitido a nuestra civilización progresar, con el fin de hallar el equilibrio perdido entre el hombre y la naturaleza.
Esta distinción sigue siendo válida tres décadas después de su formulación cuando hablamos de ecologismo. Sin embargo, el movimiento ecologista no es un grupo homogéneo de activistas ni sus postulados obedecen exclusivamente a las formulaciones del filósofo noruego y de otros pensadores y científicos de la época. El revulsivo que originó el fin del comunismo y de las ideologías marxistas-leninistas, trajo consigo una mezcla de progresismo izquierdista, feminismo, pacifismo, homosexualidad y ecologismo radical, cuyo mensaje común reivindica la reforma completa de las estructuras sociales, el aniquilamiento de la economía liberal y de las libertades amparadas por Constituciones capitalistas, el fin de la industria tal como se conoce en la actualidad, la eliminación de los ejércitos y la paz mundial.
Si bien algunos planteamientos son interesantes y dignos de tener en cuenta, la doctrina de la que están impregnados el radicalismo total es inaceptable puesto que enmascara, de facto, un control absoluto sobre el individuo. Como todos los movimientos fundamentalistas existentes, en ocasiones las acciones de determinados grupos ecologistas han derivado hacia hechos delictivos y criminales.
En definitiva, el ecologismo radical y totalitario profetiza el colapso de la tierra. Para su argumentación utilizan datos de catástrofes ecológicas, la destrucción de la capa de ozono, el cambio climático, el crecimiento demográfico, etcétera. Propugnan un desequilibrio en la relación hombre-naturaleza y llegan a afirmar que el planeta se encuentra en esta situación porque fue concebido como un objeto inerte o el escenario en donde se desarrolla la actividad depredadora del hombre. Según ellos la tierra ha dejado de ser contemplada con el respeto sagrado de tiempos pretéritos y el hombre, elevándose a sí mismo a la condición de dueño y señor del mundo material, se imbuye del derecho a usar y abusar de la tierra.
Los ideólogos del ecologismo profundo pretenden armonizar al hombre con la naturaleza redescubriendo el carácter sagrado del mundo y aprendiendo a respetar su armonía originaria. A partir de esta concepción sacral del mundo, se propone un cambio de paradigma que incluye aspectos culturales. Como podemos advertir, en esta perspectiva la situación ambiental del mundo no es sólo un problema que sea preciso enfrentar sino la clave para criticar y repensar la metafísica, la antropología, la moral y todas las ideas fundamentales de Occidente.
Pero también hoy en día se divulga paralelamente un “ecologismo reformista” no totalitario que se mantiene dentro del sistema, para obtener aquellos beneficios ecológicos que considera necesarios: solicitar leyes para limitar o paliar los daños producidos por la actual sociedad consumista y transformar algunos sectores industriales con el fin de que no contaminen, junto a una crítica a la industria armamentística y de la economía neoliberal. (2)
2. La relación del hombre con la naturaleza
Si bien debemos criticar abiertamente la ideología que vertebra gran parte de la ecología profunda, por su carácter totalitario y manipulador, no podemos ignorar que la crisis ecológica es un hecho real, como lo demuestra la inmensidad de estudios científicos que se han venido realizando en las últimas décadas. Por ello, cabe preguntarnos: ¿cómo ha podido llegar el hombre a este desequilibrio fundamental en sus relaciones con el mundo material? Podemos reconocer algunos hechos:
a) La libertad humana. El hombre es una criatura libre capaz de alterar su entorno. Durante muchísimo tiempo la interferencia del hombre en los procesos materiales fue más bien irrelevante No había una conciencia de destrucción ambiental porque la dimensión física del mundo era una incógnita; sin embargo, el hecho es que poco a poco la civilización humana fue acotando los primigenios horizontes inabarcables de la biosfera terrestre hasta llegar a la situación actual. Pero el hombre fue creado en compañía de otras muchas criaturas y procesos biológicos.
Así pues, el hombre no se halla aislado del mundo sino que forma parte de éste, hallando beneficios para su desarrollo y debiendo procurar un equilibrio para el mantenimiento del planeta. Aquí se hace patente mas que en ningún otro sitio que la libertad es, en gran medida, responsabilidad. Fruto de esta libertad el hombre explota a su antojo los recursos terrestres y el desarrollo científico y tecnológico avanzan con frecuencia ajenos al control sensato.
b) La herencia monoteísta. Para algunos teólogos, la problemática ecológica que afronta el mundo tiene su raíz en la herencia judeocristiana, que separó radical y artificialmente al mundo de su Creador, desacralizándolo y dejándolo así a merced de la destructiva iniciativa humana. Los versículos del libro del Génesis: “Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla” (Gn 1,28), constituyen el fundamento de la crisis que estamos viviendo.
La última raíz de la agresión humana a la naturaleza sería justamente la “arrogancia cristiana”, que habría permitido el actual maltrato del planeta y el desarrollo de técnicas irrespetuosas del mundo natural. Según tal perspectiva sería necesario acabar con este antropocentrismo de carácter bíblico y teológico para dar paso a una nueva época de armonía entre el hombre y la naturaleza. La trascendencia del Dios monoteísta, patriarcal y masculino, debería ser sustituidos por la inmanencia de la Gran Madre, la figura femenina de la divinidad.
c) La ciencia positiva. Según otros teóricos, como por ejemplo Fritjof Capra (3), “la presunta realeza atribuida al hombre sobre la naturaleza hunde sus raíces en la ciencia moderna y en la mentalidad que lleva implícita”. Desde esta perspectiva la crisis ecológica se debe a que la Ciencia, desde Descartes y Newton, ha propuesto una visión mecanicista del mundo, reduciendo la naturaleza a un conjunto de objetos externos al hombre compuesto de partículas fundamentales.
Esta división radical entre el sujeto y el objeto, entre el hombre y la naturaleza, habría convertido al mundo físico en simple escenario donde se desenvuelven la creatividad humana y la técnica, con su capacidad de manipular y desequilibrar la armonía originaria. Esta técnica de dominación tendría entre sus primeros ideólogos a Francis Bacon, quien en los albores de la modernidad ataca la concepción de la ciencia como contemplación de la realidad para afirmar rotundamente que la ciencia es poder (scientia potestas est), con la cual se construye el reino del hombre en la tierra. Es justamente esta mentalidad la que ha dado alas a la dominación humana sobre el medio y al consiguiente deterioro de la naturaleza.
d) Capitalismo. Otros autores hallan la raíz del problema en la estructura misma del capitalismo. Como John Locke había afirmado, la propiedad debe ser constantemente mejorada para hacerla más valiosa para el dueño y la sociedad. Esto impulsa al (3) constante esfuerzo humano por manipular la naturaleza con objeto de elevar su valor económico.
Según los teóricos del ecologismo, esta herencia antropocéntrica que hemos descrito debería ser derogada por un nuevo paradigma; es decir, por una nueva visión del mundo, un nuevo conjunto de valores, creencias, hábitos y normas que formen el marco de referencia de la sociedad. Se trata, por tanto, de proponer un cambio en nuestra forma de ver la naturaleza y al hombre dentro de ella.
Para el ecologismo profundo la búsqueda del nuevo paradigma tiende a revalorizar todo lo no occidental. La cultura, según esta perspectiva, necesitaría nuevas fuentes de inspiración según las cuales reordenar nuestra relación con la naturaleza, especialmente con las culturas indígenas y su mensaje de respeto a la tierra. Pero no faltan también orientaciones hacia las religiones y la sabiduría orientales; el hinduismo, el taoísmo chino y el budismo, en los que el ecologismo radical tiende muchas veces a reconocerse y confundirse.
Fuente: webisla.com