Por: Edith Recourat
Recién desembarcado de Quezaltenango, Alirio Rodas principió hace cosa de dos años con dibujos en tinta de una delicadeza y poesía casi enfermizas. Ajeno, y casi enajenado, al mundo de la realidad, proyectaba a distancia y con la más extrema minuciosidad, un reflejo infinitesimal de su ser que se diluyó todavía más, unos meses más tarde, en una serie de “acuarelas”, también a la tinta china. Sometidas a imersiones azarosas, se autoesponjeaban en un escurrir de transparencias blancas y negras que sugerían ora las tinieblas de una imprecisa génesis, ora el vértigo de espacios interiores habitados por corpúsculos, bacterias, larvas, todo un micro-mundo orgánico al acecho, perdido en infraestructuras apenas conscientes.
Al poco tiempo, Alirio Rodas se encaminó hacia el color; un azul acuoso, de profundidad sideral y oceánica, poblado de figuras vegetales, minerales y míticas mucho más definidas pero, para sorpresa nuestra, definidas también en terminos de influencias de los pintores en boga. Pese a las innegables cualidades del dibujo, siempre fluido y preciso, pese al encanto y encantamiento de muchas composiciones y a la delicadeza del colorido, logrado como jugando, se resintió la asombrosa facilidad del joven pintor como algo debido al plagio y se reservó prudentemente el diagnóstico hasta nueva orden.
Se lanzó entonces Alirio Rodas en una serie de experimentos que parecían presagiar la debacle: óleos seudo-cubistas, geometrismos, collages, abstracciones descabelladas, recursos matéricos de toda especie, poca calidad y poco control sobre los materiales y sobre sí mismo. La palabra “fin” brillaba invisiblemente en la esquina de cada nuevo ensayo.
Sin embargo, sostenido por un don innato y por una vocación superior a los pronósticos pesimistas, vuelve hoy un artista transformado por la experiencia, por la lucha y con una brazada de acuarelas barnizadas en las cuales se afirma su propia personalidad. Influencias, las hay todavía, como en toda obra. Pero son influencias nacionales, ya transformadas en crisol propio. Ya fundidas y asimiladas por la prueba. Ya dotadas de personalidad e idioma particulares.
Dueño de sus medios y dominada la tentación de expresarse a través de otros, el pintor nos hace sentir por fin en esta serie “SELVA”, la presencia de un potencial propio, arraigado en un pensamiento y un mundo suyos a pesar de su deslumbrante fantasía.
Bien controlada, su riqueza cromática realza y da mayor impacto a las figuras finamente delineadas o simplemente obtenidas por el contraste tonal. La gama de recursos de Rodas asombra.
El es, en este medio, un caso “único”, caso de pluradidad fundida en un sólo estilo, inspirado en la tradición antigua y moderna de Guatemala. Une la poesía de Arturo Martínez y de Elmar Rojas a la visión concreta del objeto-fábula, símbolo o nahual, tipo Pereyra o Quiroa; siluetas reminiscentes de Recinos y Cabrera a la densidad esmaltada de un nocturno en los Altiplanos del Occidente; el diálogo de la roca y de los glifos de Xibalba a la incandescencia dura que hace estallar la obsidiana; los torbellinos telúricos del Art Nouveau contemporáneo a la fragilidad encantada de un pez-pájaro de la selva petenera, cuna de la infancia continental. Une el mundo del mito al de la realidad chagalesca impregnada de americanismo. Y, al hacerlo, funde pasado y presente y sitúa en una perspectiva psicológica y narrativa un legado ancestral a veces demasiado solemnizado. Tras la dura chapea de los precursores, señala el brote de una cosecha de granos tiernos y dolorosos, cuando no satíricos, aunque el elemento dramático no esté nunca muy lejos.
De donde nacen y a donde van los caminos de Alirio Rodas? El mismo no sabría decirlo.
Con su receptividad a ondas vivas y muertas, con tanta facilidad y sensibilidad para percibir el latido subyacente de las corrientes del tiempo; fogueado y transfigurado por fin por el esfuerzo personal, ha trascendido no al plan de la síntesis sino al de la representación que es distinto. Ignorando el presentimiento, ilustra felizmente el mundo del post-sentimiento en una época de post-actualidad que se empeña en sobrevivirse a sí misma.

En este aspecto de su obra, demasiado seductora en cuanto a composición y a medios, reside sin duda el valor sintomático del mensaje de Rodas. “Aquí”, parece decir, “está la esencia encapsulada de nuestros tesoros, mezcla de sagrado, de humano y de profano”.
Asimilación instantánea o caos superado, el arte de Alirio Rodas se nos presenta hoy lleno de armonías personales y afín al momento que vivimos.
Guatemala, 10 de Julio de 1970.