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Edith Recourat-Chorot
Apuntes para la Presentacion de las Obras del III Certamen Nacional de Pintura "Arturo Martinez"
03 Dic, 2008 - 21:26:40

Por Edith Recourat

Respondiendo en masa al estímulo anualmente brindado por la Casa de la Cultura de Occidente y bajo el Patrocinio de la Dirección General de Cultura y Bellas Artes y de la Municipalidad de Quezaltenango, más de veinte pintores de la región de Los Altos han presentado obras al III Certamen de Pintura Arturo Martínez.

Dos temas fueron propuestos por el Profesor Rafael Mora, dinámico Director de la Escuela Regional de Artes Plásticas: “Paisaje de Quezaltenango” e “Indígena Guatemalteco”, con el loable propósito de conservar documentación gráfica sobre una región, llamada, como todas, a sufrir cambios drásticos en las próximas décadas.

El tratamiento del primer tema demuestra sensibilidad al ambiente, identificación entre el habitante y su medio geográfico, pero el segundo revela hasta la saciedad que “el indígena guatemalteco”, como tema de composición plástica, se ha vuelto exterior a la conciencia de los expositores.  Sea que el condicionamiento ambiental haya desensibilizado las generaciones actuales para con la problemática individual o social del indígena, sea debido a un proceso de defensa más o menos inconsciente, el resultado es que surge una imagen estereotipada, calendárica, pasiva y resignada de seres cuya función puede ser decorativa, folklórica o bien de un patetismo sin relación con la búsqueda artística.  Cuando dos naturales tocan flauta o tambor, el instrumento ya no es eco, prolongación de un sentimiento modulado en el corazón del hombre sino que el hombre se ha vuelto sostén muerto del aparato.  Instrumento del Instrumento.  Así de las escenas tipo “lamento indio”, con figuras postradas y maternidades sin calor, sin alma, sin esperanza.  Hay que reconocerlo: el indígena guatemalteco aquí representado ha muerto como una expresión de una vivencia participante: Es tema para los sociólogos.

En cambio, “El Paisaje de Quezaltenango” sigue inspirado por una naturaleza pródiga de bellezas escénicas.  Existen dos tendencias, la urbana y la rural; ambas demuestran casi siempre un fervor rústico inspirado por el amor al hogar, al surco, al árbol y al lejano volcán.  Si el indígena, como tema, ha muerto, existe una relación ecológica viva entre el hombre y su paisaje.

Los alumnos del Profesor Mora son muy jóvenes en su mayoría: un promedio 15, 17 años.  A su aporte se añaden envíos de autodidactas desconocidos que traen notas sorpresivas en el conjunto de sus obras.

Generalmente hablando, entre más jóvenes los alumnos, más libre su expresión y alegres sus colores.  Robin Pac, el niño “Fauve” de hace cinco años, se ha extraviado ahora en calles grises y lodazales cerrados en los cuales asoman aquí, allá, zonas más transparentes, más relevantes de su oficio de pintor.  En cambio, otro niño de trece años, Salvador Gálvez Mora, capta una instantánea luminosa de sol y de techos sin preguntas superfluas.  A los 16 años, Gustavo Adolfo Cotí asienta la Iglesia de Olintepeque con autoridad y perspectiva entre la falda de los cerros.  Más expresionistas en forma y colorido, Mario Eduardo Leiva, de 14 años, y Rogelio Cifuentes, dibujan al óleo casas hilvanadas al rostro de trepantes calles, y veredas de ayer, apenas camufladas bajo el pavimento y el asfalto.  Al lado de estos “paisajes urbanos” recien facturados, se asoma la vena humorística de Otto Estrada y su “Botellón”.  Primitivo transplantado, sus calles empedradas tienen textura de petate húmedo y sus colores primarios respiran la felicidad.  Con una mano pinta el botellón, con la otra ensaya la perspectiva con el volcán.  Eventualmente, tendrá que poner las dos de acuerdo.

Miguel Angel Ixcot es un pintor mucho más serio.  El “Zunil” se extiende entre un primer plano amarillo de cálida transparencia y un fondo montañoso exento de torpeza y de vanalidades.  Hay estructura, disciplina y experiencia de pintor en su obra.  Sabe lo que hace y adonde va pese a sus escasos veinte años.  Más ingenuo, su contemporáneo, Rolando Pisquiy presenta un “Santa María” opaco pero bien ambientado en un primer plano de tonalidades frías que evocan instantáneamente aquellas soledades de los antiplanos borrascosos en los cuales el humo blanquizco de un rancho se confunde con nubes y neblinas.  Es una pintura honesta que demuestra sensibilidad a la atmósfera del campo.  En un estilo más sofisticado aunque sencillo, de sensibilidad más reflexiva, Alfredo García ha dejado impresos en el lienzo “Un Camino a La Esperanza” donde los surcos convergen hacia una granja casera que revela la presencia del hombre tras la faena poetizada por la luz del atardecer.  En cambio, Rolando Ixcot, que usa una técnica mixta de pasta seca y diluída, lleva a una “Fiesta” campestre con personajes y alegorías un tanto artificiales.

Desde luego, no faltan temas donde predomina la imaginación al estado puro, a la Arturo Martínez, como en la composición de tonos pasteles del joven Gustavo Enrique Méndez.  Esquemático pero asoleado, su paisaje quezalteco consiste en unas casitas y un burrito sueltos en un espacio infantil y fresco.

Pasando a los pintores fogueados, los González, de Chicacao han presentado sus habituales escenas de “usos y costumbres” nativos en los cuales los personajes aparecen agrupados como para ilustrar algún cuento de niños.  Me gustaron mucho los González en la época en que se esforzaban en rendir la anécdota diaria con esfuerzo y respeto a la autenticidad.  Su repertorio y su colorido campestre son agradables pero la repetición mata la sensibilidad.  Esteriliza los caminos del arte.  Iniciada con Currichiche el Viejo, como diríase en los siglos de oro prerrenacentistas, la tradición de pintores populares sigue una misma trayectoria: surge “el que ve las cosas en forma distinta a los demás”, y quien las expresa a su manera.  Lo descubren, tiene éxito, vende, se repite o peor todavía, quiere mejorar en el sentido del  “progreso” cuyas manifestaciones solicitan su atención y empieza a copiar litografías, a reproducir fotografía de LIFE, anuncios, carteles, afiches, calendarios, tarjetas postales, todos los cromos.  Ya no confía en su ojo sino en el del objetivo, del lente lujoso o del predecesor famoso.  Termina con un rótulo en inglés a la puerta del rancho o un puesto en la tienda del Biltmore.  Con excepciones como Tún, cuya visión interior y originalidad innata superan las influencias exteriores, el pintor popular o se repite, o desvía de sus metas iniciales y no tarda en volverse comerciante.  Artesano más que artista, su obra tendrá sin embargo valor de testimonio histórico algún día.

Al polo opuesto –por el momento- ubicamos el envío muy personal de José Alfredo Yax, al parecer autodidacta, cuya “Represa” es un espejo de nitidez representativa y conceptual.  Dentro de la cursilería de sus paneles pintados con figuras de madera recortada, despuntan un humorismo sano, un legítimo sabor a “pop” guatemalteco inspirado en temas locales libremente interpretados.

Muchos nombres escapan a mi memoria pero quiero añadir un comentario sobre las obras premiadas en el Certamen porque cabe preguntarse, ante los envíos de Valentín Abascal y del señor Ramón Serra, de Retalhuleu, premios únicos en su tema respectivamente, si no convendría establecer dos categorías de expositores para nivelar equitativamente la competencia.  Una para pintores de experiencia y renombre, como Abascal y Serra, otra para los jóvenes principiantes que tendrían más posibilidades de conquistar un galardón o un puesto estimulante en premio de sus esfuerzos.  El “Puente”, el “Convite”, la “Procesión” de Abascal, de tintes clásicos reminiscentes de su período pregeometrizante, son de un pintor experimentado, y el “Hombre Vegetal” de Ramón Serra, de un surrealismo costeño que parece inspirado en “Padre Nuestro Maíz” de Werner Ovalle, pertenece también a una categoría aparte, más conocedora, más intelectual, demasiado distinta del conjunto de obras presentadas.  Ya son tantos los escollos para “juzgar” una obra catalogada como “arte” según una expresión ya anacrónica, que la redefinición tiene sus impostergables ventajas, entre otras las de mantener alertas y vivos los criterios y las metas de toda actividad repetitiva, como lo es forzosamente la de todo Certamen.  De allí también, su insustituible utilidad.

Guatemala, Septiembre de 1973


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