Recientemente convidada por el Consejo Nacional de Mujeres de Guatemala que había descubierto la traducción que yo hiciera en 1961 de la concienzuda y exhaustiva obra de la etnóloga norteamericana Lila O’Neale sobre los Textiles de los altiplanos de Guatemala- e invitada a compartir sus actividades, he tenido la agradable sorpresa de constatar que todavía existen quienes se preocupen activamente por la conservación del patrimonio autóctono del país.
Conservación, digo, en el sentido más dinámico de la palabra.
En todas partes, se conservan cosas que ya no se producen. Pero, en Guatemala, donde pasado y presente se funden gracias a la persistencia de usos, costumbres y hábitos que han resistido a las transformaciones del medio, además de conservar, se trata de respetar, en la reproducción del fruto artesanal –tejido barro, labrado, canto, baile o simple tradición oral- aquella semilla original cargada de sabor y de sabiduría, tanto más preciosa cuanto que es involuntaria o ignorada.
Si, hoy, el turista busca el folklore por amor a lo exótico, no debe olvidarse que el folklore no ha sido inventado para gusto del turista. Es, y debe seguir siendo lo más posible, expresión espontánea del ingenio popular que revela, consciente o inconscientemente, las disposiciones morales, sociales o individuales de determinado grupo o pueblo.
No se puede evitar su comercialización, ni coartar del todo su evolución natural pero, sí, respetar y proteger su carácter en su función determinante de una etnia particular.
Tal es el propósito que anima a las promotoras de la exposición de Artesanía que acaba de ser presentada en el pasillo del Palacio Nacional.
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En su elocuente discurso de inauguración doña Marina Antolinez de Cabrera, presidenta del Consejo, hizo hincapié sobre la necesidad de una mayor vigilancia para que no se adultere ni deteriore el legado ancestral guatemalteco que cobra nuevo significado y nueva vida con cada investigación, cada imprevista revelación o deducción suministradas por los expertos que se inclinan sobre las fuentes del americanismo. Especialmente ahora, cuando se muestran propicias las circunstancias tras décadas de labor tenaz e inteligente en el Instituto Indigenista Nacional, en el Seminario de Integración Social, entre los grupos de sociólogos franceses y norteamericanos, en la compleja y a veces genial obra de Rafael Girard y cuando se hacen sentir positivamente las repercusiones del premio Nobel de Miguel Angel Asturias, cuya influencia ha llegado con retardo a su suelo natal como aquellas explosiones lejanas percibidas por el oído mucho después de ser producidas.
El Nobel de Miguel Angel ha vuelto lentamente a su lares, cargado de ecos humanos de todo el continente.
Tras el “flashazo” de la noticia internacional y los comentarios de rigor, se hizo una pausa mientras, en cada nación latinoamericana, se analizaba, se ponderaba, se asimilaba el significado y los alcances de premio y obra. Y se leía... Por fin, de aquel enjambre de signos, mitos y símbolos reencarnados en la poderosa prosa del autor guatemalteco, surge una nueva fisonomía, a la vez más personal y más sintetizada, del hombre americano.
Más conforme a su origen étnico y a sus leyes ecológicas propias. Una fisonomía que el humilde folklore no había dejado de transmitir y de mantener viva en su propio código y en la amplia gama de sus manifestaciones populares.
Basta con abrir periódicos y revistas continentales para darse cuenta de la “actualidad del pasad”, fuente catalizadora del presente y del inmediato futuro americano. Señala indirectamente la importancia y necesidad de no perder de vista estos textos hilados y esculpidos o modulados por el sonido y la coreogafía que el indigena ha producido fielmente hasta hoy. No solamente en aras de la estética –tan importante en otros aspectos- sino de su contenido histórico. La influencia del exterior es tanfible ya en casi todas las actividades de la artesania, pero ha procedido más bien de una adpción y adaptación espontáneas por parte de los creadores. De una evolución natural a contacto de objetos, formas y motivos, concretos y abstractos, nuevos.
Sin embargo, desde hace algún tiempo, con el pretexto de ayudar a las clases menos favorecidas o “retardadas”, empresas extranjeras han introducido dibujos y diseños prefabricados, satisfactorios para sus gustos y los pedidos de su clientela pero perjudiciales para la conservación e integridad del patrimonio nacional guatemalteco que se va vaciando de sentido.
Si solamente fueran feos los glifos remodelados sobre vasijas y alfombras, o los floreros pintorreados en los cuales no se respetan la belleza textual del material original ni el carácter tradicional de los motivos; si sólo se tratara de desviar la vista ante las mesas de madera trípodas sostenidas por atlantes emplumados; si la importación de técnicas más avanzadas en el cocimiento del barro no significara la pérdida cada día más acentuada de una relación íntima entre el artesano y su suelo; si los pintores “primitivos” de las aldeas se satisficieran con un rótulo pregonado el “handicraft” local; al fin, si los artículos de pacotilla, disfrazados de “novedades” se conformaran con relumbrones fosforescentes reñidos con la sobriedad innata del indígena no ladinizado; ya que la marimba se ha dedicado a atrapar cuanta tonada le llega de fuera (estilo papel-matamoscas), traicionando así cada poro y alma de un instrumento manifiestamente concebido para transmitir sonoridades de selva húmeda o de altiplanos celosos de sus ritos, no habría más que resignarse ante lo inevitable. Pero, precisamente por ser intencional –y no dudamos de las buenas intenciones de sus promotores, inconscientes de las mutilaciones que provocan en un campo más importante- es que se puede tal vez tomar medidas contra la deformación artificial ingenuamente adoptado por el indígena.
En tiempos pasados, el Instituto Indigenista, guardián de la tradición, controlaba los dibujos y apositaba un sello en garantía de autenticidad. Se podría, quizás, adoptar medidas análogas para evitar la infiltración de falsos diseños, o bien designar grupos encargados de mantener la tradición en los principales centros de la artesanía: Rabinal y Chinautla, Cobán y Sacapulas, San Antonio Aguas Calientes, San Juan Sacatepéquez, Salcajá ¡y cuántos más! para los tejidos.
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Las muestras reunidas por el Consejo de Mujeres en la galería del Palacio, a más de abundantes y bien escogidas, tenían el mérito de la autenticidad: camisas de dril pespuntadas del Oriente, fajas y huipiles de los principales centros de tejeduría, Nebaj, San Marcos, San Antonio, etcétera, plata "antiguo” y pesada de Cobán (la que allí se fabrica hoy para las tiendas del mercado central y el consumo turístico vuelan al aire); decorativas muestras de hierro forjado antigüeño y pinturas primitivas de Curruchiche a Rodríguez y Cumes, a más de un fresco paisaje anónimo villorno, lacustre, propiedad de Guillermo Grajeda Mena. Un conjunto estético y oloroso a flora silvestre, sucesivamente elogiado por el alcalde capitalino, Licenciado Ponce Monroy, fogoso partidario de una mayor protección a la artesanía local, y por el nuevo historiador de la ciudad de Guatemala, don Pedro Pérez Valenzuela, titular de un antiguo cargo colonial que había caído en desuso y que fuera muy justamente restaurado para el gran cronista que harta falta hacía a la ciudad.
De manos de doña Marina recibió don Pedro un blasón de plata conmemorativo del evento.
Al felicitar al Consejo Nacional de Mujeres de Guatemala por la labor patriótica que ellas desarrollan sin medir tiempo ni esfuerzo, deseamos que logren su propósito de resguardar siquiera la parte esencial del folklore nacional que no ha terminado de dar sus frutos, de prodigar sus enseñanzas y de inspirar –talvez con mayor trascendencia que nunca- a las generaciones de la era espacial.
Por: Edith Recourat-Chorot
Guatemala, 11 de Agosto de 1969
Publicado en El Imparcial