07 Dic, 2008 - 21:45:52
BIBLIOGRAFÍA EDITH RECOURAT

Nació en París y se crió en el ambiente refinado y brillante que caracterizó el periodo intermediario entre las dos guerras mundiales. Su padre Pierre Recourat Chorot uno de los mejores expertos en antigüedades de París, no toleraba nada moderno en su casa. Como única concesión a la realidad familiar, “tuvo que amueblar un dormitorio Empire para mi hermano porque los demás estilos no resistían a nuestros juegos".

Su familia materna se distinguió por su intelectualidad y talento al servicio del estado y de las letras desde hace generaciones. Su bisabuelo materno, el almirante Jules Dupré, Gobernador de Indochina, fue promotor de las primeras “baterías flotantes” que utilizó en la guerra de Crimea con éxito la Gran Cruz de la Legión de Honor y que se transformaron poco a poco en nuestros modernos acorazados. Murió colmado de honores, en vísperas de asumir la cartera del Ministerio de la Marina. Su abuelo materno, abogado a la Corte de Apelaciones de París presidió durante años la Sociedad de los Inventores. Destacado jurista, Oficial de la Legión de Honor, elaboró varios volúmenes de textos vigentes hasta hoy para protección de la propiedad industrial, artística y literaria.
Estudió en el Colegio Boutet de Monvel e interrumpió sus estudios para dedicarse temporalmente a la pintura en la Academia Dubost de Montparnasse y Otto Skold de Estocolmo. “Una adolescencia clásica”, dice. Apartamento “popoff” en París, chalet en el Cap Ferrat, deportes de invierno en Saint Moritz, viajes en los meses de verano. Todo normal y aburrido, menos los viajes”.
En el curso de una visita a EE.UU donde conferenciaba su primo hermano en West Point –hijo, con igual nombre y apellido, del “fino humanista” Joachim Merlante, según don Miguel de Unamuno –no quiso volver a Francia sin visitar las románticas tierras sudamericanas cuyos nombres conocía de memoria desde la infancia, sobre todo Guatemala ... "y naturalmente, entre la Cruz del Sur, los grillos de la costa, las gardenias y las mil manifestaciones de amor exhaladas por las tierras mismas de este continente, me enamoré y me casé".
La guerra interrumpió el idilio. Bloqueada en América con su madre, Elizabeth de Jancigny quien se había radicado en México para estar cerca de su hija, pasó los años de guerra en Guatemala donde empezó a publicar crónicas de arte sobre peliculas, libros ingleses y varios temas guatemaltecos.
En 1945, cubrió para el Imparcial de Guatemala, la conferencia de Cancilleres de Chapultepec. Radicó después en México, visitó las ruinas precolombinas de Yucatán y Chiapas con amigos del Museo del Hombre de Paris, convenciendo a Henri Lehman de llevar a cabo una restauración del sitio precolombino en Guatemala, y publicó artículos y estudios sobre arqueología, literatura, cine, política, en revistas y periódicos mexicanos (Novedades, Estampa, Revista de Revistas, Revista del I.F.A.L., etc)
En 1946, descubrió en Guatemala la primera generación de pintores y escultores modernos, Roberto Ossaye, Arturo Martínez, Mario Alvarado, Max Saravia, Miguel Alzamora, Roberto González Goyri, Abascal, y trató de organizar la primera exposición de pintura guatemalteca contemporánea en Paris, propósito prematuro para la época. Escribió su primer comentario artístico sobre la exposición de Arturo Martínez organizada por la APEBA.
En 1947, retornó a Paris. Y a través de la pintura de Emma Reyes, pintora colombiana de gran talento, se afianza su convicción de que “tras su aparente pasividad, la América Latina estaba a punto de revolucionarnos con su arte plástico, que lo contiene todo”.
De vuelta en Guatemala, donde se habia radicado su madre, en 1950 se dedica cada vez más al estudio de las culturas indoamericanas. Tradujo para el Instituto Indiginista de Guatemala la obra enciclopédica de Lila O´Neale sobre los maravillosos “Textiles de los Altiplanos de Guatemala” y participó en las actividades del Instituto y de la Facultad de Humanidades mediante traducciones de etnólogos norteamericanos.
En 1948, volvió a París, y: “lo más sensacional que descubrí fue Emma Reyes”. París estaba todavía triste de tantas ruinas y sufrimiento pero “cuando, por convicción que ví en la Galería Kléber las pinturas primitivas de Emma se afianzó en mi la América Latina, tras la indolencia aparente y el disfraz turístico, tenía un alma sensible, un pasado anímico propio, y estaba en vísperas de revolucionarnos con su arte. Pasé, en una palabra, del plan arqueológico al plan humano que casi diez años de vida allá no me había revelado”.
Residió de nuevo en Guatemala y México desde el año 50 y se volvió a casar. Se dedicó cada vez más al estudio de las culturas indoamericanas sin desligarse de su cuna europea. Tradujo para el Instituto Indigenista de Guatemala una obra enciclopédica sobre los maravillosos “Textiles de los Altiplanos de Guatemala”, de la etnóloga norteamericana Lila O’Neale, se familiarizó con la obra literaria y artística de numerosos autores y creadores latinoamericanos, aprovechó su última larga estancia en Francia – una Francia totalmente recuperada, pujante, y de un ambiente espiritual e intelectual más rico y creativo que nunca- para ordenar y completar un panorama mejor integrado de la situación social del continente latinoamericano, en el contexto histórico actual y “como el agua busca su nivel, conociendo desafortunadamente tan poco a Colombia, siempre encuentro a colombianos en todos los cruces inteligentes de mis actividades: Alberto Lleras Camargo en México, Emma Reyes en París, Manuel Mejía Vallejo en Guatemala, Germán Arciniegas en todas partes...” Los colombianos se parecen a los franceses: viéndoles tan inteligentes, dice uno siempre, “¿por qué no serán capaces de gobernarse mejor?”.
El analfabetismo le parece accidental: “donde existe sensibilidad e inteligencia, hay materia prima para cualquier realización social e intelectual, donde hay tradición viva, hay porvenir en potencia”.
Desde París, “se toca el mundo con la mano. Está uno en la fuente de los conocimientos y de la objetividad y los latinoamericano hablan allá con libertad, que sean millonarios desterrados, becados, artistas o diplomáticos. La América Latina es como un gran cuerpo afiebrado y el diagnóstico es fácil aunque la cura tome tiempo: todo el mundo debe comer y todo el mundo debe tener trabajo. ¿Por qué y cómo se repone Europa después de los peores cataclismos? Por su energía y su concepto humano de respeto al hombre y de justicia social sin los cuales no existe ninguna democracia. El sólo dinero no hace milagros, el hombre tiene que cooperar y las antiguas élites latinoamericanas que se han cristalizado alrededor del ideal “poder” y “dinero”, sin entender que la época de los privilegios apoyados en la preponderancia económica ha pasado, han de revisar sus conceptos porque si no se mejora el estatuto miserable de las masas podemos prepararnos para ser castricizados y víctimas de la violencia y de la anarquía”.
Cree en de Gaulle, en el arte figurativo y el destino individual de la América Latina y concluye: todo es asunto de conciencia.

En realidad, no me interesa la política latinoamericana, porque falta lo que 2000 años de pensamiento, desarrollado en función de la inspiración de la conciencia, han dado a Europa y sobre todo a Francia: “calidad humana”. Por falta de calidad, pasan eternamente de la dictadura a la anarquía, lo que no tiene ningún interés humano.
©