Chamier y la decadencia cultural de Guatemala
Por Edith Recourat
Durante la semana santa, llegaron a mis manos los números de El Imparcial de los días 12 y 13 de abril con sus respectivos comentarios en torno al arte plástico. Aunque poco propensa a tomar en cuenta enjuiciamientos tan anacrónicos, creo útil sentar nuevamente ciertos principios y puntos de vista básicos para el entendimiento y la correcta interpretación del medio y de la marcha de la historia cultural y artística en Guatemala. No es sentándose que se niega el movimiento, ni cerrando los ojos que dejará de existir el mundo circundante. La vida es movimiento y evolución perpetua, como nos los enseñan la física, la micro-física, la biología, y lo demuestra este gran libro de recetas que es la historia. Como se sabe, el menú más elaborado sólo sirve para una comida y la misma agua no pasa dos veces por el río. Pero el hambre queda y el río sigue su curso y así es de nosotros perpetuos hambrientos de conocimientos si no renovamos el alimento o el oxígeno, quedamos asfixiados y desaparecemos. Y no como individuos sino como especia pensante.
Que sigan existiendo –y en mayoría numérica absoluta sólo que, gracias a Dios, no mandan las mayorías en el plano de la creación, del descubrimiento y del conocimiento- individuos encerrados en sí mismos y en su pequeño mundo cotidiano, llevando una vida vegetativa con la mismísima dieta material e intelectual, y que limiten sus actividades a un girar sobre sí mismos para contemplar un panorama que llevan pegado a la retina, es cosa harto conocida y que no sorprende a nadie. Pero que, dentro de esta actitud negativa, quieran alterarnos ante la “pérdida” de valores en el arte o en cualquier otro terreno, sólo porque dichos valores ya no se parecen a los de ayer y por ende, ya no pueden identificarlos, resulta a toda luz inadmisible. No sé de que “ausencia” vuelve el señor Chamier, autor de los referidos artículos. ¿De un largo cautiverio? ¿De un congelamiento o de un sueño en un bosque encantado?
Dejando a un lado la sintaxis y la prosa del autor, que son de por sí un atentado contra la lógica y la estética, y haciendo un esfuerzo para desenmarañar algunas “ideas” de su pesada fraseología, quedan unos conceptos nebulosos y desenfocados sobre la “decadencia cultural en Guatemala”, decadencia que corresponde precisamente a la década de mayor creación y envuelo en el plano del arte y de la cultura en general.
Lo menos que se puede decir es que el señor Chamier desconoce el medio que critica y que no tiene la menor idea de lo que ha sucedido aquí en los últimos diez años. (Sigo su sistema de referencias, puesto que parece consciente del aporte de la generación del 44 y abro un paréntesis para aclarar que estimo mucho a Dagoberto Vásquez y a Galeotti Torres, pero que encuentro denigrante para ellos ser citados aquí en ejemplos. Da la impresión de que Chamier transcribe sus opiniones y que ellos han sido sus únicas fuentes de información). Las citaciones de autores “conocidos” constituyen también, a mi modo de ver, una traición. Cuando las citas corresponden a tiempos pasados, no significan nada porque está fuera del contexto histórico que les confirió validez. Si de autores contemporáneos, son muy peligrosas debido a la complejidad e interacción de factores científicos, sociales, económicos, políticos, filosóficos, etc. Que integran hoy el hecho artístico. Hoy más que nunca, el hecho artístico –que existe cada vez menos como tal, es decir bajo el aspecto caduco del “arte por el arte”- es inseparable de un concepto global de interpretación del universo. Las fronteras entre materia y espíritu, entre “bello” y “feo”, entre vivo e inanimado, quedan de más en más abolidas. Los sistemas de comunicación y de difusión han hecho penetrar hasta la superficie lunar en nuestros televisores. Vivimos bajo el signo de la libre circulación. En Europa, se borran las fronteras ante el viajero y la “comunidad europea” sustituye al “sistema caduco” de las antiguas alianzas. La U.R.S.S. ha pasado a ser cliente prioritario de Estados Unidos, y China brinda un mundo nuevo a la curiosidad occidental. Hasta Centroamérica, el mercado común establece nuevas relaciones comerciales entre los países del Istmo y se vive en todos los terrenos esta interacción de los nuevos conceptos generados por imperativos políticos y económicos, claro está, pero también fruto de un común deseo de entendimiento y acercamiento de los hombres.
¿Quiénes más que los artistas tienen la misión de señalar, traducir, representar esta evolución? Y, si es posible, de adelantarse a ella?
¿Y cómo la van a llevar a cabo con un lenguaje datado?
El frenesí de renovación que se apodero de las capas más vivas de jóvenes (y menos jóvenes) artistas, corresponde a las exigencias de una actualidad conscientemente vivida y enfocada. Y es admirable que en países tanto tiempo “alineados” sobre lo importado de rigor, y “alineados” por aquella tutela, haya surgido y se haga sentir con tanto impacto y tanto individualismo el espíritu de independencia que es el abono de la mañana. Porque la comunicación en masa no significa arte de masas, ni demagogia, sino al contrario, concientización individual fuera del cepo de una tradición que ha degenerado en hábito. Para mantenerse viva, la tradición también ha de quedar fiel no a sus formas y moldes efímeros sino a su esencia. El valor de una tradición radica en el espíritu que la anima y no en la repetición automática de gestos y signos vaciados de contenido.
El significado de la enorme transformación, de la “mutación” observada por científicos y filósofos, de Teilhard de Chardin a Stephane Lupasco, que se está operando en la circulación y el rostro planetario parece esquivar los refractarios al cambio. Hablan y escriben con una olímpica ignorancia de temas que merecen más respeto. Gracias al ocio de la Semana Santa, me he tomado el trabajo de extraer algunos párrafos sobresalientes de la prosa referida. Lo señalo a la atención de los interesados:
Hablando de la “temática” de la obra, nos dice el señor Chamier: “nadie nos podrá negar que toda manifestación artística encuentra realización como sujeto de un ritmo social que contiene un espíritu de clase dentro de una época determinada y ese ritmo comprendido en el periodo que nos ocupa, ha sido siempre negado por una urdimbre de intereses personales, condiciones o legislaciones coercitivas a la expresión de los creadores. (¡Perdón!) Es decir, la temática se ha dislocado en tanto que el estilo ha venido en mengua, para cambiar sin discusión la base material de la cultura”.
Yo inserte el “perdón” por imponer al incauto lector el trabajo de descifrar conceptos que 1) nadie puede negar porque no se entienden. 2) ¿Cómo puede un ritmo social contener un espíritu de clase? 3) ¿Cómo una urdimbre de intereses puede negar un ritmo social, y, para abreviar, 4) ¿Cómo puede el estilo cambiar sin discusión la base material de la cultura? Se nos sirve aquí una ensarta de conceptos mal digeridos y peor expresados que constituyen un atentado contra la cultura literaria, primero, y contra la inteligencia.
Pero se trataba de temática: “…el estilo está en la palabra, en la frase, como un valor individual o colectivo, mostrándose a cada paso dentro de la evolución del lenguaje. A pesar de ello, esa simple manifestación es incapaz de contener un estilo ya que solo surge cuando la fuerza creadora es capaz de sostener en el espectador la acción provocada por el impulso artístico que no es jamás el resultado de una selección temática, sino de lo representativo dentro de la intensidad con que el creador ha vibrado frente a cualquier fenómeno social”. Social. Valor individual o colectivo. Estilo contenido en …Sostener en el espectador la acción provocada por…”¿A dónde ha llegado la babelización del idioma? Lo escrito por el señor Chamier, es la mejor demostración del caos intelectual y mental del cual nos han rescatado los artistas contemporáneos con su lenguaje directo, liberado de artimañas y de falacias. Por fin, para aclararlo, prosigue: “La escultura, básicamente, debe trabajarse mediante una temática de calidad plástica que sea, por si misma, respetable; en la que la belleza sea un atributo de la creación, de su realidad perceptible…”
¡Y uno cree que las grandes batallas se ganan para provecho de las generaciones venideras! El “affaire” Rodin, el escándalo de los Impresionistas, los “Fauves”, “Dada”, el rechazo del cubismo, Picasso… Un siglo de demostraciones hostiles y de victorias fulgurantes para el artista precursor en torno a la visión y a la creación… No se gana nunca nada contra la nostalgia de lo obsoleto que ata al individuo al pasado. Vive una realidad subjetiva e ignora la realidad que lo rodea, la marcha del tiempo y de los acontecimientos. Pasando al plano de los conceptos, a la triste condición del artista, el señor Chamier se tira valientemente a la arena y nos ofrece definiciones:
“…sin este liberar (del hambre), las necesidades ingentes que se transforman para cualquier ser humano en agonía, cómo pueden llenar los artistas de las últimas décadas, esa finalidad emocional que Pelsche denominó “instinto estético” y Guyau “socialización del sentimiento”?. ¡Ay, quién sabe lo que quisieron dar a entender Pelsche y Guyau, citados tan arbitraria e innecesariamente! Entiendo que se trata de sobrevivir y de comunicar y creo que, sin ser del todo bien, sí, ha mejorado el modus vivendi del artista en los últimos diez años, con la actividad desarrollada por la Dirección de Bellas Artes y Cultura, las becas y la participación en certámenes y bienales. (A propósito ¿ha oído hablar el señor Chamier de las bienales y de quiénes triunfan en ellas?). De todos modos el instinto estético –que no tiene por meta una finalidad emocional se manifiesta con bistec o sin bistec y la “socialización del sentimiento” así, fuera de contexto, me parece una barbaridad. ¿Dónde puede hallarse un buen ejemplo de la socialización del sentimiento? ¿En los países socialistas, entre las colonias de hormigas y de termitas? ¿O en los movimientos de la liberación femenina? ¡Qué jerga más atroz! ¿Qué tiene que ver con la creación artística? Sigue una definición:
“…la creación, en cada una de sus ramas especificas, obedece única y exclusivamente a la vibración del artista como fuerza motivante de la sensibilidad del espectador, mediante el establecimiento de una comunicación emotiva de sentimientos e ideas inspirados por medio de la obra de arte que es, antes que nada, creación”. Se requiere valor para afirmar tan rotundamente postulados tan reñidos con las motivaciones actuales de la obra de arte, y tan reñidos con las motivaciones actuales de la obra de arte, y tan insignificantes. El artista puede vibrar, si de vibrar se trata, sólo. Y no como fuerza motivante de la sensibilidad de otro individuo. Para terminar, alude al “contagio emotivo que tiene por finalidad el arte”.
El Imparcial, Guatemla, 7 de Mayo de 1973