Edith Recourat-Chorot
Crítica y Comentario
27 Abr, 2008 - 19:07:54

...”Busco la evocación del pensamiento mediante la línea, el arabesco y los medios plásticos”.
Gustavo Moreau, París, 1895.

En un artículo nebuloso y contradictorio recientemente publicado en torno a la pintura guatemalteca contemporánea, en general, a la de Margot Fanjul, en particular, y a los comentarios que suscitan, un conocido crítico acaba de emitir juicios tan fuera de foco –empezando porque se refiere a pinturas viejas en el preciso momento en que se inaugura una exposición que él ni había visto, lo que es muy significativo- por lo cual me considero obligada a aprovechar la oportunidad para reenfocar el tema.

Sumando las dos bases allí señaladas para sustentar su criterio, demuestra que “ni el sentimiento necesario para recibir el mensaje de la belleza”, ni la razón basada en el conocimiento “que puede equivocarnos si nos atenemos
sólo a ella”, le permiten sentir nada por el arte contemporáneo cuando no se halla sometido a los postulados de ayer, especialmente al dibujo como expresión de la forma.

Fuera del sentimiento y de la razón, cuyas limitaciones nos revela, leemos un párrafo de compromiso sobre las transformaciones debidas a la tecnología, pero cuando el mismo autor, arrastrado por la lógica de su propio
razonamiento, llega a la inescapable conclusión que “el hombre ha desaparecido del cuadro”, retrocede apresuradamente hacia castillos de cristal (desde los cuales el artista ha de oír el susurro de sus verdaderos amigos) y el mundo interior “refugio del espíritu”, señalando en esta forma sin quererlo, sin sentirlo, los derroteros mismos escogidos por los artistas de vanguardia –a plena conciencia- para traducir su visión del hombre y del mundo actual: la toma de conciencia de la revolución tecnológica y “la interiorización” hacia lo abstracto del pensamiento y de la forma.

De ahí saltamos a la crítica que se desliza “clandestinamente”, a los disfraces y equívocos que desorientan a la opinión pública.  Tiene gracia esta valentía contra quien no se escuda detrás de nada ni de nadie para manifestar su opinión.  Aclaremos de una vez por todas que no me importa la crítica de arte como fin en sí misma.  

El crítico es un especialista que ejerce una profesión y vive generalmente de ella.  Analiza, autopsia y juzga basándose en un sistema de valoración propio a tal o cual expresión artística asiladamente considerada.  

Entre nosotros, como lo notará recientemente Octavio Paz, “la crítica es el punto flaco de la literatura hispanoamericana” debido a una atávica falta de comunicabilidad y a otros motivos que no sería oportuno exponer aquí.

Mis comentarios no van encarrilados hacia la “crítica” –ciencia y arte que admiro cuando están debidamente y étnicamente practicados- sino hacia lo que, en una obra, nos hace participar de una belleza, una verdad o una visión de significado universal.  Implica, además de tomar en cuenta su calidad, originalidad y belleza intrínsecas, considerarla en relación espiritual y formal con la esencia de la época, con lo que contiene, refleja o hace presentir de nuestro destino colectivo, no en términos de gusto o de sentimientos –frutos de la corriente renacentista y romántica basadas en una forma de humanismo hoy agonizante- sino en función de las esperanzas, inquietudes y angustias resultantes de la mutación actual y de sus factores de increíble trascendencia que palpamos en todos los ámbitos de la actualidad.

A la hora en que viven entre nosotros, seres que han circunvalado la luna, que han visto a nuestro planeta como masa amoría, convulsa y aparentemente desierta, bañado en la luz cósmica o rodeado de tinieblas, se ha de producir
cierto reajuste en el enfoque de conocimientos y valores hasta hoy concebidos para el uso exclusivo de nuestro pequeño mundo y de su representación a escala nuestra.

Que lo queramos o no, pasamos a la escala planetaria.  Quien no siente o no vive profundamente esta transformación, por falta de imaginación, de información o de visión, no puede captar el sentido de ninguna actividad creadora contemporánea.  No se puede abrir un libro, una revista, un ojo, un televisor, comunicar con sus semejantes y comulgar con las expresiones vivas del pensamiento que brotan del mundo entero, sin tomar conciencia de lo que nos gritan las voces más autorizadas, religiosas o filosóficas, de científicos o de sociólogos –y de artistas- sobre la unidad fundamental de nuestro universo.

Si una obra es sincera, si, expresada en un estilo individual, me hace participar de este sentimiento de unidad, es decir, si me proporciona un placer estético de orden superior, ¿qué me importa que esté dibujada o no, o que se ajuste a los cánones de belleza del siglo anterior?  Antes de la forma, es de suponer que estaba el espíritu creador y si no creo en la casualidad en el arte, es porque, precisamente, me parece evidente que vamos dirigidos por una creencia o un instinto superior hacia una verdad que debemos buscar y descubrir a través de mil y uno avatares.  

Ninguna obra por técnicamente perfecta que pueda ser, tiene valor humano absoluto si no se halla impregnada por ese espíritu de una arquitectura pensada.

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Me parece asimismo inverosímil, por parte de conocedores del arte, el rechazo de lo no figurativo. El legado abstracto ancestral, visible en cuevas, tumbas, piedras talladas, ornamentación de vasos, mantos, manuscritos, templos, desde lo neolítico hasta hoy, en toda la superficie terrestre, por no hablar de la
simbología religiosa, de las matemáticas, de los ideogramas y signos escritos, forma parte integral de nuestra herencia y de nuestra conciencia.  El arte abstracto es tanto más humano cuanto que revela procesos mentales propios de nuestra sola especie.

En cuanto a la representación de la forma exclusivamente física y circunscrita a lo visible ceso de tener un interés primordial cuando se pudo captar y reproducir por medios mecánicos.  Por otra parte, los descubrimientos científicos del siglo XX, que revelaron al hombre su pequeñez dentro del cosmos y su mancomunidad con lo hasta entonces calificado de “inorgánico”, empezaron a desplazarlo como centro de atracción.  Y con los descubrimientos de Freud y de sus seguidores, irrumpió el subconsciente en el dominio de la realidad, modificando profundamente la imagen que el hombre se hacía de sí mismo así como sus relaciones con el mundo circundante.

Los conceptos rotos por los hombres de ciencia tenían que serlo también por los artistas y es el honor del arte haberse anticipado tantas veces a las pruebas experimentales en el camino de la investigación y de la exploración.

Si Picasso impuso su visión al mundo y triunfo de la forma “bien dibujada” y “técnicamente correcta”, no es de ninguna manera porque sentimos que “existe algo en su obra debido a la facultad creadora del artista” – lo que
constituye además una petición de principio- ni porque “su conjunto nos emociona estéticamente”.  Puesto que las figuras de su época son más creadora son grotescas y espantaban a sus más devotos amigos y a él mismo- como lo relata Gertrude Stein- sino porque él rompió sucesiva y deliberadamente TODOS los moldes de expresión ya utilizados, inclusive los propios, tratando, al ensamblar aspectos distintos y opuestos de un objeto, en un titánico esfuerzo de lograr una síntesis que lo contuviera todo.  La belleza vino después, desprendida de la tremenda lucha por arrancar la máscara del conformismo y “ver” bajo otros ángulos, bajo otra luz, con otros ojos, así como los cosmonautas vieron a la tierra a la que hemos vivido pegados hasta ahora.  Y su visión triunfó de la intolerancia y del espíritu conservador del público y de lo críticos que no estaban maduros ni para apreciar las obras de la generación precedente.

La historia siempre se repite.  Pero con el respeto que le tengo al arte, si yo no creyera que en estos momentos la aventura especial no inspira a jóvenes artistas del mundo entero imágenes y formas que corresponden al nuevo rostro de nuestro planeta –bola convulsa, petrificada, preñada de luz y de sombras en la inmensidad espacial: ¿qué paisaje más abstracto? y ¿cuántas ”manchas” andan por ahí desprovistas de marco limitador? -sugiriéndoles líneas, texturas, formas, perspectivas, asociaciones imprevistas, al fin creaciones cargadas por la visión del más allá terrenal, que inspira nuestro más allá espiritual, no volvería a mirar una pintura en mi vida.

Es un consuelo advertir que no estamos solos. Según leemos en las mismas cuartillas, el jurado calificador de Sao Pablo “en el éxtasis de su admiración” ante un lienzo cubierto por franjas anchas en sentido vertical y horizontal, de mérito nulo, le otorgó el primer premio en 1956 iniciando así todo ese desorden.

No se puede sorprender entonces que, en medio de tanta confusión, el conocido crítico no vea en el arte llamado de vanguardia de Guatemala “nada que inquiete o sorprenda” por su originalidad.  Yo me paré una vez junto a una serpiente de cascabel sin inquietarme porque no sabía lo que era y que me pareció bonito el retintín de sus anillos.  Al que no identifica la caracteristica de un objeto ¿cómo le va a inquietar o sorprender?

No soy la única en considerar  que  “entre los pintores que radican en el pais” –siempre esta descriminación contra lo propio- se encuentran actualmente artistas de talla internacional que tienen mucho que decir y lo dicen en una forma original, fuerte y bella, principiando con Margot Fanjul, que si se llamara Marisol y siempre que residiera fuera, seria internacionalmente conocida y por Luis Díaz que no se le parece y es, a mi juicio, un artista innovador y creador dotado de visión, talento y de una filosofía de vanguardia a la que ha llegado por su propio y tremendo esfuerzo.

Mas representativos de la etnia  propiamente guatemalteca lo que no es un desmérito alguno, el poderoso Cabrera, el inventivo Quiroa y el poéico Elmar Rojas nos dan cada uno una valiosísima y riquísima visión del arte contemporáneo guatemalteco.  Seria ridículo discutirlo.

Personalmente, hace muchos años que participo de su lucha, sin esperar más recompensa que el inmenso gusto de seguir el desarrollo de un movimiento artístico sumamente significativo en esta era de recuperación tan crusial en la América Latina.  Pero Guatemala es la tierra que menos se ama a sí misma y que más sufre de ello.  Por  ello, sin duda, hiere a propios y ajenos en una forma que ningún extranjero comprenderá jamás.  La amo tal cual es y lo he sobradamente demostrado.  La única clandestinidad que conozco es la de haber tratado siempre de aprovechar las colaboraciones que se me solicitan del extranjero para darla a conocer y a amar  quand meme hubiera dicho Balzac.  No puedo sino desearle, que sus artistas triunfen de las tradiciones caducas contra las cuales se rebela, con mucha razón, la juventud del mundo entero.

Guatemala, 23 de Enero de 1969


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