La noche del viernes, amigos, todos los récords quedaron en el suelo.
No solamente los de la subasta del Club americano donde la pintura Atitlán, obra clásica del maestro Efraín Recinos
alcanzó la suma de Q.1,150.00 en tres etapas cargadas de expectaciones, con emocionales pausas y reñida competencia-
sino que se remató la velada en la forma más alegre y simpática en casa del feliz poseedor de la pintura, John Hope.
Y lo más fantástico de la reunión fue que no se celebraba uno sino varios sucesos emocionantes, John era feliz con su
adquisición mientras que para nosotros, los que llevamos años de luchar para que reconozca el valor del arte plástico
en Guatemala, era mucho más importante. Era, por fin, la prueba palpable que en Guatemala, entre guatemaltecos y
extranjeros, entre aficionados, diplomáticos, y coleccionistas, el arte nacional vive, vale y se cotiza. Para nosotros,
no se trataba de vivir una crónica social sino de dar libre curso a nuestra emoción ante el resultado alcanzado.
Sobre la alfombra mágica, en una esquina de la sala agraciada con buenas obras, tuvo lugar la espontánea celebración.
La doctora Josefina de Rodríguez, autora de una enciclopedia sobre el arte guatemalteco que bien hubiera podido llamarse
Guatemala a través de la imagen, colgó los títulos en la puerta y lució lo mejor que tiene: el gran Lacho. Con los
Dinnedahl de la Colina y el ático Tasso, con Luis Díaz que obtuvo la mención honorífica en la subasta y Sandra Smith
cuyas extremidades, a falta de cosmonautas, dejaron desorbitado a Arnoldo Ramírez, con Gloria Cruz y los Biesewing,
los Topke junior y Harold Lewonsky y otros más, se brindó con emoción el triunfo de los pintores guatemaltecos, encarnados
esa noche en Efraín, este pilar de modestía y dedicación al progreso urbano, arquitectónico y artístico de Guatemala.
La fiesta no hubiera sido completa sin sus toques humorísticos: a Dany Shafer, le salió por fin el alma eslava que todos
le sospechábamos y la Khrushchenkaya, virtuosa del karate, cincho negro y alma de ninfa, por poco nos desnuca.
Aparte de las obras premiadas, el conjunto de pinturas vendidas pasó, la primera noche, de siete mil quetzales, lo que
llevara a más de diez mil los fondos recolectados para el hospital neuro-psiquiátrico, institución que debe a la
inteligencia de sus promotores y especialmente a la señora Mariflor de Solís la posibilidad de autofinanciarse
parcialmente con esta venta anual de obras ofrecidas por los artistas. A la vez que constituye un valioso poll de
las cotizaciones, ofrece la oportunidad de darse a conocer a los más jóvenes artistas. Entre estos descollaron ya
Gloria Cruz, Arnoldo Ramírez Amaya, Ixquiac Xicará, Luis Ortiz, Escobedo, Guzmán Schwartz y otros más que dejan augurar
un brillante porvenir al arte plástico guatemalteco, objeto de una celebración que duró hasta el amanecer.
Entre los principales postores descollaron las señoras de Bendfeldt, Cristina de Welch, Mariflor de Solís; los
licenciados Emilio Arenales Catalán, Mario Alvarado Rubio, los ingenieros Carlos Brichaux, John Gody, Paco Reyes Pérez;
el doctor Arria, los señores Vourvoulias, Rosenhaus, Sobalvarro, Ralph Erkelens y muchos más.
El Impacial
Guatemala, América Central, Lunes 1 de Julio de 1968.