Edith Recourat-Chorot La Alianza Francesa de gala 27 Abr, 2008 - 19:12:36
LA ALIANZA FRANCESA DE GALA
GEORGES MATHIEU: UNA SÍNTESIS LIRICA
Por Edith Recourat
¿Simbolismo de alto voltaje o complejidad depurada hasta su más concentrada y lírica expresión? ¿Anticentrismo o síntesis?
Sobre fondos monócromos o sutilmente modulados, cuya tonalidad sirve de ambiente a sus “abstracciones líricas”, Mathieu reta la inteligencia en un constante duelo entre formas y espacio.
El equilibrio surge de la tensión entre el dinamismo estructural de los “signos” y las calidades tonales, muy estudiadas, de los fondos que absorben y propagan el impacto visual.
Nacida de una “revolución semántica”, transfigurada por la necesidad de una síntesis visual en motivos casi ideogramáticos, la caligrafía orfebrada de Mathieu prolonga un largo diálogo con la tradición literaria, filosófica y plástica occidental a la vez que afirma un furioso deseo de renovación y comunicación entre las masas pensantes. “La estética” nos dice, “debe ser el arte de la conciencia y no la conciencia del arte”.
Símbolo y suma de expresiones pasadas y presentes, su obra consitutye uno de los testimonios literario-plásticos más elegantes y estridentes de nuestra época.
Según el lujoso catálogo que debemos a la gentileza de la Embajada Francesa, de la Alianza Francesa y de Air France, patrocinadores de esta exhibición, Georges Mathieu nació en Boulogne, cerca de Dunkerque, en 1921 y estudió literatura y filosofía antes de principiar a pintar en 1942. En cuanto terminó la guerra, organizó manifestaciones a favor de un arte liberado de convenciones y restricciones clásicas al mismo tiempo que reaccionaba contra las formas
geométricas de la pintura abstracta, proceso que lo llevara a la “abstracciones líricas” que llevan ahora su sello.
Simultáneamente, revelaba a Europa la importancia de la recién nacida escuela de Nueva York y de sus protagonistas, de Jackson Pollok a Mark Tobey.
Su primera obra importante data de 1954. En 1957, visitó el Japón donde fue triunfalmente recibido por un público refinado, amante de los mensajes gráficos y fiel también a una “eterna paradoja” metafísica, plásticamente expresada
en la doble polaridad –tendencia impresionista contra invención pura- que confiere su personalidad a la obra del pintor.
De 1959 a 1963, viajó y expuso en Brasil, Argentina, Israel, Líbano, Canadá, después de una primera retrospectica de su obra en Colonia, en 1959.
Creador del “tachismo”, Mathieu fue pionero de la velocidad en el arte occidental y se hizo el campeón de una “estética del riesgo”, en el cual, por primera vez “la obra de arte se liberaba de la ganga artesanal y de la esclerosis de siete siglos de cultura humanista grecolatina para entrar al fin en el dominio de la creación pura”.
En 1963, publicó su primer libro: “Más allá del Tachismo” y tuvo lugar la exposición de veinticinco de sus obras en el Museo de Arte Moderno de París, distinción raramente concedida a un artista vivo.
En 1967, publicó: “El privilegio de Ser”; le fue encomendada la realización de tapicerías para la manufactura de los Gobelinos y el diseño de porcelanas para la de Sévres así como la presente serie de affiches para Air France, obra de circulación mundial en la que coinciden con rara fortuna pensamiento, estilo y técnicas de reproducción.
En 1968, sus pinturas fueron exhibidas en la National Gallery de Washington, en el Metropolitan Museum de Nueva York, el Museum of Fine Arts de Boston, el Art Institute de Chicago, el Museo de la Legión de Honor de San Francisco y,
simultáneamente, en cuarenta y ocho de los museos más importantes del mundo.
Dejaremos la palabra a Mathieu –autor de los renglones interpretativos que acompañan cada cartel- para explicar su actitud frente a la tarea encomendada por Air France: “Hasta ahora, otros artistas se han preocupado del aspecto
visual del arte, historia, geografía o folklore de cada grupo nacional o étnico, en términos de realismo al parecer inevitable, sea fotográfico, impresionista o cubista. En otras palabras, todo parece haber sido definido por lo que llamaré “el turismo del ojo”. Por mi parte, yo traté de dar, en el caso de cada nación, una idea de lo que me parece ser su quintaesencia, su especificídad, su “privilegio de ser”. Para lograrlo, me dirigí no al ojo sino a la mente, al corazón, al espíritu”.
Hablando del enfoque que le guió, añade Mathieu: “en su admirable “Análisis Espectral de Europa”, Hermann de Keyserling expresa con rara lucidez las constantes culturales y espirituales de varios pueblos.
Eso releva (...) de un orden analítico. Por otra parte, la misión del affiche es dirigir un mensaje simultáneo e inmediato en términos de una relación interna presentada sintéticamente. Nos entrega la llave de una comprensión intuitiva, revelando dramáticamente, es decir teatral e instantáneamente, los aspectos y características esenciales que desea subrayar”.
Dramático lo es ciertamente Mathieu en su visión sintética y simbólica de cada país; sobrecogedor efecto de luminosidad y armonía en la península mática; evocación “bárbara”, como el renacimiento que conoce la plástica contemporánea, en México; la estrella y el candelabro de siete brazos en vibración casi eléctrica sobre el fondo morado místico de Israel; el ave de las inmensidades canadienses que prestó su plumaje a los tocados de sus primeros moradores indios; la caligrafía rítmica del águila germana, de una estilización casi matemática; el individualismo británico en contrapunto con el oro y la pompa de la tradición; el pululeo de la plenitud física y metafísica de la
India: el templo sobre ruedas, con mástil, vela y estrella del Japón, evocadores del principio que gobierna hasta las composiciones florales niponas: cielo, hombre y tierra participando de la misma esencia eterna.
En todas sus composiciones, el artista es fiel a su principio. El escarabajo y la momia egipcia se desprenden de una lámina de oro con textura de pápiro. El barroco italiano, emnú y espejo sublimados, evoca el “dulce farniente”
mediterráneo y una viñeta de Lebrun irradia a la gloria empalidecida del Rey Sol tras una torre Eiffel labrada y enjoyada. Mathieu no ha desperdiciado el contraste entre las dos Américas; todo ritmo y colorido, “tachismo” puro, Río arde y estalla en la oscura noche de su pasión mientras las paralelas y perpendiculares de rascacielo norteamericano se estructuran al infinito con “infernal dinamismo” sobre fondo metálico.
Con todo, tal vez sea la española, la versión en la que mejor coincide el símbolo y su contenido; en el espacio silencioso de un gris arrepentido, una joya-esqueleto del más puro surrealismo dalinesco desprende sus oros sobre la sombre-tumba de su secreto.
La dominante estructural es esta línea barroca, lírica, que se enriquece de su propia sustancia, se hincha, se alarga, se tuerce en arabescos cuidadosamente controlados y no rebasa nunca los límites fijados por un intelecto disciplinado,
impregnado de clasicismo, tal vez a pesar suyo.
El abstraccionismo de Mathieu es muy relativo. En él convergen el impresionismo y el surrealismo abstracto practicados a ambos lados del Atlántico en la post-guerra, producto de intercambios y de interinfluencias provocadas por la emigración de miembros descollantes de la escuela de París al iniciarse la segunda guerra mundial: André Masson, Max Ernst, Chagall, André Breton, Mondrian, Lipchitz, Zadkine que se reúnen en Nueva York con Tanguy y Matta.
Si las características más espectaculares de la pintura norteamericana de entonces: “action painting”, “dripping”, “all-over painting”, derivan de los principios del “automatismo”, inicialmente elaborados y practicados por Matta y Masson, fue sin duda a Pollock y a Tobey, entre otros a quienes Georges Mathieu debe parte de su liberación formal y de su dramática conquista de los espacios modulados “desde adentro”. Más discursiva, su caligrafía recuerda también la de ciertos vasos romanos de vidrio decorados “al chorreado” hacia el siglo V antes de nuestra era. De todos modos, las grandes líneas evolutivas que pasan de Picasso, Matisse y Kandisky a Masson, Pollock y Tobey, de Breton y de Matta a Arschile Gorky, de Miró y Max Ernst a Gottlieb y a Mark Rothko, y de ellos a un Mathieu siguen el desarrollo de una plástica de más en más a fin a las realidades que vivimos. Eso es lo que importa.
No se puede cerrar este comentario sin mencionar la perfección de las técnicas de reproducción puestas al servicio del artista; fotografía en relieve, trabajos de laboratorio para la elaboración de papel y de tintes especiales, serigrafía, litografía, grabado, impresión sobre seda, superposiciones y hasta la colaboración de joyeros fueron necesarias para llevar a bien esta empresa de espíritu muy francés; manteniendo el privilegio de la calidad, crear “conciencia” de la obra de arte poniéndola al servicio de la comunidad humana.