15 May, 2008 - 18:15:25
Por Edith Recourat
En la sala Enrique Acuña de Artes Plásticas, bajo los auspicios de la Alianza Francesa de Guatemala y de la Dirección General de Cultura y Bellas Artes que celebran ambas su cincuentenario, se inaugura muy oportunamente una exposición de grabados del Grand Prix de Rome francés, Lucien Guézennec que se halla en estos días entre nosotros.
Debo añadir quizá: un poco perdido entre nosotros. Efectivamente, aparte del señor Chavarría, encargado único de las tareas de creación y reproducción de billetes, sellos y timbres de la Casa de la Moneda –en la todavía pequeña proporción en que el material oficial no es importado de Inglaterra o de Alemania- aparte de tres o cuatro grabadoras de calidad en el medio puramente artístico, nadie en Guatemala se interesa por las múltiples aplicaciones prácticas derivadas de la utilización del buril que representa sin embargo, la forma nos plus ultra del grabado en el verdadero sentido de la palabra. Quizá por falta de profesores, no se domina hoy esta técnica a la manera del expositor francés cuyo formidable metier salta a la vista a la primera ojeada sobre sus matrices de cobre.
En Francia, la formación de un grabador, llevada dentro de los canones del aprendizaje oficial, es decir teniendo por meta suprema el Concurso y el Grand Prix de Rome, que cubre, como se sabe, pintura, escultura, grabado, arquitectura y música, dura varios años. Es una carrera muy dura y exigente, parecida a la de un solista de violín, por ejemplo, o del ballet. Concentración, tenacidad, trabajo y más trabajo están a la orden del día hasta la total superación de la más alta técnica. No existen atajos ni desvíos, accidentes felices ni texturas milagrosas para triunfar en esta implacable disciplina.
Fundada en 1648 por Mazarino, bajo el reinado de Luis XIII y ensanchada por Napoleón quien creó el Gran Premio a favor de los doce artistas que se turnan, generación va, generación viene, en la Villa Dedicis de Roma, la institución goza hasta la fecha de privilegios reales caídos en desuso pero todavía vigentes. Todo egresado del famoso concurso y laureado con el Premio de Roma es un maestro en su oficio y, en su calidad de “grabador” y orbefre del Rey”, goza además del derecho de llevar la espada desenvainada al costado, como corresponde simbólicamente a todo súbdito defensor del reino.
Cuenta el señor Guézennec que algunos jóvenes colegas suyos sobrevivieron la tradición durante una ruidosa celebración del premio y aterrizaron en la más próxima comisaría de policía con títulos y espadas. Tras clamores de los detenidos y averiguaciones de las autoridades fueron prontamente puestos en libertad, asistidos por el derecho pero con ruegos de abstenerse de resucitar una costumbre un tanto arcaica y fuera de contexto en el Paris contemporáneo...
En el opúsculo consagrado por Paul Durupt a “La Gravure sur Cuivre” (Edición La Traición, Paris, 1951), hallamos a Lucien Guézennec entre Michel Ciry, Marianne Clouzot, el profesor Lemagny, Jean-Gabriel Domergue -quien transformaría luego la ruda sintaxis del grabado en exquisita soltura para celebrar la gracia efímera de mil rostros femeninos-, a los lados también de Albert Decaris, Gran Premio de Roma 1919, miembro del Instituto de Francia, su maestro, grabador oficial del Estado cuyo apellido puede leerse al píe de numerosos sellos postales franceses desde hace medio siglo.
Al decir de su ex-alumno, Decaris es un personaje extraordinario que vive en traje de monje, descansa practicando el yoga, totalmente entregado a su oficio dentro de un mistecismo casi medieval. Es el autor de la Vía Crucis grabado sobre cobre, único en el mundo, que adorna la nave de la histórica iglesia de Saint Germain des Pres, en el corazón de Paris.
Tomando en cuenta que el Gran Premio de Roma es otorgado únicamente cada 2 años y para una sola de las cinco ramas que les corresponden -cincuenta laureados por siglo, diez para el grabado- no es de extrañar que los elegidos se sientan animados por un espíritu de fidelidad y fraternidad a la tradición hacia sus compañeros y que no se pierdan de vista.
Daragnés, editor y grabador de libros de gran lujo, trabaja como burilista para los Estados Unidos; el anciano Galanis, compañero de Picasso y huésped del difunto Bateau-Lavoir adhirió toda su vida a normas estrictas de buen funcionario.
Las carreras de los Grand Prix de Rome, terminan generalmente bajo la cúpula del Instituto de Francia, la Academia de Francia de las Bellas Artes como es actualmente el caso para Decaris Lemagny, ambos profesores de las Bellas Artes y maestros de Lucien Guézennec.
Sin embargo, al camino de los pedidos oficiales, de las cátedras sólidas y bien remuneradas y de los honores académicos, empujado por el deseo de conocer aspectos más originales y vivos del mundo, prefirió Guézennec la independencia del viajero, Profesor en Africa durante varios años, nos llega ahora de Chile donde dejó formados varios alumnos de brillante porvenir.
Esperamos que Guatemala pueda brindarle una oportunidad para que sus vastos conocimientos, frutos de años de experiencia y de labor, sean aprovechados en medios gubernamentales o eclesiásticos, por el Banco de Guatemala o por la sección filatelista del correo o bien por aquellos que deseen adquirir el dominio de la difícil técnica del buril.
El Imparcial, 27 de Junio de 1970.
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