Edith Recourat-Chorot
Y Ahora... Mishan en Guatemala
27 Abr, 2008 - 19:35:59

Por Edith Recourat

Valenti, Carlos Mérida, Miguel Angel Asturias, Abularach, Rodolfo Mishaan...  Para no citar sino algunos de los más descollantes entre aquellos sonoros apellidos guatemaltecos, mojones en las rutas internacionales del arte en el extranjero.

Durante muchos años, Mishaan no fue sino un hombre y despertaba mi curiosidad ya que, como yo, vivía lejos de su tierra y sin olvidarla, ¿Cuál habría sido el impacto –y la reacción- sobre su sensibilidad de un ambiente extraño?

Y, ¿cómo lo habría resuelto plásticamente?.

Y por fin, hace cosas de tres años, llegó Rodolfo Mishaan a Guatemala con su última obra.  Y me enfrenté con emoción a esta serie de La Conquista en la que formas más depuradas que abstractas, animadas por una dinámica interna, se desprendían sobre fondos monocromos, lisos, en los que se fundían espacio y tiempo en el campo del infinito.

Belleza y originalidad, sabor a tierra y a cielo surgían de enormes superficies y de pequeños paneles en suntuoso colorido.

Mediante el uso de pinturas acrílica y de tonos complementarios, Mishaan provocaba un primer choque, establecía un primer antagonismo visual.  Pero no era sino el primer paso.  Sus formas –a la vez llenas y estilizadas- eran distribuidas sobre fondos animados por una línea, una pestaña, una raya que les daba vida y que creaban una nueva oposición entre objeto y ambiente, una vibración silenciosa que acentuaba la importancia de la figura, “por abstracta que fuera.  Y el tema de esta primera serie era el de la Conquista, esquematizada hasta lo último pero identificable a través de figuras-signos que proponían sus enemigos en un duelo de tonalidades intensas y de láminas de oro texturadas como superficie orgánicas.

La fuera conceptual de la obra, rematada con delicadeza en los detalles, era afín al tema histórico, mientras los medios empleados y la técnica se destacaban por su contemporaneidad.  Así, lograba Mishaan un tercer contraste, una tensión suplementaria que definía y remataba su obra.  Tensión de colorido, tensión de figuras y fondos, tensión de toma y medios materiales: si no hubiese existido la conquista, estaba definida y estilísticamente descrita en este mensaje que había recorrido tiempos y espacios antes de volvernos objetivizado y purificado por la nostalgia y la distancia.

Pero, sí, existía el pasado, y sigue existiendo para el pintor que ha presentado, como es sabido, una nueva exposición –personal- a fines del año pasado en el East Hampton Gallery de Nueva York, bajo el título también elocuente de “La Codicia”, en la que utiliza nuevamente los oros, legajo simbólico y trágico de la conquista.  Oros que siguen resplandeciendo en altares, casullas, retablos y columnas; oros que “respaldan” todavía las monedas de todas las naciones “civilizadas” en el mercado internacional: oros-signos de los privilegios bajo todas latitudes y que, paradójicamente, no salen del subsuelo europeo o norteamericano sino de las tierras hoy más privadas de recursos, de sus recursos propios por la codicia inexorable de los eternos conquistadores. 

En su presentación del artista, escribió Ida Rubin, agregado cultural al Centro de Relaciones Interamericanas recientemente inaugurado por el entonces vicepresidente de los EE. UU. Hubert Humphrey: “Misshan –un pionero en el movimiento neo-mayista que incluye otros artistas guatemaltecos como Margot Fanjul y Carlos Mérida- utiliza formas sumamente abstractas, producto de una evolución dentro de sus interpretaciones originales de motivos mayas.  La destrucción de la civilización india de Guatemala por el lugarteniente de Cortés, Pedro de Alvarado, fue caracterizada por la codicia.  Mishaan la ha simbolizado por medio del oro.  La serie “La Codicia” es la respuesta del artista a la continua explotación de su país...”

Existe en el arte de Mishaan otros aspecto menos fulgurante pero muy importante –y muy bello- dentro de su trayectoria americanista.  Son sus “collages”, apenas distinguibles como tales pero que han impreso a su obra un carácter de arcaísmo reciamente escrito.  Me refiero ante todo a la pintura “Tecún Umán”, adquirida por la municipalidad de Quezaltenango en su última exposición.  Reminiscente de los “bastones de mando” del paleolítico europeo, grabados e incisos en huesos de reno, sus tallos de obsidiana -¿armas, centinelas?- parecían guardianes de la tradición en el azul intenso de la última noche maya.  El motivo mineral, meteoro, oro, piedra, así como las formas de flores, tréboles o texturas de madera sugestivamente enjoyadas son otras tantas fuentes vivas de su panteón ancestral.

Nos sentimos felices de volver a ver a Rodolfo Mishaan entre nosotros.  El es indudablemente un extraordinario estilista y un colorista de una plenitud y sensualidad temporadas por la medida y el equilibrio de la composición.

Rojos y azules de vitrales, amarillos, verdes y tiernos lilas de inspiración más autóctona, obsidianas y oros delicadamente remachados, leyenda y actualidad, la obra de Mishaan es de una belleza e individualidad que añaden una nueva dimensión a la tradición y al arte de Guatemala.

El Imparcial, 2 de Agosto de 1969


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