Edith Recourat-Chorot
Yael Lurie, Joven Artista Israeli en Guatemala
27 Abr, 2008 - 18:30:12

No puedo pensar en Israel sin evocar su rostro puro de los años cincuenta, revelado a través de las cartas de Emma Reyes.  
Me escribía Emma desde el kibbutz de Einhod en 1959:

“A primera vista, un pueblo vacío... Noventa y seis casas adosadas a un cerro árido: el Monte Carmel.  Ni una tienda, ni una oficina, ni un auto, ni un transeúnte inútil.  Su arquitectura es árabe rústica.  Era uno de tantos pueblos devastados por la guerra de liberación: su destino era desaparecer.  No era cultivable, no era recuperable para nadie útil.  Sólo bello, un “Ojo” abierto sobre la belleza del mar Ein Hod.

Fue un artista el primero en descubrirlo: Marcel Janco, El kibbutz no era solución para los artistas.  Sin embargo, necesitaban echar raíces.  Janco les reveló el sitio, el gobierno de adjudicó las ruinas.  Con sus propias manos, sus propios medios, levantaron las casas.  Trazaron calles.  Instalaron luz y agua, armaron un teatro, una sala de conciertos, talleres de cerámica, litografía, tejidos, un restaurante.  Todo de uso colectivo.  Más una gran galería de arte donde se
exponen permanentemente las obras de los artistas residentes.  Y como por lujo,  construyeron dos casas, las únicas modernas del pueblo, para alojar a los artistas extranjeros que quisiesen visitarlos...”

Y después de hablar del sistema de autodirección y autodeterminación del kibbutz, de la libertad absoluta que rige su pulso vital , “no solamente en el plano de las contingencias sino en el espacio”, concluye diciendo: “estas
características de respeto al individuo, de colaboración al bien común y de libre desenvolvimiento personal hacen de Ein Hod una experiencia única en la historia moderna.  Y en un rincón desértico donde la piedra se organizó en morada y la luz en cosa creada, el “Ojo” orientado hacia el mar se volvió puerta abierta a todos los artistas del mundo sin discriminación de razas ni de credos”.

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De Ein Hod salió hace tres años la joven Yael Lurie que acaba de presentar una serie de telas de batik en el restaurante de Vittorio bajo los auspicios de la galería DS.

En batik, como se sabe, es originario de las islas de la Sonda, las más exóticas del mapa: Sumatra, Bali, Java, donde las bailarinas sagradas se desprenden del templo, templo ellas mismas, filigranas milagrosas que contrastan y se funden a la vez en las frondosidades apocalípticas de la selva circundante.  En el Extremo Oriente, el tratamiento de los textiles, seda, algodón, les confiere una calidad casi metafísica.  Trabajados con amor y respecto para su materia pura, ennoblecidos por la tradición que nos legó los exquisitos drapeados de Tanagra, Safo y Bilitis, los saris, los transparentes tejidos de banano, el batik y sus sabias volutas simbolizan allá la primera envoltura destinada a aislar el individuo de las contingencias groseras para permitirle abordar al mundo de pensamientos y sensaciones más sutiles y más refinadas.

La técnica del batik recuerda la del “ikat” hindú, peruano o guatemalteco, pero en lugar de reservarse áreas no pintadas sobre la madeja de hilos, como se practica en los Altiplanos para las tiras jaspeadas de los cortes indígenas, se reservan superficies de la tela, ya hecha, mediante la aplicación de cera caliente.  Según el grado de porosidad de la tela, los tintes, originalmente vegetales, que se extienden sobre las superficies libres penetran ligeramente bajo la cera produciendo semitonalidades que ciernen los contornos del dibujo en una zona imprecisa, característica de los tejidos, de la naturaleza y del pensamiento místico de los Orientales.
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La serie, presentada en paneles destinados a adornar las paredes por Yael, ilustra deliberadamente un tema: el dúo amoroso, en un idioma preciso, decorativo y a través de matices “camaieu” delicadamente escogidos.

Demuestra dominio de la técnica del batik y su dibujo firme revela, bajo la sensibilidad fresca de una muchacha, la honesta labor del buen artesano.  Pero la necesidad de escoger un material resistente como fondo le resta un poco de esta calidad vaporosa, espiritualizada, del auténtico batik indonesio.

Hecha esta reserva en testimonio al respeto que merece toda creación, toda técnica íntimamente ligada a un marco cultural determinado la artista israelí presenta una encantadora y dinámica síntesis de arabescas de inspiración oriental y de formas seudo-mitológicas, que recuerdan a la vez las ánforas griegas, la caligrafía renacentista del debut de la imprenta, el repertorio picasiano de los años veinte unidos a una proyección tiernamente infantil de faunos y sátiros a la manera de Disney.  A imagen del Siva o del Vichnú, se adivina quisiera abrir seis, ocho brazos en abanico alrededor de la deidad
central, cautiva e inspiradora como en los cuentos de hadas.  Pero al mismo tiempo, sus personajes son trabajados, con dibujo seguro, depurado, individualista que atestigua sin lugar a duda las dotes de una auténtica pintora.  Su colorido respeta la tradición del batik y coloca sus figuras en un ambiente intimo, casi secreto que contrasta felizmente con el estilo libre, desbordante de fe y de ansia de comunicación.

En conclusión, los batiks de Yael Lurie nos dejan una grata impresión.  Supo evitar las trampas del lirismo y encerrar su fantasía en cauces creativos.

Guatemala, 5 de Julio de 1968


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