Por Edith Recourat
El azar, dicen, no existe. Según el filósofo, no es porque se acercaron las nubes que se produjo el relámpago sino para que se produjera el relámpago que se acercaron las nubes.
A fines de febrero y principios de marzo, se produjeron dos fogonazos muy oportunos en el campo de la plástica: la presentación de una parte de la colección Bowdler y casi toda la colección de John Gody –setenta y cien obras respectivamente- en el I.G.A. y en la Biblioteca nacional. Ambas muy importantes desde varios puntos de punta. La del embajador norteamericano porque procedía de distintos países del hemisferio, la de Gody porque representaba una selección del arte guatemalteco de los últimos diez años. (Omito intencionalmente las muestras centroamericanas que la acompañaban ya que, aparte de Cañas, no presentaba interés).
No se puede ver en estas manifestaciones un efecto del azar.
Consciente e inconscientemente, quienes están conectadas de cerca con el arte plástico contemporáneo sienten la necesidad de estas confrontaciones en el tiempo –grosso modo veinte años- y en el espacio americano. Resulta imprescindible para el artista y el hombre consciente ubicarse en función de la evolución propia y de la histórica. Las retrospectivas bien dirigidas responden a esta necesidad de actualización y concientización tan necesarias para el artista que ha visto dispersada su producción en el curso de los años como para el público que tiene a veces ideas muy aproximadas respecto de ellas.
La extraordinaria retrospectiva de las obras del maestro Carlos Mérida el año pasado en el museo de La Aurora mostró cuán indispensable resulta descubrir panorámicamente el conjunto de lo creado durante una vida: las inclinaciones iniciales, los logros, la búsqueda bajo todas su formas, las puntas de lanza en una y otra dirección hasta que se logre formalizar un estilo, una expresión particular de aprehensión del mundo y del universo como matriz y destino del individuo. Lo deseable sería que se fomentase más frecuentemente el intercambio, por lo menos en este continente latinoamericano de común raigambre, para añadir al idioma fonético el lenguaje plástico, más sensible y tanto más personal que la producción escrita, muchas veces irresponsable, tiende a confundirlo todo.
Al reunir en la sala del I.G.A. setenta piezas de su colección particular, el embajador Bowdler, quien ha ganado tantas simpatías en el medio artístico de Guatemala, se ha revelado buen conocedor del lenguaje plástico de este continente. Al ojo y al olfato de coleccionista de envergadura, añade el eclectismo de un temperamento orientado más bien hacia las manifestaciones subjetivas, casi secretas, del alma americana –la más importante desde luego- raramente sincronizadas con el pragmatismo propio de los funcionarios de su rango. Lo decimos a honor suyo ya que si son muchos los llamados a oír un lenguaje, son pocos los elegidos.
No se trata de una pintura socialmente comprometida sino de una muestra bidimensional del arte contemporáneo: orgánica por cuanto refleja y representa aspectos vivos del cuerpo físico americano; psíquica por cuanto revela su temperatura interior. Comparada con la colección Gody, digamos que poesía, calidad y sensibilidad plástica se desprendían principalmente de la colección Bowdler mientras que la riqueza del colorido y la fuerza expresiva caracterizaban las obras guatemaltecas. Notemos también que, aunque la mayoría de las pinturas expuestas en el I.G.A. pertenecían a la categoría de lo figurativo, se desprendía más bien una impresión abstracta del conjunto.
La pauta, la daba tal vez este inquisidor Ojo de Abularach, el único de perfil que le conocemos colocado en la entrada a manera de prefacio o de advertencia. Realizado con la perfección técnica que le permite excursionar libremente en terrenos casi metafísicos, el Ojo de Abularach y el pequeño grabado blanco de Omar Rayo marcaban las fronteras casi intangibles entre el mundo de la representación y el de la imaginación inspirado en una realidad subjetiva.
A esta última categoría pertenecen los “Abstractos No. 1” y “No. 2” (sin número en el catálogo) del brasileño Roberto de Lamonica, estilizaciones negras, lenguaje plástico puro evocador de espacio y de soledad. Le pertenece también el mejor
Izquierdo jamás visto en estas playas, esquema de figura negra trazada sobre una textura labrada gris y unos “Abstractos” de Milán, que no son lo mejor de su obra pero que tienen validez como búsqueda de valores y líneas. Transición entre los dos mundos, la “Prueba para una pintura” de Carlos Mérida, estructura en tres dimensiones transformada en collage ansioso de desprendimiento. Abstracción de vía de encarnación, el “Engendrado” del norteamericano Gabor Peterdi nos conduce a la deliciosa “Orangerie” del chileno Sergio González-Tomero con sus hileras superpuestas de árboles casi idénticos en dos o tres tonos, y a la “Naturaleza muerta” de Obregón, transparencia y empastes grises, ocres y blancos de gran calidad plástica y poder expresivo. Ya más acá de las fronteras de la realidad, recordamos los “Pájaros en el Cañaveral” del cubano Wilfredo Lam, de trazo agudo y seguro y entramos de lleno en el mundo multifacético de los cubanos: obras figurativas un tanto datadas de Cundo Bermúdez, explosiones abstractas de Amalia Peláez y sobre todo, los muchos complementarios de Portocarrero y de Milián, faz clara y faz oscura del rostro cubano.
De los once países representados –nueve latinoamericanos- treinta y seis obras procedían de Cuba. Y, de éstas dieciséis de Milián, pintor contemporáneo radicado en Cuba y que, contrariamente a las vibraciones cromáticas de su compañero Portocarrero, introduce una dimensión interior del alma cubana. Obra sorprendente por su calidad y quietud, trátese de flores en macetas sobre papel apergaminado ocre y beige, de una discreción casi oriental o de sus retratos de niños y pequeños personajes, tintas siluetadas sobre fondos monocromos, cafés u oro, en una armoniosa integración del tema y de los medios. Dadas las características exteriores de Cuba, Milián se manifiesta resueltamente alejado de las apariencias, resueltamente dedicado a revelar el lado nocturno de su patria caribeña. Más que la flor, le interesa el perfume, más que el retrato carnal o sensorial, el estado de ánimo o el resultado de la meditación. Se trata sin duda de un gran artista cuyo anverso, cuya faz luminosa viene a ser Portocarrero y sus composiciones extrovertidas, fragmentadas por las vibraciones solares que recuerdan la coreografía plástica de los rusos europeizados.
México está representado por Cuevas y Cuevas por el “Homenaje a Quevedo” perfección de un género que acopla satíricamente lo grotesco y lo sutil, la influencia ibérica –de fuerte sabor picasiano- con la ácida ironía del neorrealismo mexicano. De una manera general, con las habituales excepciones, la gama reducida del colorido y la discreción de los temas conferían una unidad cromática e intelectual a la colección Bowdler. Mosaico de un rostro definido en términos de más en más americanos, todavía influenciados por el enfoque occidental pero ya con su grafismo, su sabor y su contenido, propio manifiesta el control técnico y la autonomía del artista latinoamericano que descubre sus afinidades y concordancias con su medio particular cuyas riquezas ha de apropiarse y transformar en el crisol de sus experiencias y de su conciencia.
Es el caso de este genial pintor colombiano, Camilo Cardona, que he dejado para el final de este pequeño comentario. No se le puede calificar de “naif”, ni de ingenuo ni de primitivo sino de macondiano en potencia -¡y qué potencia!- y en expresión. Sus composiciones “Presos” y “Pájaro Azul” nacen única y exclusivamente de la íntima correlación entre el medio y el individuo. Corresponden a una identidad americana que se inició, en literatura, con Miguel Angel Asturias, el Pedro Páramo de Juan Rulfo y el incomparable “Cien años de soledad” del americanísimo y sensacional Gabriel García Márquez. Basada en una irracionalidad que crea su propia lógica y su propia poética, las pinturas de Camilo –temas, composiciones, colorido- no pueden compararse con ninguna obra extra-continental. Marca, para nosotros, el nacimiento de un lenguaje extraño, representado aquí por Tún, aunque en tono menor, lenguaje henchido de referencias a un mundo invisible que prescinde de referencias lineales para malaxar el tiempo “en redondo” y que arroja, como boca de volcán, las entrañas ardientes del americanismo más personal y más auténtico.
Aunque tarde, debido a circunstancias imprevistas, ante esta selección de muestras del arte latinoamericano actual, deseamos felicitar a don William Bowdler y a su esposa por haberse asociado tan felizmente al nacimiento de un nuevo lenguaje.
El Imparcial, 12 de Mayo de 1973