MEXICO AL DIA
Los descendientes de los muralistas: Ricardo Martínez
Por Edith Recourat
Como decíamos la semana pasada, entre la generación de los grandes muralistas y la actual, y sin generalizar más de lo conveniente para las necesidades de la vista panorámica que tratamos de esbozar, existen pintores de tendencias más individuales, más introspectivas, de los cuales Ricardo Martínez es uno de los mejores representantes.
En el barrio quieto y residencial de barranca del Muerto, favorecido por varias figuras del arte y de las letras mexicanas, la casa del maestro dispone de amplios espacios rectangulares: sala que da al jardín, jardín bien sombreado que se extiende hasta el final del sitio. El maestro ama los árboles y sospecho que no ha decidido todavía extender su estudio hacia el fondo del jardín para no botar “un nogal tierno” que dispuso crecer allí.
Todo es verde, con helechos arborescentes blancos, sin flores. En la sala, una enorme mesa oblonga sirve de respaldo al sofá en el cual nos sentamos frente a la chimenea. Otra mesa, formada por tres vigas enceradas que sobraron del techo, presta su superficie rugosa y noble al azafate que nos espera con un excelente café. Reina una gran sobriedad en el ambiente: libros, maderas, texturas bien cuidadas, dan la nota para la charla, dan el “la” de aquel preludio que constituye toda conversación preliminar en torno de una obra.
El estudio es un vasto cubo, alegrado por tres o cuatro acuarelas de niño cuyo colorido directo, intenso, estalla frente a la puerta. Volteados contra la pared, nos esperan lienzos de casi tres metros sobre cuatro de alto. Ignoro totalmente lo que pueden representar y, al voltear el primero, experimento aquella emoción ante lo desconocido: no se parece a nada, a nada “presentible” y me propone su enigma en el silencio del color y el silencio de la tarde.
Sobre superficies grises, finamente cepilladas por una sabia brocha, con conocimiento y amor al métier, se alzan dos figuras hieráticas enmarcadas en un ogivo oscuro. Alargadas como la estatuaria de los pórticos góticos, parecen buscar una escala mayor y querer salirse del lienzo, de color de piedra, que les presta su fondo. Recogidas y solitarias, parecen cerradas sobre un misterio.
-“Veo”, digo al maestro, “que los grandes muralistas tienen herederos pero que han evolucionado hacia la interiorización”. Con éso volteamos todos los paneles cuyo leitmotiv es una figura, a veces dos, reducidas a sus rasgos esenciales. Más depuradas que estilizadas, expresan la espera y la interrogación dentro de la inmovilidad y aún de la muerte. Los paneles –una serie de seis- son realmente frescos pintados sobre tela. Forman un conjunto en el cual el trazo encierra el espacio mientras que los valores inmovilizan el tempo. Buscando la fuga en lo intemporal, se anulan tiempo y espacio mediante la fusión y superposición de formas unidas por la visión interior del artista.
Descendiente inmediato de los maestros del fresco que cubrieron, hace tres décadas, kilómetros de paredes en edificios públicos con su mensaje directo, Ricardo Martínez no se dirige a las masas en son vociferante sino que hurga en las profundidades del pensamiento para establecer una nueva relación entre realidad y expresión. Una relación más individual. Contrariamente a los estilos de “impacto visual”, en el suyo todo es estricto, despojado, voluntariamente sometido a una disciplina llenada desde adentro.
Y sin embargo, es la misma tradición que sigue. Figuras sin escala en lo real, Atlantes prosternados, cariátides sin carga, formas monumentales pero ascetizadas por la contemplación y la reflexión. Armonía montante de la composición que recuerda la transición prerrenacentista. Materia rica, gracias a la ciencia del oficio. Tonalidades frías, grises y blancas, a veces teñidas de café, apenas encendidas por un luzazo rojo o anaranjado, deliberadamente atenuado. Temas esenciales del hombre pensante: vigilia, crecimiento, añoranza y la nada de la muerte. Es la obra de un intérprete del silencio y de las profundidades. Es un panel horizontal de gran poder dramático, el uso de la diagonal ha creado un espacio ilimitado que funda la soledad del artista en todas las dualidades de la existencia: ayer y hoy, tú y yo, vida y separación, amor y muerte. Pese a su austeridad, casi diríase a su misticismo, dimana de cada lienzo una esencia lírica transfigurada por el constante retorno a la conciencia. Por una perpetua interrogación expresada en términos de la máxima calidad plástica.
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Decimotercer hijo de una familia de dieciséis y padre de tres varones y una muchacha, todos adolescentes, el maestro me parece testimonio, él mismo de la soledad en la multiplicidad. La obra, somos nosotros. Y entre mejor, más acertadamente retratados, más nos acercamos a los demás mediante aquella “ruta interior” recorrida por Hermann Hesse con y después de tantos insignes novelistas. Pero la buena literatura goza de un público privilegiado mientras que la buena pintura tiene, o debe tener, un público más vasto y más variado. En el sentido de la lucha de los pintores jóvenes conscientes de la caducidad y del anacronismo de las viejas estructuras.
Sin embargo, habrá siempre creaciones dirigidas al pequeño número y, pese al renombre y el éxito de toda índole que corona su obra, creo que Ricardo Martínez pertenece a esta categoría.
El Imparcial, 24 de Marzo de 1971.