Por: Yessica Reyes
Tratando de reducir al mínimo la hipoteca de la emotividad que aún pesa en la mochila de las sensaciones estéticas, en aceptar la invitación de Pepo Toledo de conocer a un joven artista, Abel López, no pude retener la grata sorpresa en el impacto visual de su más recién producción escultórica. Un ejercicio de dinámicas dentro de un juego de “equilibrios precarios” fue la primera sensación. Luego un deflagrar del inevitable conflicto entre los confines reales y la desmaterialización de los objetos, entre el peso de la obras y su vis (*) evocativa.
Abel se atreve, (sin saberlo, inconscientemente tal vez) a jugar sobre planos teóricos paralelos, estimulando una lectura multiforme de sus fantasías. Juega engañándonos, atención, porque es suficiente cambiar el punto o eje de observación para percibir un cuerpo vivo refigurado en el instante de tensión antes de la explosión de la carga cinética, lista para explotar, efecto y sensación que evocan algunas esculturas de Abel, como el David del Bernini, en la Galería Borgese en Roma, donde el escultor barroco logra crear la energía de la tención , cargando la postura del joven David como un resorte, concentrando la dinámica de la explosión final en la tensión exasperada de la onda en el instante preciso que precede el acto.
Mi visita de exploración fue en el taller de escultura de Pepo Toledo, que emulando a los antiguos mecenas, puso a disposición de este muy joven talento, sean las instalaciones y sus herramientas, como los materiales mecánicos. En el taller aprendí a descifrar un vocabulario formal que me dio el acceso al mundo estético, conceptual y emotivo de Abel.

Un mundo poli-direccionado y poli-sentido, rico de complejos espesores: parecería ser de inmediato entendido, pero en el postergar la observación se termina con remeter en discusión las sensaciones percibidas, trasmutando las certezas en estimulantes dudas, lo consecuente en problematicidad, las asertivas en interrogativas.
Si observas las obras, son hechas con materiales metálicos, pero no en estado virgen, lo que complica las cosas. Pero la constatación, que presto se impone prioritaria, el hecho que estas esculturas son el fruto de agregaciones, de objetos preformados, de verdaderos y propios ready made. De inmediato el significado de la materia se autocalifica en estas esculturas, como poética del despojo, chatarra, o sea el opuesto del “producto”. La pieza mecánica abandonada o recuperada, es re-calificada como “objeto propio” porque sustraído a la lógica funcional de la máquina, no entonces porque representa la lógica funcional de la “civilización de la máquina”, sino porque ya no tiene relación con ésta.
Nos sorprenden también cucharas y tenedores, pernos (“Chucho bajo el puente”), resortes, ballestas, piezas mecánicas donde Abel tiene el cuidado de mostrarnos, donde se puede, el número de serie, la matrícula, según la fábrica de origen.
En un primer momento hay un llamado al dada de Duchamp y compañía, pero luego nos damos cuenta que el registro conceptual de Abel no puede ser acostado a los autores de pasado. Abel no disuelve en su intervención la rarefacción del concepto, tampoco en la radicalidad provocadora (en un plano teórico o estético del lenguaje formal). Es irónico y hoy una buena dosis de ironía es necesaria y en la nomenclatura de sus obras es evidente la intención irónica.
También se siente el gesto del arte, esculturas como “diseño en el aire”, se percibe, hay una áurea leve, cordial y lúdica tal vez. Procediendo en el examen, resulta claro un primer nivel significativo propio de los objetos, de las materias primas, de los artefactos originales, escogidos precisamente para desmitificar el sentido o el uso original de los objetos.
Luego un segundo nivel, donde el manipula y modifica, agregando a la memoria primaria, el valor de una nueva relación, que de una vez – estamos en un tercer nivel – confluye en la determinación de una forma, también nueva, que engloba los significados precedentes en una imagen inédita, que no es reducible a ninguno de los distintos componentes.
Es algo de totalmente original. Es aquí que se dispara aquella polisemia de la cual se comentaba anteriormente; es aquel mismo sentido de no poderse aferrar, que es el secreto – en su reticente evidencia, en su objetividad subjetiva - del encanto de estas sorprendentes y mágicas invenciones.
Se necesita, todavía, no dejarse condicionar por un acercamiento de superficies y observar lo que también éstas postulan; no es la pura percepción, porque no se trata solamente, también en este caso de formas, sino también de significados que en la “forma-materia” deben de ser buscados, interpretados.
Variedad, complexidad, ímpetus cinéticos. Protagonismo del material dato, dotado de una conformación propia. Son propio de estas esculturas, cuando logramos entrar en ellas, que revelan lo que parece el significado primario de todas las escultura de Abel como artista: la metamorfosis, desramada, energética, incontenible, coherente substancia, siempre, de cada cosa, también en la relación del autor con su creación y obviamente luego con el receptor, el espectador que se pone de frente: sensaciones solo aparentemente definidas y todavía activas en su metamorfosis, substancia mutógena, aparentemente de más explicita figuración.

Con resultados e impacto inusual en el actual panorama artístico guatemalteco. Sería estimulante y muy interesante ver estas esculturas de tamaños ideales para llenar con garbo y presencia los espacios de los interiores de nuestros hogares y oficinas, verlos (actualmente como prototipos) realizados en tamaños gigantes, para dialogar con los árboles de los parques públicos y privados y en los espacios urbanos.
Démosle bienvenida a un prometiente joven escultor, Abel López ¡Hay que ponerle el ojo!

Publicado por: Yessica Reyes/deguate.com
Fuente: npalomo@cdnegocios.net