Assalamu aleikun, hermano: Has de cortar el árbol que está frente a tu casa. El jalifa lo ordena. Aleikun salam, hermano ¿Dónde está ese jalifa que manda cortar un árbol y talar un sueño? Hermano, has de talar el árbol que crece junto a la puerta de tu casa”.
Llueve, lloras, ya no hay consuelo, el agua lustral es sólo Rahma.
Privado de la electricidad, una lámpara te acompañó aquella noche, una luz que brotó de la sangre de un árbol bendecido, de un olivo que no es de aquí ni de allá, que no es tuyo ni mío, sino que es sólo Suyo, que es un regalo luminoso que va dando forma a tu conciencia, que hace brotar la vida de la nada y que además construye los silencios, las sombras, ese recuerdo que ahora te sorprende y te guía…
¡Rompe la privación, atraviesa la cáscara, la rutina que ha tejido tu cárcel! Mira las formas que surgen inéditas en una creación pura, mira cómo las sombras se diluyen unas en otras y todas en esa luz que por ser única ya no alberga ninguna oscuridad…
Te diste cuenta de que en las palabras de los niños, en los rincones de sus miradas, se van tejiendo las visiones de los adultos, de quienes tratamos de congelar las formas, tratando así, inútilmente, de conformar el rostro actual de nuestra memoria…, en sus distracciones, en su aprendizaje, en su ensimismamiento, que es el mismo que les negamos los adultos.
Tu hijo hizo que recordaras las historias más antiguas, las que narraba aquella mujer que tanta ternura te regaló cuando tú eras un niño, la sabia anciana que tanta paciencia tuvo contigo.
Te sentiste agradecido a la realidad por haber podido rememorar con tanta vividez aquella voz sensata y tan hermosa, aquella entonación sobrenatural con que relataba las hazañas de los héroes antiguos que, ya por entonces, no existían porque estaban desapareciendo las narraciones…, las historias de Roldán y Olivero, las sagas orientales del Kalila e Dimna o de las Mil y una Noches, lecturas de ajados pero limpios volúmenes que guardaba en un baúl, ediciones sencillas de otros tiempos, tal vez recuerdos o adaptaciones de las viejas historias.
Así, rotos los momentos por la realidad, única visión que sobrevive, recobraste el tiempo en el vacío, en el signo de la palabra que une, en el viento que aquel día te enseño que los momentos no perduran. Mientras las luces de aquella tarde te arropaban y las miradas entretejían una historia, sentiste que la realidad te regalaba Su sakina.
El paisaje se llenó de sonidos y los pensamientos se inscribieron en ellos, en las risas y en los cantos del pueblo, pero también resonaban en aquel paisaje los sueños de la globalización, las miserias, cicatrices y huellas de la memoria que te devolvían de nuevo a la historia contemporánea, al compromiso intelectual. Rota el alma como el cuaderno roto, como las hojas rotas, los trazos quebrados, los momentos y el pensamiento fragmentados, todo roto, como el mundo es.
Pudiste darte cuenta de que sólo la realidad permanece entera, incólume, inalterable a los sucesos, completa y única, que el mundo es sólo una sucesión de intentos frustrados, un encadenamiento de fracasos, cuyo sentido, orden y armonía, sólo pueden vivirse en la aniquilación. No habia ninguna duda: aquel paisaje era fruto de tu pensamiento, obra de tu imaginación.
Fuente: webislam.com