El verdadero modo de combatir al enemigo es estar ocupado con el amor al Amado.
Todo lo contrario al «ojo por ojo...»: el emir Abd al-Qadir *
El terrorismo es odio y este odio suele ser la desfigurada expresión de una denuncia, quizá incluso legítima.
En la actualidad, pocos dudan que las injusticias cometidas a diario en Palestina y en otras partes del mundo musulmán no conlleven estas protestas, pero en el islam nada justifica el ataque y el asesinato de civiles, ni el exceso como resultado del odio, incluso si este se basa en denuncias legítimas. El objetivo de la justicia debe conseguirse de acuerdo con la justicia. El fin no puede justificar lo medios:
¡Oh vosotros que habéis llegado a creer! Sed firmes en vuestra lealtad a Dios, dando testimonio de la verdad con toda equidad; y que el odio hacia otros no os haga desviaros de la justicia. Sed justos: esto es lo más afín a la conciencia de Dios. (33)
Llegados a este punto, nos parece útil adentrarnos en una de las figuras más importantes de la historia reciente: el emir Abd al-Qadir, líder de los musulmanes argelinos en su heroica resistencia al colonialismo francés entre 1830 y 1847. Su conducta es un perfecto ejemplo del principio anunciado en el anterior versículo y, en general, todavía sigue siendo un poderoso antídoto para la gran mayoría de virus que intoxican el cuerpo político del mundo musulmán actual.
Su respuesta a un verdadero y vil enemigo nunca estuvo incitada por la injusticia, todo lo contrario. Su impecable conducta frente a la traición, la mentira y la inenarrable crueldad de sus «civilizados» adversarios provoca que estos todavía aparezcan como más depravados. Su enemigo, los franceses, que iniciaron la agresión imperialista contra los musulmanes argelinos, fueron culpables de los crímenes más horribles en su «misión civilizadora», crímenes que incluso se reconocieron como tales por los arquitectos de esa misión, aunque justificados en base a la absoluta necesidad de imponer la «civilización» a los árabes. Este era un fin que justificaba cualquier medio, incluso el más salvaje. Bopichon, autor de dos libros sobre Argelia en la década de 1840, señala así el principio subyacente del proyecto colonial francés:
Poco importa que Francia, con su conducta, traspase los límites de la moral: lo esencial es que establezca una colonia estable y, como consecuencia de ello, imponga la civilización europea a esos países bárbaros. Cuando se lleva a cabo un proyecto que favorece a toda la humanidad, el camino más corto es el mejor. En estos momentos, es cierto que el camino más corto es el terror. (34)
«Terrorismo» es el término que mejor describe la política perpetrada por Francia, y abundan los testimonios de las atrocidades cometidas en ese proyecto. Un evidentemente arrepentido, por no decir traumatizado, Count d'Hérisson, explica en su libro La chasse à l'homme (La caza del hombre) lo siguiente: «Debíamos regresar con un barril lleno de orejas amputadas, por parejas, de los prisioneros, amigos o adversarios», causándoles «crueldades inimaginables». Las orejas de los árabes se recompensaban con diez francos el par, «y sus mujeres suponían un trofeo perfecto» (35). Los informes oficiales franceses registraron avergonzados estos actos monstruosos. La Comisión de Investigación Gubernamental admite, en su informe de 1883, lo siguiente:
Masacramos a gente que llevaban pases franceses, degollamos a poblaciones enteras que más tarde se comprobó que eran inocentes. Juzgamos a hombres famosos por su santidad en esas tierras, hombres venerables, porque habían tenido el valor suficiente para venir, conocer nuestro odio y así poder interceder en nombre de sus desafortunados paisanos. Eran hombres que fueron sentenciados, hombres civilizados a los que ejecutamos. (36)
¿Cómo respondió el emir Abd al-Qadir a estas salvajadas? Sin venganza ni rabia: con una conducta apropiada, desapasionada y fundamentada en los principios morales. En una época donde Francia mutilaba a los prisioneros árabes, masacraba indiscriminadamente a tribus enteras, quemaba vivos a hombres, mujeres y niños, y donde muchas cabezas argelinas se colgaban como trofeos de guerra, el emir manifestó su grandiosidad y su suscripción coherente a los principios islámicos y rechazó rebajarse al nivel de sus adversarios «civilizados» con el siguiente edicto:
Todo árabe que tenga en su posesión un francés debe tratarlo correctamente y llevarlo hasta el califa o al propio emir tan pronto como le sea posible. Si el prisionero denuncia malos tratos, el árabe no recibirá ninguna recompensa. (37)
Cuando se le preguntó cuál era la recompensa por una cabeza francesa, respondió: veinticinco golpes de bastón en las suelas de los pies. Se comprende de este modo por qué el general Bugeaud, gobernador-general de Argelia, lo describió no sólo como «un hombre de genio cuya historia debemos ponerla junto a Jugurtha», sino también como «una especie de profeta, la esperanza para todos los fervientes musulmanes» (38). Cuando finalmente fue derrotado y llevado a Francia, antes de exiliarse a Damasco, Abd al-Qadir recibió a cientos de admiradores franceses que habían oído hablar de su valentía y nobleza. Los visitantes, por los que él sintió un gran afecto, eran principalmente oficiales franceses que querían agradecerle el trato recibido mientras fueron sus prisioneros en Argelia (39).
Debemos repasar detalladamente el extraordinario cuidado que brindó el emir a sus prisioneros. No sólo procuró que se respetaran sus derechos frente a posibles venganzas por parte de quienes habían perdido a sus seres más queridos (brutalmente asesinados por los franceses), también manifestó especial interés por su bienestar espiritual e invitó a un cura cristiano para que atendiera las necesidades religiosas de sus prisioneros. En una carta a Dupuch, obispo de Argelia, con el que había entablado negociaciones sobre los presos en general, el emir escribe: «Enviad un sacerdote a mi campo, no le faltará de nada» (40).
Asimismo, a propósito de las mujeres detenidas, les dedicó el trato más sensible, y bajo el cuidado de su madre las colocó en una tienda permanentemente vigilada contra cualquier intruso (41). De todo ello no sorprende que muchos de estos prisioneros abrazaran el islam, mientras que otros, una vez liberados, decidieron permanecer junto al emir y ponerse a sus órdenes (42).
Este trato humano del emir fue mantenido en secreto por el ejército francés. Si se hubiera sabido, el resultado hubiera sido devastador para la moral de sus soldados, a quienes se les había dicho que estaban combatiendo en una guerra civilizadora, y que sus adversarios eran unos bárbaros. Como confirmó el coronel Gery al obispo de Argelia: «Nos obligaban a hacer todo lo posible para ocultar estas cosas [el trato que los prisioneros franceses recibían]. Si los soldados lo hubiera sabido, no habrían atacado con tanta rabia a Abd el-Kader» (43). Más de un siglo antes de la Convención de Ginebra, el emir demostró el significado no sólo de los derechos de los prisioneros de guerra, sino de la dignidad innata del ser humano, sea cual sea su creencia.
Probablemente, la historia más relevante de todas para el contexto que aquí nos ocupa fue su famosa defensa de los cristianos de Damasco, en 1860. Ya derrotado y en el exilio, Abd al-Qadir pasaba su tiempo pregonando y enseñando. Cuando empezó la guerra civil entre los drusos y los cristianos en el Líbano, el emir escuchó que había signos de un ataque inmediato a los cristianos de Damasco. Escribió cartas a todos los sheijs drusos, pidiéndoles que no llevaran a cabo «movimientos ofensivos contra un lugar cuyos habitantes nunca han sido enemigos». Nuevamente, expresa uno de los principios básicos del islam: no hay que iniciar nunca las hostilidades.
Y combatid por la causa de Dios a aquellos que os combatan, pero no cometáis agresión. Dios no ama a los agresores. (44)
Lamentablemente, sus cartas no surgieron efecto y cuando los drusos se acercaron a los barrios cristianos de la ciudad, el emir se enfrentó a ellos, pidiéndoles que se ciñeran a los principios islámicos.
—Tú, el gran azote de los cristianos —le gritaron. ¿Qué tienes que decirnos si ahora somos nosotros quienes luchamos? ¡Apártate!
—Cuando me enfrenté a los cristianos —respondió Abd al-Qadir— siempre lo hice fiel a nuestras leyes. Los cristianos me habían declarado la guerra y se habían alzado contra nuestra fe. (45)
Sin embargo, no logró que cambiaran de opinión. Ante la pasividad de las autoridades turcas, que no podían o no querían intervenir, empezaron los ataques a las zonas cristianas, y muchos fueron asesinados. El emir y su pequeño grupo de seguidores magrebíes buscaron a los aterrorizados cristianos y les ofrecieron refugio. Al conocer esta noticia, en la mañana del 10 de julio, una muchedumbre encolerizada se dirigió hasta la casa, exigiéndole que no protegiera a los cristianos. Solo, el emir salió y, sin miedo, les dijo:
—Hermanos, vuestra conducta es despreciable. Qué bajo habéis caído cuando veo vuestras manos musulmanas manchadas por la sangre de mujeres y niños. ¿Acaso no nos dice Al-láh: «Quien mate a un ser humano es como si hubiera matado a toda la humanidad»? ¿Y no dice también: «No cabe coacción en la religión. La guía recta se distingue claramente del extravío»?
Pero esto sólo enfureció todavía más a la gente allí reunida. Los líderes de esa masa le respondieron: «¡Oh, santo guerrero, no queremos tu opinión. ¿Por qué te inmiscuyes en nuestros asuntos? Tú, que solías combatir a los cristianos, ¿cómo puedes oponerte a que venguemos sus insultos? Infiel, entréganos a los que escondes en tu casa o recibirás el mismo castigo. Te reuniremos con tus hermanos».
Intercambiaron más palabras, donde el emir insistía: «No luché contra los cristianos, sino contra los agresores que se autodenominaban cristianos».
La rabia de la gente aumentaba y, llegados a este punto, el tono del emir cambió, sus ojos se enfurecieron, y le entraron ganas de pelearse por primera vez desde que abandonó Argelia. Lanzó una última advertencia a la gente, diciéndoles que los cristianos eran sus huéspedes, y que mientras uno sólo de sus soldados magrebíes viviera, los cristianos no serían entregados. A continuación, dirigiéndose a sus hombres, les dijo: «Y vosotros, mis magrebíes, que vuestros corazones se alegren, y pongo a Dios por testigo: ¡Lucharemos por una causa sagrada como lo hicimos antes!». Entonces, la muchedumbre se dispersó, atemorizada... (46)
Debemos observar detenidamente las palabras del emir a sus hombres, preparándoles para que dieran su vida en defensa de los cristianos. Les dijo que esta acción de defensa era tan sagrada como la guerra para proteger sus casas y familias de los colonos franceses en Argelia. Uno combate por lo que es justo, no por «nuestros» derechos, ya sea como individuos o como miembros de una familia, tribu o incluso creencia. Los principios de la religión dan prioridad a aquellos que se autodenominan «musulmanes», y estos principios se aplican en cualquier circunstancia, y especialmente cuando esta gente actúa de forma injusta. Su acción, junto al hecho de que pone a Dios por testigo, debe considerarse como una gráfica respuesta al siguiente requerimiento coránico:
¡Oh vosotros que habéis llegado a creer! Sed firmes en establecer la justicia, dando testimonio de la verdad por Dios, aunque sea en contra vuestra o de vuestros padres y parientes. Tanto si la persona es rica o pobre, el derecho de Dios está por encima de los derechos de ambos. No sigáis, pues, vuestros propios deseos, no sea que os apartéis de la justicia. (47)
El emir envió a doscientos de sus hombres a varias zonas de los barrios cristianos para que reunieran al máximo número de cristianos posible. También ofreció cincuenta piastras a quien le trajera un cristiano vivo. Su misión duró cinco días y cinco noches, durante las cuales no durmió ni descansó. Cuando la cantidad ascendió a varios miles, el emir los escoltó hasta la ciudadela de la ciudad. Se calcula que no menos de quince mil cristianos se salvaron gracias a esta acción. Es importante señalar que en esta cantidad se incluían a todos los embajadores y cónsules de las potencias europeas. Como apostilló prosaicamente Charles Henry Churchill, su biógrafo, pocos años después de lo acontecido:
Todos los representantes de las potencias cristianas que residen en Damasco, sin ninguna excepción, le deben la vida. Un destino extraño y poco equitativo... Un árabe ha protegido la atropellada majestad de Europa. Un descendiente del profeta ha amparado y protegido a la esposa de Cristo. (48)
El emir recibió los mayores honores de todas las potencias occidentales. El mismo cónsul francés, representante del Estado que había colonizado la tierra del emir, también se encontraba entre los que salvaron la vida gracias a este gesto. Para el auténtico combatiente islámico, no hay lugar para la rabia, el resentimiento ni la venganza, solamente el deber de proteger al inocente y a todas las «gentes del Libro» que viven pacíficamente en tierras del islam. Es patente el contraste radical entre esta conducta y la de los actuales mujahidin, quienes indiscriminadamente apuntan a Occidente como enemigo, cometiendo acciones ilegítimas. Pero el comportamiento de Abd al-Qadir nada tenía de extraordinario si nos fijamos en la cosmovisión islámica, ejemplificada en el siguiente versículo coránico:
En cuanto a aquellos que no os combaten por causa de vuestra religión, ni os expulsan de vuestros hogares, Dios no os prohíbe que seáis amables y equitativos con ellos. Realmente, Dios ama a quienes son equitativos. (49)
Cuando el obispo de Argelia, Louis Pavy, elogió la actuación del emir, éste le respondió: «Todo el bien que hemos hecho a los cristianos estábamos obligados a hacerlo por fidelidad a la ley islámica y su respeto por los derechos humanos. Todas las criaturas somos familia de Dios, y a quien más quiere Dios es al más beneficioso para su familia». A continuación, añadió el siguiente pasaje, que está claramente arraigado en la universalidad del mensaje coránico y en su «imperativo ontológico» de la compasión. La puesta en práctica de este universalismo y de esta compasión se refleja dramáticamente en el coraje del emir y en su sólida fidelidad a estos principios. No se trata de meras palabras, sino de valores espirituales primordiales por los que, si fuera necesario, se debe estar preparado para realizar el último de los sacrificios:
Todas las religiones traídas por los profetas, de Adán (as) a Muhámmad (sas), se fundamentan en dos principios: la exaltación de Dios y la compasión por sus criaturas. Además de estos dos principios, existen ramificaciones, cuyas divergencias no tienen importancia. Y la ley de Muhámmad es, entre todas las doctrinas, la que la que más respeta y está más vinculada a la compasión y la misericordia. Pero aquellos que creen en la religión de Muhámmad la han desviado. Es por eso que Dios ha dejado que se descarriaran. La recompensa ha sido de la misma naturaleza que su error. (50)
Lo que tenemos aquí es una diagnosis concisa e irrefutable de la actual enfermedad que padece el mundo islámico: desde que la compasión dejó de ser la base, esta gran religión permanece subordinada al odio y al rencor, y la misericordia de Dios ha sido eliminada de aquellos que «se han alejado». Esto está en concordancia con el conocido dicho del profeta: «Aquel que no muestre compasión, no recibirá compasión» (man lam yarham, lam yurham), así como en el siguiente versículo coránico: «En sus corazones hay enfermedad, y por eso Dios deja que aumente su enfermedad» (51). Esta enfermedad, que endurece los corazones, necesita un buen diagnóstico, y si nos guiamos por los grandes combatientes de nuestro reciente pasado, un ingrediente clave del medicamento es la compasión universal.
Es interesante señalar que otro gran combatiente islámico, el Imam Shamil de Daguestán, héroe de las guerras contra el imperialismo ruso (52), escribió una carta al emir Abd al-Qadir cuando tuvo noticias de su defensa de los cristianos. Lo alabó por su noble acción y agradeció a Dios que todavía quedaran musulmanes que se comportasen según el ideal islámico:
Mis oídos quedaron petrificados por lo más detestable de escuchar, algo odioso para la humanidad. Me refiero a los recientes acontecimientos en Damasco sobre cristianos y musulmanes, donde estos últimos decidieron emprender un desvío inaceptable para los seguidores del islam [...], un velo cubrió mi alma.
Me dije a mí mismo: la corrupción ha hecho su aparición en la tierra y en el mar como consecuencia de lo que ha hecho la mano del hombre [Corán 30:41]. Quedé muy sorprendido por la ceguera de los soldados que han cometido este tipo de excesos, olvidando las palabras del Profeta, la paz y las bendiciones con él: «Quien quiera que sea injusto con un tributario (53), quien le haga comportarse incorrectamente, quien lo cargue con algo que no pueda soportar, y quien lo prive de cualquier cosa sin su consentimiento, seré yo mismo quien le acuse en el día del juicio».
¡Ah, qué palabras más hermosas! Pero cuando se me informó que os enfrentasteis a las gentes bajo las alas de la divinidad y la misericordia, que os opusisteis a aquellos que se encarecían a contrariar a Dios, el más grande [...], pedí a Dios que os tenga presentes el día en que de nada les servirán sus riquezas ni sus hijos [Corán 3:10]. En verdad, habéis puesto en práctica las palabras del gran mensajero de Dios, dando fe de la compasión por sus humildes criaturas y habéis alzado una barrera contra aquellos que han rechazado su gran ejemplo. ¡Qué Dios os mantenga alejados de quien quebranta Su ley! (54)
En respuesta a su carta, el emir escribió lo siguiente, donde expresa a la perfección la situación que persiste, incluso en un grado más precario, en nuestros días:
Cuando vemos que sólo unos cuántos siguen la religión real, cuán reducido es el número de defensores de la verdad, cuando vemos cómo los ignorantes imaginan los principios del islam como dificultad, severidad, extravagancia y barbarie, es el momento de repetir estas palabras: «La paciencia es bella y Al-láh es la fuente de toda ayuda» (Sabr jamîl, wa'Llâhu'l-musta'ân) (Corán 12: 18). (55)
Fuente: webislam.com