Nadie sueña a llegar a ser porque cada uno ya es
06 Oct, 2009 - 16:59:42
No sé mi edad: nací en el desierto del Sahara, sin papeles. Nací en un campamento nómada tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Malí. He sido pastor de los camellos, cabras y corderos de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad de Montpellier. Soy musulmán, sin fanatismo.
A los tuareg nos llamaban los hombres azules por la tela que vela nuestro rostro, el índigo destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados. El azul es el color del mundo, el del cielo, el techo de nuestra casa
Tuareg significa “abandonados”, porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso: “Señores del Desierto”, nos llaman. Nuestra etnia es la amazigh (bereber), y nuestro alfabeto, el tifinagh. Somos unos tres millones, pero la población decrece. ¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que existía!
Si estás a solas en el silencio del desierto, oyes el latido de tu propio corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo. A los siete años ya te dejan alejarte del campamento con los rebaños, para lo que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire, escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas. Y a dejarte llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde hay agua.
Todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, ¡y cada una tiene enorme valor! Cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos! En el desierto nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es!
Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Cada día caminaba quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su casa. Entendí: mi madre, muerta durante la sequía, estaba ayudándome.
Mi pasión por la escuela surgió cuando una periodista me regaló El Principito y me habló de él; yo me prometí que un día sería capaz de leerlo... hasta ganar una beca para la universidad en Francia.
Lo que más añoro aquí es la leche de camella. Y el fuego de leña o de boñiga. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas: allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra, como es distinta cada cabra. Aquí, por la noche, miráis la tele.
Aquí tenéis de todo, pero no os basta. ¡En Francia se pasan la vida quejándose! Os encadenáis de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa. En el desierto no hay atascos, porque allí nadie quiere adelantar a nadie.
Me sostiene el recuerdo de que allí, cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde...
Es un momento mágico... Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor... La calma nos invade: los latidos del corazón se acompasan al pot-pot del hervor...
Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo.
Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias
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