11 Sep, 2008 - 10:08:19
Jesús acogÃa a los pecadores y comÃa con ellos, frecuentaba a la gente excluida de la sociedad, perdonaba los pecados… TenÃa unas actitudes que a algunos llenaban de admiración y a otros escandalizaban.
Cuando le preguntan por qué hace estas cosas, responderá que porque ésa es la manera de ser de Dios mismo. Su forma de actuar corresponde a la concepción que tiene de Dios. En las parábolas de la misericordia (Lc 15) nos presenta a Dios como un pastor que, cuando pierde una oveja, se lanza al monte para buscarla y se alegra cuando la encuentra; o como un padre que llora y sufre y espera cuando el hijo se le va de casa, y que prepara un banquete cuando regresa; o como una mujer que busca preocupada la moneda que ha perdido y no para hasta hallarla.
En definitiva, un Dios con entrañas de misericordia, amigo de los hombres. Por eso él va al encuentro de los pecadores y les anuncia la Buena Noticia.
La oración de Jesús no se limita a unos tiempos y a unos espacios concretos, sino que empapa toda su vida. La oración acompaña todas las decisiones y acontecimientos de la vida de Jesús: ora en el Bautismo (Lc 3, 21), antes de elegir a los 12 (Lc 6, 12-13), antes de la confesión de Pedro en Cesarea (Lc 9, 18), en la transfiguración (Lc 9, 28-29), en GetsemanÃ… Está convencido de que la oración es la posibilidad de superar la prueba y la tentación (Mt 26, 41), de librar al hombre del mal (Mc 9, 29).
No sólo ora en los acontecimientos decisivos, sino en todo momento, habitualmente: «se retiraba a lugares solitarios para orar» (Lc 5, 16), «de madrugada…» (Mc 1, 35-37), «lleno de gozo…» (Lc 10, 21); porque tiene la certeza de la cercanÃa de Dios: «Yo no estoy solo, el Padre está conmigo» (Jn 16, 32), «Yo sé muy bien que me escuchas siempre» (Jn 11, 42). Lo mismo enseña a sus discÃpulos: «Es necesario orar siempre, sin desfallecer» (Lc 18, 1).
Ora por los discÃpulos, por Pedro (Lc 22, 32), por los suyos (Jn 17, 11ss), por los que creerán (Jn 17, 20), por el mundo (Jn 17, 21), por los enemigos (Lc 23, 34). Ora en los momentos difÃciles: «de rodillas» (Lc 22, 41), «postrado» (Mt 26, 39), «con lágrimas» (Heb 5, 7), en la Cruz (Mc 15, 34; Lc 23, 45).
En su oración siempre se dirige a Dios como «Padre» (130 veces lo llama asà en los evangelios). Jesús se relaciona con Dios como un niño con su padre, lleno de confianza, al mismo tiempo que siempre dispuesto a la obediencia. La única excepción en su manera de orar es su grito en la Cruz (Mt 27, 46), cuando cita el salmo 22, que comienza diciendo: «Dios mÃo, Dios mÃo, ¿por qué me has abandonado?» y termina manifestando la confianza en Dios que puede librar de la muerte, aunque las apariencias digan lo contrario.
La designación de Dios como Padre (de los justos, del pueblo, del rey…) no es desconocida en Israel ni en otras religiones. Pero Jesús llama continuamente «Abba» (papá) a Dios en la oración, dando a entender una intimidad y confianza inauditas. El Nuevo Testamento se escribió en griego; sin embargo, encontramos la invocación aramea «Abba» en el Evangelio (Mc 14, 36) y en las cartas de Pablo (Rom 8, 15; Gal 4, 6), usada en la oración cristiana como un eco de la plegaria de Jesús. «Abba», para Jesús, más que un tÃtulo, es una experiencia.
Fuente:catolicosdeguate.net