29 Abr, 2008 - 11:01:19
El pueblo de Israel constituyó un solo reino que permaneció unido hasta los días de Roboam, pero cuando éste comenzó a reinar se produjo una división. Al estudiar la historia de esta división, ¿no hallaremos la luz necesaria para comprender cómo se producen las terribles divisiones que fragmentan al pueblo de Dios en nuestros días? ¡Por supuesto que sí!
En primer lugar deberíamos preguntarnos: ¿Cuándo se originó dicha división? Ella tuvo lugar en los días de Roboam, pero para descubrir su origen deberíamos retroceder hasta los días de Salomón. Y algo similar sucede con las divisiones del pueblo de Dios, ya que el verdadero origen de éstas se encuentra muchas veces en un pasado lejano. En el primer libro de los Reyes, capítulo 10, versículos 26 a 29 y en el capítulo 11, hallamos los dos componentes de la raíz de la gran división que se produciría tiempo después en Israel: la falta de fidelidad a Dios y la desobediencia a su Palabra. Para comprender la verdadera causa de este fracaso debemos recordar que la ley de Moisés tenía advertencias muy precisas que todo rey según Dios debía obedecer. Estas instrucciones, que hallamos en Deuteronomio 17: 14-20, indicaban que el rey no tenía que vivir una vida mundana ni debía apartarse de la Palabra de Dios. El rey tampoco debía multiplicar para sí caballos, y no debía incitar al pueblo a retornar a Egipto, porque el Señor había dicho: “No volváis nunca por este camino”. De la misma manera se le advertía que no tuviera muchas esposas ni que multiplicara para sí oro y plata. Además, recibía otra importante instrucción: “Escribirá para sí en un libro una copia de esta ley... y leerá en él todos los días de su vida, para que aprenda a temer a Jehová su Dios, para guardar todas las palabras de esta ley”.
Al leer los capítulos 10 y 11 del primer libro de los Reyes, observamos que el rey Salomón violó cada una de estas ordenanzas. Él multiplicó sus caballos; dio ocasión a que el pueblo regresara a Egipto; multiplicó esposas para sí mismo y acrecentó grandemente su fortuna en oro y plata. Y si bien mucho se ha escrito acerca de las riquezas, sabiduría y magnificencia de Salomón, no hallamos ningún texto que diga que él haya leído dicha ley. Por todo esto, el Señor tuvo que decirle: “No has guardado mi pacto y mis estatutos que yo te mandé” (1.º Reyes 11: 11).
La mundanalidad no juzgada que impide una sincera devoción a Dios, y la desobediencia a su Palabra constituyen la raíz de la división que se produjo en Israel y, por qué no, la de todas las divisiones que se producen en el pueblo de Dios.
A causa de todas esas cosas, Dios le dice a Salomón que su reino será dividido. No obstante, debemos reconocer que dicha división no se produjo sólo por la desobediencia del rey, sino también por la de todo el pueblo. Cuando el profeta Ahías le advierte a Jeroboam que el reino será dividido, él no hace mención del fracaso de Salomón, sino que se refiere únicamente al fracaso del pueblo. Dios anuncia los motivos de la división: “Me han dejado, y han adorado a Astoret... y no han andado en mis caminos para hacer lo recto delante de mis ojos, y mis estatutos y mis decretos” (1.º Reyes 11: 31-33).
Aquí encontramos mencionadas otra vez las mismas causas que originaron la división: una vida mundana que lleva a adorar a otros dioses y la desobediencia a la Palabra de Dios; pero esta vez la acusación recae sobre el pueblo. Por grandes que fueran la locura y el fracaso de los líderes, no se produciría una división en un pueblo cuyo estado espiritual fuera bueno. “Por cuanto ha habido esto en ti” (v. 11) es la acusación individual para el líder; “Me han dejado” (v. 33) indica la baja condición espiritual del pueblo, que no depende del fracaso del líder.
Luego de considerar el origen de la división, meditemos cómo ésta se produjo en la práctica. El relato lo hallamos en 1.º Reyes 12 y 2.º Crónicas 10. Luego de la muerte del rey Salomón lo sucedió en el trono su hijo Roboam. Inmediatamente se desató una crisis. Durante los años precedentes el pueblo había vivido bajo una mano dura y soportando una dolorosa servidumbre; ahora, gran parte de este pueblo se levantaba para protestar. ¿Cómo actuó este nuevo líder? Los ancianos del pueblo, ricos en experiencia, le aconsejaron a Roboam lo siguiente: “Si tú fueres hoy siervo de este pueblo y lo sirvieres, y respondiéndoles buenas palabras les hablares, ellos te servirán para siempre” (2.º Crónicas 12:7). ¿No nos hace pensar en Romanos 15: 1-4? El primer versículo nos enseña que debemos “soportar las flaquezas de los débiles” antes que poner sobre ellos un doloroso yugo; los versículos 2 y 3 nos enseñan que tenemos que “agradar al prójimo en lo que es bueno, para edificación” en vez de agradarnos a nosotros mismos; y en el versículo 4 hallamos las buenas palabras que nos dan “consolación” y “esperanza”.
Tal fue la advertencia espiritual de los ancianos. Muy diferente fue el consejo carnal dado por los “hombres jóvenes”. Ellos le aconsejaron a Roboam que mantuviera una línea de conducta rigurosa, altamente recomendable desde el punto de vista carnal, porque supuestamente esto mantendría en alto la autoridad y la majestad real. Lamentablemente, ¡Roboam siguió estos consejos carnales! Él asumió una actitud dominante e irracional, amenazando a los manifestantes con una disciplina extrema y violenta (1.º Reyes 12: 12-15). La violencia del rey es contestada con la violencia del pueblo; un oficial del rey es apedreado, y, como resultado final, se produce la división (1.º Reyes 12: 16-19).
Sin embargo, si considerásemos que la división se produjo únicamente por la locura de Roboam, perderíamos de vista el pensamiento de Dios. El pueblo de aquel entonces, al considerar todos los hechos que tenían ante sí, podía llegar a la conclusión de que la división era producto de la locura de Roboam. Este pueblo podía argüir: «Si Roboam no hubiera tomado una actitud tan dominante e irracional, si no hubiera intentado subyugarnos, no se hubiera producido la división.» No obstante, este argumento que a la mente carnal le puede parecer razonable, es totalmente falso. Es cierto que la locura de Roboam fue la causa inmediata de la división, pero la palabra de Dios que anunció el juicio había sido pronunciada mucho antes que las violentas palabras del rey, y la poderosa mano de Dios dispuesta a ejecutar su disciplina estaba detrás de la débil mano del monarca. El santo gobierno de Dios había rasgado el reino; y detrás de la pobre condición espiritual del pueblo estaba la disciplina de Dios.
La división se produjo, y a partir de este hecho la historia de Roboam será para nosotros muy instructiva; nos enseñará a no caer en ciertas trampas y cómo debemos comportarnos ante las divisiones que se producen en el pueblo de Dios.
Roboam comenzó a trabajar de inmediato para unir nuevamente a todo el pueblo de Dios; y para lograr su propósito, decidió utilizar un método muy adecuado para esa época: reunió un gran ejército. Sin dudas, esta idea de unir otra vez al pueblo estaba en concordancia con los pensamientos de Dios. Cuando este pueblo había comenzado a andar en los caminos de Dios estaba unido, y lo estará en el futuro según las palabras del profeta: “Y los haré una nación en la tierra, en los montes de Israel, y un rey será a todos ellos por rey; y nunca más serán dos naciones, ni nunca más serán divididos en dos reinos” (Ezequiel 37:22). Esto parecería justificar los esfuerzos de Roboam para terminar con la división y unir otra vez al pueblo de Dios.
Sin embargo, Roboam y todo Israel tenían que aprender que, a pesar de la división, los integrantes de las diez tribus seguían siendo sus hermanos, y que no debían “ir y pelear contra ellos”. Semaías, varón de Dios, anunció a Roboam que debían desistir de atacar a sus hermanos porque Dios había dicho: “Esto lo he hecho yo”. Dios había rechazado a Salomón por su mundanalidad y su desobediencia a la Palabra de Dios, y le dijo: “Por cuanto ha habido esto en ti ... romperé de ti el reino”. El fracaso de Roboam en su intento de unir al pueblo se convirtió en una situación propicia para que Dios le aclarara el porqué de la división: “Esto lo he hecho yo”. Tratar de deshacer las cosas malas que había hecho Salomón podía ser una intención correcta, pero ignorar los actos gubernamentales de Dios ciertamente era un serio error (véase 1.º Reyes 11:11 y 2.º Crónicas 11:4). Roboam y sus compañeros tenían que aprender, como también nosotros tenemos que aprender en medio de las divisiones que nuestra locura ha provocado, que el gobierno de Dios no puede tomarse a la ligera.
Roboam y las dos tribus mostraron una gran sabiduría al desistir de sus esfuerzos, según lo que está escrito de ellos: “Oyeron la palabra de Jehová, y se volvieron” (2.º Crónicas 11:4). Aceptaron la humillación y la tristeza que causaba la división y se inclinaron bajo la mano disciplinaria del Señor.
A partir de entonces Roboam permaneció dentro de la limitada esfera que imponía la división; leemos que “habitó Roboam en Jerusalén”. ¿Significaba esto que él se entregaba a una vida despreocupada e inactiva? ¿Ya no le concernían los intereses del pueblo de Dios? Por el contrario, leemos que él comenzó a desempeñarse como edificador: “Edificó ciudades para fortificar a Judá” (2.º Crónicas 11: 5-10). Como diríamos en nuestros días, él «resguardó las cosas que quedaban». Además, se encargó de que no faltaran “provisiones, vino y aceite” (v. 11). Es decir, se ocupó de que el pueblo de Dios tuviera alimento.
¿Cuál fue el resultado de este accionar? Judá se convirtió en un refugio para todo el pueblo de Dios. Leemos que “los sacerdotes y levitas que estaban en todo Israel, se juntaron a él desde todos los lugares donde vivían”, y “acudieron también de todas las tribus de Israel los que habían puesto su corazón en buscar a Jehová Dios de Israel”; “Así fortalecieron el reino de Judá” (versículos 13, 16 y 17). Esta prosperidad continuó durante tres años, pero, ¡Roboam olvidó la ley del Señor, y el desastre sobrevino rápidamente! (2.º Crónicas 12:1). Si él hubiera persistido en la obediencia, ¡cuánta prosperidad más hubiera disfrutado! ¿No es ésta una seria advertencia para nosotros que en estos días sufrimos tantas divisiones en el pueblo de Dios? Muchos esfuerzos realizados para terminar con las divisiones, a menudo terminaron provocando más confusión. ¿No deberíamos ser sabios y reconocer el gobierno que Dios ejerce sobre nuestras vidas, inclinándonos bajo la disciplina de Dios y cargando con la tristeza y el oprobio de la división? ¿No tendríamos que permanecer en el terreno de Dios, obedientes a la Palabra, buscando fortalecer las cosas que quedan, y alimentando al pueblo de Dios? ¿No deberíamos hacer todas estas cosas con devoción y fidelidad a Dios para que la gente angustiada del pueblo de Dios venga desde todas partes a encontrar refugio?
Fuente: biblecentre.org
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