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Espiritualidad > Oraciones  

La oración: una mirada de amor
24 Nov, 2010 - 15:26:01
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«El hombre es mirada, el resto no es más que carne; mas la mirada verdadera es la de aquel que ve al Amigo; funde tu cuerpo entero en tu mirada; ve hacia la visión, ve hacia la visión, ve hacia la visión»...

      

«El hombre es mirada, el resto no es más que carne;
mas la mirada verdadera es la de aquel que ve al Amigo;
funde tu cuerpo entero en tu mirada;
ve hacia la visión, ve hacia la visión, ve hacia la visión»

Jalaluddin Rumi
 
Siempre se ha definido la oración como un "hablar con Dios". El uso de la palabra supone utilizar pensamientos y emociones, la creación de ondas mentales, aunque sean de naturaleza elevada. Esta vía devocional es particularmente empleada en las religiones teístas que consideran a Dios bajo forma personal. El abandono del ego al que lleva la sumisión a Dios, sin embargo, hace que sus efectos sean los mismos que los del silencio mental de la meditación, en lo que se refiere a su eficacia para la liberación.

«La indagación del Yo disuelve al ego buscándolo y hallándolo como inexistente, mientras que la devoción lo somete; por tanto, llegan a la misma meta libre del ego, que es todo lo que se requiere. La sumisión verdadera es el amor a Dios por el amor mismo, y nos lleva a renunciar a todo sentido de “yo” y “ mío”, diciendo todo el tiempo: “No yo, sino Tú, oh Señor”» (Ramana Maharshi).

Los místicos con frecuencia exponen su punto de vista sobre la metodología del itinerario hacia Dios, especialmente del camino interior de la oración, sistematizándola en clases, analizando sus distintas fases, explicando distintas técnicas... Las coincidencias son también bastante notables a este respecto.

En lo que respecta al «camino interior», la «vía mística» se subdivide en tres etapas, básicamente coincidentes en todas las tradiciones, a pesar de la distinta terminología empleada para nombrarlas. Son las tres fases «clásicas» de la mística cristiana: vía purgativa, vía iluminativa, vía unitiva. La divergencia fundamental estriba en el método: mientras que la mística oriental se basa en la meditación, entendida como una actividad espiritual que busca el silenciamiento mental a través de un método preciso, de una disciplina sistematizada (sádhana en la terminología hindú), la occidental se focaliza en la oración, que usa la apoyatura de las palabras, al menos en sus primeras etapas.

Los tratadistas cristianos que se ocupan del tema suelen distinguir varias clases de oración: oración vocal, que se repite con los labios; oración mental, que consiste en una meditación reflexiva sobre el contenido del texto con el que se pretende orar; oración del corazón, que es la que provoca sentimientos hacia Dios, «inflamando» nuestra afectividad; oración espiritual o «contemplación pura», que nos lleva a una experiencia íntima de Dios, silenciando las facultades humanas, poniéndonos en la pura y desnuda presencia de Dios, en la noche oscura de la fe, dirigiendo una «pura mirada de amor» a esa «nube del no saber» en la que el alma anonadada entra en comunión con Dios.

Realmente, más que clases distintas de oración, se trata de etapas sucesivas, graduadas desde la más sencilla hasta la más profunda, etapas que se atraviesan en todo proceso de oración. Santa Teresa habla de cuatro grados: meditación, contemplación imperfecta, oración de alabanza unitiva, y contemplación perfec­ta.

Nace aquí una diferencia importante entre oración y contemplación: en la oración hay un esfuerzo personal, un uso de las facultades humanas, una actividad de la mente, una apoyatura en palabras, imaginaciones y conceptos; en la contemplación, sólo queda una «pura mirada de amor» (san Buenaventura de Bagnoreggio), una «atención amorosa a Dios» (san Juan de la Cruz), un «encuentro con el Esposo» (santa Teresa de Jesús). Es un paso superior a la oración, una profundización de ella, en la que se produce la fase «unitiva» de la mística cristiana.

Etimológicamente, el término «contemplación» significa observar el cielo. Su origen proviene de la antigüedad, cuando el vaticinador contemplaba un espacio circunscrito del cielo para hacer sus predicciones, espacio que en origen era la parte superior del templo. Por consiguiente, «contemplar» tenía originariamente un significado cósmico: el hombre no es sólo ministro de la divinidad, sino que forma parte integrante del templo (cum-templo), se une al Dios del cual revive el misterio. Sucesivamente, el término asume una connotación cada vez más acentuada de comunión con la divinidad y el universo, y de ahí su utilización por la mística, especialmente la cristiana.

Para llegar a esa comunión, los místicos cristianos preconizan diversos métodos, de los cuales el más «clásico» es el método benedictino, que consta de cuatro fases: lectio (lectura pausada del texto, dejándose penetrar por su contenido); meditatio (reflexión intelectual sobre los contenidos del texto, especialmente de aquellas palabras o frases que más parezcan interpelarnos); oratio (partiendo de los conocimientos y vivencias adquiridos en la meditación, el orante se dirige a Dios con palabras, abriendo su corazón, movilizando sus senti­mientos, tratando de «inflamar» el corazón de amor a Dios); contemplatio (silencio de alma y mente, en el cual nos abandona­mos pasivamente al amor de Dios, dejándonos absorber por Él).

La verdadera oración es, pues, la que lleva a la contemplación: la palabra debe llevar-nos al silencio; de la mente debemos descender al corazón. Transcribimos a continuación algunos textos de místicos cristianos donde se describe el fenómeno contemplativo:

«De la oración nace la contemplación que interrumpe lo que dicen los labios. El hombre está entonces en éxtasis..., los movimientos de la lengua y del corazón en la oración son como llamas; lo que viene después es la entrada al lugar del tesoro. Que se callen la boca, la lengua, el corazón que recoge los pensamientos, el espíritu que gobierna el sentido y el trabajo de la meditación... Que cese su actividad, pues ha llegado el dueño de la casa...» (Isaac el Sirio).

«El estilo que han de tener en esta del sentido es que no se den nada por el discurso y la meditación, pues ya no es tiempo de eso, sino que dejen estar el alma en sosiego y quietud, aunque les parezca claro que no hacen nada y que pierden el tiempo... Sólo lo que aquí han de hacer es dejar el alma libre y desembarazada y descansada de todas las noticias y pensamientos, contentándose sólo con la advertencia amorosa y sosegada en Dios, y estar con cuidado y sin eficacia y sin gana de gustarle o de sentirle; porque todas estas pretensiones desquietan y distraen al alma de la sosegada quietud y ocio suave de contemplación que aquí se da» (san Juan de la Cruz).

«Trata, pues, en tu intento de practicar la contemplación, de dejar atrás los sentidos y las operaciones del intelecto, y lánzate a lo desconocido, hacia la unión con Aquel que está por encima de todas las cosas y de todo conocimiento. Sólo por una incesante y absoluta negación de ti mismo y de todas las cosas en pureza, abandonando todo y liberándote de todo, serás transportado al rayo de la divina oscuridad que supera todo ser» (Pseudo-Dionisio el Areopa­gita).

«¿Quieres conocer cómo debes unir tu mente a Dios? Escucha. Cuando ores, recógete y entra con tu Amado en la celda de tu corazón para quedar allí sola con Él solo, olvidando todo, y con todo el corazón, con toda la mente, con todo el afecto, con todo el deseo, con toda devoción elevados sobre ti. Persiste en esta entrega afectiva para ascender, hasta entrar en el lugar del tabernáculo maravilloso, hasta la casa de Dios y allí, apenas hayas visto con la mirada del corazón a tu Amado y gustado cuán suave es el Señor y lo grande que es la plenitud de su dulzura, échate en sus brazos, llénalo de besos con los labios de la devoción interior» (san Buenaventura de Bagnoreggio).

La frontera entre la oración y la contemplación la marca, como vemos en estos textos, la entrada en el silencio y la quietud. Es lo que los antiguos Padres llamaban hesyquia.

Para conse­guir esta «sosegada quietud», pasando de las palabras y el discur­so a la «música callada», proponemos utilizar con las oraciones de este libro el «método benedictino», pero con algunas variantes, encaminadas a facilitar la transición desde la actividad orante a la contemplativa: En primer lugar, es importante aquietar los niveles físico, emotivo y mental con algunas prácti­cas de relajación y distensión, ya que la tensión provoca distracciones y dispersiones en nuestra mente y nuestro corazón.

En segundo lugar, aconsejamos practicar una técnica «clásica», la de la «jaculatoria» (de jaccio, que significa «lanzar»), consistente en seleccionar alguna palabra o frase del texto que nos haya impactado, que haya activado nuestro corazón, nuestra «mirada amorosa», y repetirla durante un tiempo de forma tranquila y pausada, a la vez que nos dejamos impregnar por su contenido, sin pensar nada, sino más bien dejando descender esa palabra o palabras hasta el fondo de nuestro ser. El método quedaría entonces de la siguiente forma: relajación - lectura del texto - jaculatoria - oración - contemplación.

Fuente: webislam.com


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