Integrismo y fundamentalismo musulmán no son corrientes islámicas, sino deformaciones en el ejercicio de la fe y en otros estereotipos propagandísticos utilizados con fines políticos.
Del mismo modo que existe una historia occidental anterior a Jesucristo, las civilizaciones en el Medio Oriente, Persia y África del Norte son preislámicas; también las naciones y las culturas en China, Japón y la India existieron antes del taoísmo, el confucianismo, el budismo, el hinduismo y el shintoísmo.
A partir de cierto momento la andadura civilizatoria de todos los pueblos ha sido acompañada, respaldada y también obstaculizada por grandes religiones.
En las edades tempranas de la humanidad, el poder y la autoridad se asociaron a prácticas, ritos y símbolos de carácter mágico/religiosos; no obstante, al llegar a ciertos rangos, la fe y las instituciones religiosas se elevaron por sobre lo temporal para asumir un liderazgo exclusivamente espiritual.
Debido a que en toda obra humana están presentes luces y sombras, esplendor y decadencia, las diversas expresiones de la cultura deben ser apreciadas en conjunto. Entre otros componentes el cristianismo se forma con el mensaje y la palabra de Jesucristo, con el martirologio de los primeros cristianos a manos de los ocupantes romanos, aunque también con la Inquisición. En los estudios históricos, lo importante emerge del examen de los grandes períodos, del todo y no de las partes por separado.
Mediante procesos culturales asociados a la espiritualidad, a la evolución de la conciencia jurídica y al perfeccionamiento de las instituciones de poder y participación ciudadana; no sólo en occidente sino también en otros lugares como China, Japón y la India, los estados y las iglesias acordaron separarse y asumir la máxima:”Al Cesar los que es del César…”; lo cual no significó la abdicación de la fe, sino su afirmación en una dimensión más decisiva que el poder temporal. Liberada de atributos mundanos, la fe ocupó enormes espacios y se afianzó como factor de cohesión e incluso como doctrina social.
Por no ser la excepción que ninguna manifestación religiosa puede reclamar, el Islam debe ser considerado en la integralidad que hacen de él un componente esencial de la cultura humana, especialmente la forjada por los pueblos del Medio Oriente y África del Norte, aunque con enfoques y matices específicos, en los mismos escenarios donde nació el cristianismo y el judaísmo.
La idea de que el Islam es una degeneración de la mente humana, primitiva, violenta, cerrada y excluyente es una interpretación torcida de una fe observada por mil millones de fieles en todo el planeta y que cuenta con los atributos que hacen de ella un patrimonio universal, incluso para quienes profesan otras creencias.
Según un punto de vista personal, la actual situación del Islam, así como de otras manifestaciones culturales, incluso del desarrollo económico, social, científico y tecnológico en el Medio Oriente, concurren infaustas circunstancias asociadas a las agresiones de que fueron objeto esos pueblos mediante las Cruzadas, el yugo otomano, el colonialismo europeo, la dominación imperialista y el gobierno de oligarquías y líderes pseudo revolucionarios que durante siglos persiguieron al Islam o lo manipularon con fines de opresión política.
Apreciados en su conjunto, tales procesos que suman alrededor de mil quinientos años, provocaron un retraso en la andadura civilizatoria de los pueblos del Medio Oriente, en lo que a construcción del sistema político y el Estado de Derecho se refiere. La guerra y la opresión; así como la defensa de lo autóctono, impidieron que a su debido tiempo la fe y el poder político se separaran y las instituciones estatales adoptaran el laicismo.
Aunque de modo esquemático, esos eventos explican que en el siglo XXI, todavía en las sociedades del Oriente Medio y África del Norte, la religiosidad tenga un excesivo protagonismo político, fenómeno que ninguna imposición puede resolver, sino que evolucionará con el progreso social y político para lo cual es vital encontrar canales de participación popular e instalar algún tipo de democracia.
No obstante la riqueza de este debate, es prioritario establecer que los llamados “integrismo y fundamentalismo musulmán”, no son corrientes islámicas, sino en unos casos constituyen deformaciones en el ejercicio de la fe y en otros estereotipos propagandísticos utilizados con fines políticos.
Es evidente que han existido y existen terroristas de origen árabe y fe musulmana, lo cual no significa que esa confesión religiosa sea terrorista. El hecho de que millones de nazis dijeran ser piadosos cristianos, no hace fascista al catolicismo ni al cristianismo.
El desempeño del islam como el de otras religiones se comprende mejor al ubicarlo en tiempo y espacio y al examinarlo sin prejuicios ni intenciones discriminatorias o manipuladoras. Ninguna religión es opio, como tampoco el Islam es C-4.
Para aquellos que quieran acompañarme, a echar una mirada sobre lo distinto, luego les contaré la anécdota del Islam en España. Allá nos vemos.
Fuente: webislam.com