Fuiste acompañando a tu familia hasta el centro comercial. Hacía mucho tiempo que no ibas a la ciudad. Mientras ellas entraron para hacer algunas compras tú te quedaste fuera con tu hijo, el más pequeño. Había un parque inmenso, una especie de avenida sin árboles, sólo césped, algunos columpios solitarios y unos bancos de hierro helado.
La inmensidad de aquel espacio vacío, desierto, en medio de los automóviles que circulaban por todos sus lados te produjo una honda impresión. Tu hijo, que nada sabía de las ciudades, se entretuvo en un tobogán durante un buen rato mientras tú lo observabas desde un banco helado. Solo, en medio de aquella vastedad ignorada, su imagen te provocó un vértigo emocional que no podías asumir.
Miraste al cielo ¿Recuerdas? Era mayo y las nubes cruzaban presurosas aquella tarde. Hacía un frío impropio de la estación y la luz nada tenía que ver con la de aquellas primaveras que disfrutaste un día. Sentiste entonces, aún con mayor claridad, casi con certeza, que el tiempo que había cruzado tu vida había desaparecido para siempre. ¡Ay Hisham! ¿Recuerdas cuánta verdad había en aquella mirada de tu hijo? ¿Cuántas preguntas apretándose en los ojos inéditos de aquel niño feliz?
Más tarde, cuando los dos entrásteis a tomar un helado al centro comercial te fijaste en una familia que estaba sentada en la mesa de al lado. Difícilmente olvidarás la expresión de aquel padre que no sabía adonde mirar y cuyos ojos saltaban de un rincón a otro mientras sus labios trataban inútilmente de conjurar un gesto de dolor. Como tampoco podrás olvidar ya la mirada del hijo como un eco indoloro y reciente de toda aquella búsqueda infructuosa. Tu hijo paladeaba con gusto su helado de vainilla mientras tú tragabas con parsimonia un amargo café, sin perderte un solo detalle, sin olvidar ninguna señal…
Ahora te es indiferente estar o no perdido, ahora mismo te basta con ser lo que eres, con ser quien eres, y no necesitas ninguna palabra ¿Será eso la trascendencia? ¿Será eso, tal vez, la sabiduría, el secreto escondido que tanto habías buscado?
Tu hijo no prestaba atención, no le interesaba la escritura. Trazaba desganado las letras como si las líneas que surgían entremedias no quisieran expresar nada. La escuela había supuesto una ruptura del mundo de libertad que había disfrutado hasta entonces. La maestra se quejaba de que no le hacía caso, de que se quedaba absorto, mirando los pájaros a través de la ventana.
Ella no podía darse cuenta de que tu hijo se sentía como un pájaro dentro de una jaula, un pájaro acostumbrado a volar y a correr, a subirse a los árboles y a mirar las hormigas y los insectos diminutos, a observar el crecimiento de las plantas y a sentir la humedad de la tierra… La pared y el cristal no estaban vivos, no podían ofrecerle una respuesta a su necesidad de vivir…
¿Quién se escondía tras ese grito tuyo, que tampoco era tuyo? Imposible saber quién me llamaba entonces, qué señalaba aquel sonido duro y tan violento.
¿Recuerdas aquellos ojos que miraban ansiosos sin encontrar reposo? Acariciaban la superficie de los objetos y se entregan a extensas divagaciones en un paisaje que una vez y otra te ofrecía la imagen inevitable, el recuerdo persistente de lo que no podías o no querías nombrar.
Y ahora, en cambio, ves el resultado de una vida que no te pertenece, confrontado a la visión de un mundo que te revela, al mismo tiempo, su eternidad y su finitud, anclado en una pobreza radical de sueños y proyectos, naufragado en la realidad, pero ¿No era eso precisamente, la realidad, aquello que siempre habías buscado? ¿No era la paz, no era este vacío lo que incansablemente perseguías?
¿El mundo? El mundo te revela similitudes y diferencias, analogías y particularidades. No te permite localizarlo ni localizarte y ya sólo te queda la orientación interior, la guía del corazón espiritual, la conciencia más pura que, como un regalo, siempre estuvo a salvo de cualquier avatar.
Ahora comprendes fácilmente que todos los acontecimientos de tu existencia fueron escritos mucho antes de que naciera la conciencia de ti, que esa conciencia de ti ha ido borrando lentamente tu memoria, tornándola opaca, reduciendo progresivamente sus horizontes y que lo seguirá haciendo mientras te identifiques con ese personaje que pretendió existir —sin ningún éxito— y que ahora aparece desenmascarado en el desierto de tu soledad sincera y radical.
Tal vez por esa sinceridad y esa radicalidad ya no sientes ninguna pena, ni hay nadie que recoja los jirones de la tristeza en los valles de la depresión interior. Quizás por eso puedes ahora amar más profundamente, sentir una compasión universal hacia todo aquello que se asoma a tu conciencia, hacia los seres y hacia las cosas, hacia las palabras e incluso hacia los recuerdos, con la certeza de que nada de ello te pertenece, de que nada escapa al decreto de tu creación, ni al de tu muerte ni al de tu resurrección…
Fuente: webislam.com