Numerosas investigaciones, no solo en el campo de las artes plásticas, sino de la literatura y de las artes populares, coinciden en afirmar que el barroco es el estilo que mejor expresa nuestra identidad.
Somos barrocos por temperamento –dicen-, la naturaleza americana es barroca: selvas densas, volcanes, ríos que se desbordan, fauna y flora exuberantes, catástrofes cíclicas, etc. Además, en nuestro espíritu se funden dos grandes tradiciones barrocas: la maya y la española.
Las figuras barrocas se caracterizan, plásticamente, por su dinamismo. Mientras las esculturas manieristas son alargadas y estáticas, las barrocas parecen volar. Los pliegues de las vestiduras ma-
nieristas son finas y lineales -sugieren reposo-; los pliegues barrocos se retuercen en el viento, buscan la redondez, parecen surgir desde el centro de la imagen hacia fuera.
Otra característica notable del barroco es la emoción, el patetismo, la gesticulación, que al final del periodo va a caer en la
teatralidad.
El escultor barroco ahonda en la madera, creando juegos de luz y sombra, que hacen más dramático el impacto visual de sus imágenes.
El siglo XVII es el siglo del barroco en Guatemala. La Ciudad de Santiago de Los Caballeros –hoy Antigua Guatemala- es el centro difusor de los cambios estilísticos.
En esta ilustre ciudad van a surgir grandes talleres en los que artistas especializados se dividen el trabajo creador. El escultor entrega imágenes “en blanco”; luego, un maestro pintor hace el “encar-
nado” y mas tarde, otros especialistas hacen el “estofado” y las maravillas del dorado a fuego.
Gracias a la especialización, el resul-
tado final es ese acabado de filigrana en capas y vestiduras, ornamentadas con delicados motivos florales.
En los talleres hay grandes maestros. Oficiales aventajados y aprendices que van en camino de alcanzar renombre.
La evolución de la técnica escultórica ha ido en ascenso, desde la imitación de modelos importadas –de Italia, España y los Países Bajos- hasta el pleno desarrollo de una escuela netamente americana.
Los cambios en el gusto artístico de cada época no son productos del azar ni del capricho. El genio de los grandes artistas interpreta el espíritu de cada siglo. Hay condicionantes históricas, cultu-
rales, económicas, sociales, que van determinando cada cambio.
El barroco madura en Antigua, después que la Ciudad ha sufrido terremotos, destrucciones y traslados. Además, en ese periodo se han consolidado las instituciones coloniales y en lo social ha cobrado
fuerza el mestizaje. El genio indígena deja su huella inconfundible, a la par de la mano experta de los grandes escultores, arquitectos,
pintores, constructores de retablos.
Es imposible mencionar, uno por uno, a los grandes realizadores de la escultura colonial. También es difícil ubicar con precisión sus obras; los terremotos y traslados de la ciudad borraron su ras-
tro luminoso.
Aún está por hacerse un inventario completo, hay grandes lagunas documentales, obras anónimas y otras de difícil adjudicación a tal o cual artista.
No podemos dejar de recordar, sin embargo, a un Antón Rodas –primer artista nativo-, a Quirio Cataño, Alonso de la Paz y Toledo, Mateo de Zúñiga, Pedro de Mendoza, Juan de Chávez. Nombres de grandes artífices de la Guatemala de antaño.
Nos corresponde a nosotros los guatemaltecos, conservar ese rico patrimonio, así como inculcar a las nuevas generaciones un amor y una admiración genuina hacia el mérito de nuestros grandes artistas.
Fuente: Monografía Colonial/ Sonia Marroquín Rojas/DeGuate.com