Cuando nos referimos a ladinos siempre surgen como descriptores los referentes al mestizaje (casi siempre español con indígena), a las características culturales en donde existe una hibridación entre lo europeo y lo americano, el manejo del castellano y el estar representado y favorecido por el Estado.
Aunque durante la Colonia, como ladino se reconocieron a colectividades e individuos de diverso origen y posición fue a partir de tan sólo un grupo específico cuando se construyeron algunas de las características con las que tradicionalmente se ha identificado al ser ladino. Dicho prototipo se estableció fundamentalmente sobre un conjunto de medianos propietarios rurales y comerciantes, dispersos, con movilidad y capital. Sus posesiones generalmente situadas alrededor de los pueblos y cuyo acceso durante el período colonial les fue obstaculizado por la legislación colonial, se vieron revitalizadas con la canalización de la mano de obra gracias al permiso de la re``ublica independiente para que administraran la vida de las comunidades a través de las municipalidades.
Los antecedentes coloniales de esta población son de los españoles que no tuvieron acceso a las estructuras de poder central y al enriquecimiento de las grandes encomiendas y administración de propiedades vinculadas con el producto agrícola de exportación de turno. Sin embargo, tuvieron alguna prosperidad como abastecedores de carne y granos e intermediarios en la movilización de productos dentro del territorio de la provincia de Guatemala, convirtiéndose en elites rurales que se adhirieron al poder administrado de la capital o que manifestaron su posibilidad de independizarse para el siglo XIX. La iniciativa de las elites de los Altos, el movimiento de Oriente protagonizado por los montañeses y dirigido por Carrera, demuestra el surgimiento de regionalismos con planteamientos de autodeterminación o en todo caso de establecer sus propias formas de gobierno.
En cuanto a su origen, tanto en la ciudad de Santiago como en el campo, algunos grupos de familias españolas mantuvieron relaciones endogámicas con otros núcleos familiares de origen similar pero en otros se establecieron enlaces con población de otros orígenes (mestizos, mulatos e indígenas) pero cuyo énfasis estuvo en rememorar su ascendencia española. Es decir, las reivindicaciones ladinas de un origen español y de un intento por mantenerse puro no es un producto de la ficción sino de una práctica social que tuvo sus límites reproductivos. Este tipo de grupos familiares merecen un análisis más profundo para comprender las formas en que sus intereses fueron incorporándose a la dinámica de la sociedad global y al margen de su reconocimiento como españoles y vencedores. Sin embargo, no todos los grupos familiares de origen español que tuvieron derecho a tierras realengas lograron mantener un nivel económico digno de los conquistadores. No sólo fue una cuestión de sangre pretender seguir perteneciendo a la elite. La pertenencia de clase también fue un indicador del reconocimiento social de las colectividades. Del estudio Ladino: una identificación política del siglo XIX, de Isabel Rodas.
Fuente: Sonia Marroquín Rojas/DeGuate.com.