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Los gremios de artesanos en Guatemala

Durante el período colonial el trabajo asalariado en las actividades de manufactura y comercio fue realizado en el marco de los gremios de artesanos o comerciantes. El funcionamiento de estos gremios en la ciudad de Guatemala fue estudiado por...

 
 




Los gremios de artesanos en Guatemala

Publicado el 14 Dic, 2017 - 08:56:46 - Ultima actualización: 15 Dic, 2017 - 17:25:02

Durante el período colonial el trabajo asalariado en las actividades de manufactura y comercio fue realizado en el marco de los gremios de artesanos o comerciantes. El funcionamiento de estos gremios en la ciudad de Guatemala fue estudiado por Héctor Humberto Samayoa Guevara (Samayoa, 1962). Acercamientos posteriores al tema toman como referencia principal la obra de este ilustre historiador.

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Artesanos en Guatemala

Los gremios de artesanos tienen sus orígenes en la Europa medieval. Desde la fundación de la ciudad de Guatemala en 1524 hasta su abolición en 1813 por decreto de las Cortes de Cádiz, la regulación de los gremios estuvo a cargo de los ayuntamientos, quienes emitían las ordenanzas generales y las particulares de cada miembro y, dependiendo del oficio, de otras autoridades, como el Protomedicato en el caso de los boticarios o la Dirección General de la Renta de la Pólvora y Naipes para los salitreros (Samayoa, 1962: 103 y 108).

Las ordenanzas contenían normas relativas a quiénes integraban los gremios, las prerrogativas y obligaciones de sus miembros, la calidad y precio de las obras y productos, formas de contrato, y penas en las que incurrían los contraventores (Chinchilla, 1961:86).

Existieron gremios de herreros, sastres, herradores, carpinteros, zapateros, calceteros, silleros, cuchilleros, espaderos, armeros, coheteros, mercaderes, escultores, pintores, músicos, taberneros, salitreros, carreteros, molineros, albañiles, canteros, boticarios, entre otros (Samayoa, 1962: 25 y 39). Cada gremio era presidido por un cuerpo de alcaldes de oficios y veedores, de número variable, electos por los maestros del mismo. Dicho cuerpo tenía a su cargo velar por el cumplimiento de las respectivas ordenanzas y reglamentos. En algunos gremios las elecciones se realizaban cada año. Competía al cabildo otorgar el reconocimiento legal de la elección de los alcaldes y veedores (Chinchilla, 1961: 86). Hubo excepciones, por ejemplo en el gremio de los plateros, cuyo veedor era el ensayador de la Casa de la Moneda (Samayoa, 1962: 119).

Los alcaldes presidían los gremios y los representaban en los actos oficiales. En algunos gremios eran llamados mayorales o prohombres. En los reglamentos generales de 1798 y 1811 el prohombre es señalado como el primero y principal individuo de cada gremio, por lo que todos los demás miembros debían respetarlo y obedecerlo (Samayoa: 1962: 115 y 116).

Los veedores (que debían ser oficiales examinados del respectivo gremio) estaban obligados a visitar las tiendas y talleres, acompañados del Fiel Ejecutor del Ayuntamiento, cargo que era desempeñado por un regidor del Ayuntamiento, a la vez el encargado de practicar inspecciones periódicas de comercios y talleres, para constatar pesos, medidas y precios. Las visitas debían realizarse sin aviso previo y con la periodicidad que indicaban las ordenanzas de cada gremio (Chinchilla, 1961: 137 y 155; y Samayoa, 1962: 104).

Los gremios tenían un sistema jerárquico, integrado por los aprendices, oficiales y maestros examinados. Las ordenanzas establecían los requisitos para el ingreso al gremio, que comenzaba con el primer peldaño que era el aprendizaje. Este se efectuaba en el taller de un maestro examinado y las condiciones del mismo, en algunos casos, eran prescritas en las ordenanzas del gremio, y su cumplimiento se garantizaba mediante un contrato asentado en escritura pública, suscrito generalmente en presencia del alcalde ordinario de la ciudad (Samayoa: 1962: 125-132).

En los anexos de su estudio, Samayoa (1962: 245 – 254) incluye varios contratos de aprendizaje que ilustran la forma cómo se realizaba dicha actividad. Ningún maestro podía recibir un aprendiz si no era mediante una escritura. En la escritura intervenían el padre o, en su ausencia, la madre del aprendiz y, en caso de orfandad, el alcalde ordinario en su función de protector de menores. El aprendiz no recibía sueldo y pasaba a residir a la casa del maestro, quien se encargaba de su manutención, renunciando los padres a la patria potestad.

El maestro estaba obligado a enseñarle el oficio en “todo su leal saber y entender”, sin “encubrirle cosa alguna”. También se obligaba a enseñarle la doctrina cristiana y, una vez concluido el período de aprendizaje, que variaba entre dos y seis años según el oficio, habilitarlo como oficial y darle un vestido completo de telas del país y, en algunos oficios, las herramientas para ejercerlo. Las ordenanzas no estipulaban edad para iniciar el aprendizaje, pero las registradas en los contratos van desde los 10 a los 20 años.

Si al concluir el período pactado y por culpa o negligencia del maestro, el aprendiz no se hubiera formado en el oficio, aquel estaba obligado a continuar enseñándole, pagándole sueldo de oficial o, a su costa, colocarlo con otro maestro (Samayoa, 1962: 125-127).

Terminado el período de aprendizaje se pasaba a la categoría de oficial. Desde ese momento tenía derecho a devengar un salario, siendo libre de continuar con el maestro o colocarse con otro, teniendo prohibido tener tienda o taller público, así como aprendices y otros oficiales (Samayoa, 1962: 129).

En los reglamentos de 1798 y 1811 se indica, con relación a los oficiales, que estos debían permanecer con el maestro que les hubiera enseñado el oficio, salvo que hubiera causa justa, calificada por el prohombre. También se indicaba que los oficiales que fueran despedidos justificadamente, lo que debía ser aprobado por cinco maestros, no podían ser admitidos por otro del mismo gremio, con lo cual se les condenaba a buscar otro oficio o trabajo (Samayoa, 1962: 339 y 351).

Era frecuente que hubiera talleres ilegales o amparados por licencias provisionales. Se registran casos de oficiales que ejercieron en períodos de hasta 20 años. Los esclavos podían ser oficiales pero no adquirir la maestría. La aspiración de todo oficial era seguramente alcanzarla, pero muchos no lo lograban por el alto costo que esto representaba. Para obtenerla era necesario someterse a un examen, que se solicitaba al Ayuntamiento. Este nombraba a los examinadores, que eran acompañados por el Fiel Ejecutor. Los títulos o cartas de examen tenían validez para todas las ciudades, villas y lugares de la monarquía española, y eran firmados por todos los miembros del cabildo y el escribano mayor del mismo (Samayoa, 1962: 130 y 131).

En noviembre de 1782 el capitán general Martín de Mayorga reglamentó las horas de trabajo de albañiles, peones y carpinteros (indígenas y ladinos) debido a los abusos y fraudes que se cometían. Las horas se controlaron mediante toques de campana del Ayuntamiento: 24 campanazos a las seis de la mañana, excepto el lunes, que se darían a las ocho al principiar la jornada, que se suspendía para el almuerzo y descanso, con 12 campanazos a la una de la tarde. La jornada de la tarde iniciaba a la dos y concluía a las seis, marcados ambos momentos con 12 campanazos. La jornada vespertina del sábado era de dos a cuatro y media. Resultando una jornada semanal de 69.5 horas (Samayoa, 1962: 146).

En los inicios del período colonial el ejercicio de artes y artesanías estuvo exclusivamente a cargo de españoles. Es el caso de los gremios de plateros, que en las ordenanzas aprobadas por el rey en 1776 se indicaba que no podría “poner Obrador el que no fuere Español, y de las calidades que requieren oficios de tanta confianza”, o el de coheteros, en cuyas ordenanzas aprobadas por el Ayuntamiento en 1792, se afirmaba que dicho gremio “ha procurado mantener su lustre, Por lo que no se admitirán a su aprendizaje, los Negros y Zambos ‘españoles’ (Samayoa, 1962 283 y 300).

Pero, en general, de principios del siglo XVIII en adelante, tanto indígenas, como mestizos, negros mulatos, zambos, pardos y demás castas que conformaron la estratificación étnica-cultural, social y económica, fueron admitidos legalmente en los gremios. Esto se debió en parte a que muchos de ellos ejercían los oficios al margen de la organización gremial, especialmente en las provincias y pueblos (Samayoa, 1962: 177 y 178).

Con relación a la participación de mujeres, hubo por una parte gremios integrados exclusivamente por mujeres, como las hiladoras de seda, tejedoras de lana, lino, seda y algodón, confiteras; y otros en los que trabajaban hombres y mujeres, como la fabricación de cigarros, confitería, bordados, zapatería y cerámica. En algunos gremios, como el de coheteros, las viudas continuaban ejerciendo el oficio del esposo, con la categoría de maestras; en el de salitreros, un informe de 1784 reporta seis varones y 11 mujeres ejerciendo el oficio; en el de panaderías un padrón de 1814, indica que de 30 panaderías, 14 eran de propiedad femenina; y ante una queja por el precio de las suelas, se estableció que de cinco tenerías solamente una era propiedad de un hombre; y en dos contratos de aprendizaje para el oficio de tejedor y alfarería aparecen mujeres en calidad de maestras (Samayoa, 1962: 189-191).

Los talleres de artesanos de la ciudad de Santiago se concentraron en los barrios de la periferia, como Candelaria, poblado por “aventajados y diestros oficiales en las artes de albañilería, carpintería y fundición de primorosas piezas fundidas” (Fuentes y Guzmán, 2012: 256), o la famosa Calle Ancha de los Herreros debe su nombre a que allí fueron trasladados los talleres de herrería, debido a las molestias que causaban a los vecinos (Pardo, 1978: 151).

De los pueblos que circundaban la ciudad algunos se especializaron en la producción agrícola, de lo que se derivan sus nombres (San Pedro Las Huertas, Santa Lucía y demás Milpas Altas), y otros en determinados oficios. Así, en Jocotenango, Santa Ana y San Gaspar Vivar predominaban los albañiles, en San Cristóbal El Bajo y El Alto los canteros, en Santa Isabel los carniceros, en Almolonga (actual Ciudad Vieja) y San Gasparlos pulqueros y vinateros (Wagner, 1994: 101 y 102).

En el “Reglamento General de Policía de Artesanos de Guatemala” o Reglamento de Artesanos, emitido por el Ayuntamiento de Guatemala en octubre de 1811, se creó un “fondo de los artesanos”, con fines de previsión social “fondo capaz de sostener el sistema gremial” y constituido por “los que habrán de disfrutarlo” que, aparte de las cajas de comunidad ya mencionadas, constituye el primer antecedente en Guatemala de un fondo previsional. Entre los ingresos señalados para su conformación se fijaban tres pesos que pagaría todo aprendiz al pasar a oficial; nueve pesos que pagaría todo oficial que se examinara para maestro; seis pesos que pagaría todo maestro aprobado para abrir tienda u obrador público; y un real que pagarían los Veedores por cada peso que perciban “por los avalúos públicos y privados que practiquen” (Samayoa, 1962: 353 y 354).

Los artesanos tuvieron en las ciudades coloniales un papel subalterno, de proveedores de bienes y servicios para la élite dominante (los conquistadores y sus descendientes) que las convirtieron en el lugar donde, además de asentarse los representantes del poder real, disfrutaban los beneficios de la conquista. Los ayuntamientos cumplieron una importante función en ese proceso. En el ámbito económico situaron a los españoles, criollos pobres y mestizos, en un plano superior al indígena, pero inferior a los grupos dominantes.

Por ello, según afirma Martínez (1994: 307) los artesanos se convirtieron en una clase proveedora, y su organización gremial no respondía a sus intereses sino que a la necesidad de mantenerlo controlados en esa condición. Agrega que sus miembros estaban divididos por los diferentes papeles que desempeñaban. “El aprendizaje era una forma de explotación de adolescentes, movida por la necesidad de los maestros con contar con alguien que les ayudase y por la necesidad que tenían los jóvenes de aprender un oficio”. De esa cuenta, el aprendizaje y la oficialía de las que, como se ha visto, era muy difícil pasar a la maestría, eran “formas de explotación que se daban entre los artesanos y que naturalmente rompían su unidad de grupo”. El aprendiz era prácticamente un sirviente y toleraba esa condición durante unos años, para pasar a una explotación asalariada de muchos años más, trabajando con el objetivo, no siempre logrado, de convertirse en maestros (Martínez, 1994: 309 y 310).

Publicado por: Pablo Ordoñez

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