En el siglo XVIII, el primer terremoto de importancia en Santiago se registró en 1717. Además de la ruina de los edificios, los habitantes huyeron como resultado de una serie de rumores y patrañas que corrieron entre la población, y que hicieron creer a los vecinos que la ciudad se hundirÃa y se convertirÃa en una laguna.
MartÃn de Mayorga hizo su entrada en la ciudad de Santiago precedido por malos presagios: esa tarde se sintieron fuertes temblores y el Real Palacio sufrió algunos daños. Desde dÃas antes de su llegada un fuerte temporal azotaba la ciudad y pueblos del valle, y el RÃo Pensativo se habÃa desbordado e inundado el oriente y el centro de la capital.
El 29 de julio a las tres de la tarde se sintió un temblor que hizo salir de sus casas a los vecinos, circunstancia providencial porque a los pocos minutos sobrevino el gran terremoto, seguido por continuos temblores y fuertes lluvias que duraron toda la noche.
El 2 y el 4 de agosto se celebraron unas `juntas generales' presididas por MartÃn de Mayorga y compuestas por los oidores, miembros del Ayuntamiento, oficiales reales, el Arzobispo, algunos miembros del Cabildo Eclesiástico y los prelados de las órdenes religiosas.
En ellas se acordó informar al Rey de la destrucción de la ciudad y de la urgente necesidad de trasladarla a otro paraje que no estuviera tan inmediato a los volcanes, con los cuales se vinculaban los repetidos temblores. La mayorÃa de los presentes se inclinó por el traslado provisional a La Ermita, a la espera de la decisión del Rey y del Consejo de Indias, aunque hubo ya algunos que se opusieron a la mencionada traslación por considerarla muy costosa.
En otra junta general, celebrada el dia 9 de agosto, se acordó nombrar comisiones que estudiaran los valles de Jalapa y de La Ermita, para decidir cuál podrÃa resultar más conveniente como posible asiento de la nueva ciudad. A los miembros de estas comisiones se les entregaron instrucciones sobre la forma de llevar a cabo los reconocimientos y los diversos aspectos que debÃan considerar. Estas instrucciones reflejaban lo estipulado en la Recopilación de las Leyes de Indias sobre fundación de ciudades, que a su vez se recogÃan las Ordenanzas de Población de 1573 dictadas por Felipe II.
El 12 de agosto marcharon al establecimiento provisional de La Ermita los miembros de la junta de la Real Hacienda, custodiando parte del dinero de las Cajas Reales. El paso de los dÃas fue calmando los ánimos y a fines de agosto muchos de los que al principio estuvieron de acuerdo en abandonar la ciudad cambiaron de parecer ante las dificultades e incomodidades que ello implicaba. El encarecimiento del transporte y de la mano de obra, la escasez de madera y de otros materiales de construcción, asà como de operarios, disuadió a algunos de los partidarios del traslado. Los vecinos que en los dÃas inmediatos al terremoto se habÃan marchado a Villa Nueva, Petapa, Mixco y otros lugares, para ponerse a salvo de los continuos temblores, regresaron poco a poco a la capital y comenzaron a reparar sus casas. Sin el empecinamiento del Presidente Mayorga, es posible que la idea del traslado hubiera quedado olvidada como en ocasiones anteriores. Pero dicho alto funcionario salió de Santiago el dÃa 6 de septiembre para establecerse en La Ermita. Dejó en la ciudad a 130 hombres de milicia.
El 13 de diciembre se sintieron en Santiago dos nuevos temblores, que cortaron el camino hacia La Ermita, arruinaron varios de los hornos construidos desde julio y dislocaron nuevamente los conductos de agua. Los sismos continuaron en los dÃas sucesivos, con lo cual se fortalecieron los argumentos del grupo partidario del traslado.
Poco a poco se perfilaron dos grupos entre la población de Santiago: los `terronistas', que no querÃan abandonar la ciudad, y los `traslacionistas', partidarios de cambiar el lugar de la capital.
Los principales representantes del lado de los traslacionistas fueron el Presidente Mayorga, los oidores de la Audiencia y otros funcionarios menores llegados de España, además de los vecinos que tenÃan comprometidos sus haberes en censos y otros gravámenes y que con la mudanza esperaban liquidar sus deudas.