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Mi encuentro con el Cadejo

Lo que estoy por relatar es totalmente cierto y me sucedió cuando tenía solo 12 años, durante un viaje con mi familia a Cobán, en el que me encontré cara a cara con el Cadejo.

 

 


Mi encuentro con el Cadejo

Publicado el 04 May, 2015 - 15:07:49 - Ultima actualización: 09 May, 2017 - 22:13:28

Lo que estoy por relatar es totalmente cierto y me sucedió cuando tenía solo 12 años, durante un viaje de turistas con mi familia a Cobán. Lo único que recuerdo de ese viaje es la noche espantosa en la que un calor asfixiante me despertó, para encontrarme con la más espantosa criatura que he visto en mi vida.

Por: Rosco Sievers

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Cuidado: la siguiente historia puede ocasionarte pesadillas o problemas para dormir. Estás advertido.

Me gustaría decirles el nombre del hotel para que no se hospeden ahí si tienen problemas cardíacos. O bien, para que los amantes de lo oculto experimenten en carne propia los escalofriantes sucesos que estoy por relatarles.

¿Sucesos reales o imaginación de niño? No lo sé y quizás nunca lo sepa. Pero para mi fue tan real que aún se me pone la piel de gallina al escribir esta historia.

Tenía solo 12 años y con mi familia fuimos de turistas a Cobán. Qué fuimos a conocer... no lo recuerdo. Lo único que recuerdo de ese viaje es la noche espantosa en la que un calor asfixiante me despertó, para encontrarme con la más espantosa criatura que he visto en mi vida.

Relatos de el Cadejo

Aquél sábado de noviembre de 1987 había llovido la mayor parte del día, lo cual, junto a los tradicionales vientos de fin de año, llevaron al termómetro a unos 13 grados a la hora de acostarnos en un pequeño hotel en la ciudad de Cobán, al norte de Guatemala. Aunque a mí siempre me ha gustado el frío y he sido resistente a las bajas temperaturas, mi mamá insistió en que me pusiera un sudadero, pues el frío se haría más sensible durante la madrugada.

El cuarto del hotel era bastante cómodo, estaba ubicado en el primer nivel y tenía unos 25 metros cuadrados. Al entrar, un baño con regadera quedaba a la izquierda y formaba un pequeño corredor que luego se ampliaba al área principal, con 2 camas matrimoniales colocadas paralelamente, con las cabeceras dando hacia la pared posterior del cuarto. Entre ambas camas, una pequeña mesita de noche con una sola lámpara. Por encima de las camas, un ventanal que daba a alguna calle o avenida de Cobán. No se podía ver la calle, porque el vidrio era opaco. Lo único que se apreciaba eran las sombras de los barrotes de la ventana.

En la cama de la izquierda, dormirían mis papás y en la de la derecha, mi hermanita de 9 años y yo. Las camas tenían gruesos ponchos para proteger a los huéspedes del frío estacional. Yo, como era mi costumbre, preferí no taparme con el poncho sino acostarme sobre él, ya que adoraba el frío y tener que dormir junto a mi hermana implicaría aguantar el calor que su cuerpo pudiera emanar. Luego de orar y del besito de buenas noches, mi papá apagó las luces del cuarto, dando inicio los eventos sobrenaturales más escalofriantes de mi vida. Serían aproximadamente las 20h00.



No tenía ni cinco minutos de haber apagado las luces, cuando la luz del baño se prendió solita. Mi papá se levantó y la fue a apagar. Estaba regresando a su cama cuando alguien o algo giró la llave del lavamanos, obligándolo a regresar y cerrar la llave, sorprendiéndole que tuviera que aplicar bastante fuerza para girarla. Cómo se había girado solita? Le dio un vistazo al baño pero todo parecía normal así que regresó nuevamente a su cama, pero entonces alguien echó agua en el inodoro y prendió la regadera. Suficiente! Fue a hablar con el encargado del hotel para que le dieran otro cuarto, pero para nuestra mala suerte estaba lleno así que tuvimos que quedarnos en ese cuarto. Pero desde ese momento las cosas se tranquilizaron y todos pudimos dormirnos.

Tal como lo había dicho mi mamá, el frio siguió bajando por lo que, a pesar de tener mi sudadero, en algún momento finalmente me tapé con el poncho. Cierto tiempo después, un movimiento extraño de la cama nos despertó. No había nadie, pero pude ver claramente como el borde de mi cama y la de mis papás se hundía un poco en las esquinas, como si un niño saltara de una cama a la otra. Mi mamá muy molesta preguntó si mi hermana o yo estábamos saltando, pero ambos dijimos que no, así que encendió la luz de la mesita de noche y aunque ambos estábamos acostados y tan sorprendidos como ella, nos regañaron y pidieron que nos durmiéramos.

Por extraño que parezca, yo que siempre fui muy miedoso estaba muy emocionado con las cosas que estaban sucediendo, ya que no eran cosas malas sino únicamente travesuras sobrenaturales, y mi mente pedía más. Ahí aprendí que nunca hay que pedir más de las cosas sobrenaturales, porque nunca sabes con qué te puedes topar y las cosas se pueden volver verdaderamente espeluznantes.

Estábamos nuevamente todos profundamente dormidos. Un calor asfixiante y un sentimiento de caer al vacío me despertaron para ver el espectro más aterrador que he visto en mi vida. Entre las dos camas, se divisaba la silueta de un enorme perro negro parecido a un rottweiler pero con melena. Sus ojos rojos parecían arder como llamas y miraban fijamente a mi hermana. Su hocico entre abierto dejaba ver unos enormes colmillos y algo que parecía una baba espesa colgaba de su boca y se mecía con cada respiración del perro, sin caer al piso. La visión me petrificó por un par de segundos. El susto no me permitía respirar y sentía que me ahogaba. Cuando el perro notó que me movía esforzándome en respirar y apretando las colchas de la cama levantó un poco la vista para verme a mí, dibujando una malévola y caricaturesca sonrisa, como disfrutando el horror que me estaba ocasionando.

Casi exhausto, logré juntar oxígeno y en ese momento solté un gran grito: “Papaaaaaa!!!”

El perro se sorprendió y retrocedió un poco, luego se empezó a empequeñecer. Mi mamá, que se despertó con mi grito, encendió la luz de la mesita de noche. El perro enorme se había hecho tan pequeño que ya no se veía frente a la cama, así que me abalancé para buscarlo entre las dos camas. Ahí estaba, pero ahora era más parecido a un pequinés. Y frente a mis ojos, el pequinés se transformó en un grillo. Tomé mi zapato, que estaba al pie de la cama, y aplasté al grillo. Luego les conté a todos lo que había sucedido pero nadie me creyó. Por supuesto, yo no me iba a volver a dormir ahí, por lo que me pasé el resto de la noche rezando y tratando de mantenerme despierto. A la mañana siguiente revisé mi zapato, y todavía tenía al grillo aplastado. Limpié mi zapato con papel toilette y tiré los restos del grillo en el inodoro. Gracias a Dios, nunca más volví a ver a ese perro espantoso, pero cuando conté en el colegio a mis amigos lo que me había pasado me dijeron que había visto al Cadejo.

Se dice que el Cadejo no puede matarse. Yo solo espero que lo que sea que se nos haya aparecido esa noche haya muerto por un contundente zapataso.

Otros relatos del Cadejo

Del Barrio de Guadalupe en la zona 1 de la Capital se escuchan más testimonios sobre esta misteriosa criatura. Doña Marta, una anciana de 93 años nos cuenta:

«El Cadejo es un animal que no a toda persona le sale y que protege a los caminantes nocturnos, porque a mi papá le salió y a mi hermano nunca, y los dos trasnochaban. Mi papá no tenía ningún vicio, pero le gustaba jugar billar. Una noche venía de jugar billar sobre la calle de Guadalupe, y sintió que un perro le venia siguiendo los pasos. El perro lo iba siguiendo y entonces él se voltea y le dice: vállase este animal jodido que me anda siguiendo. Pero el Cadejo no se espantaba y lo seguía hasta la casa. Entonces le olía los pies y luego desaparecía. Nunca le hizo algo malp a mi papa.»

Doña Argentina Barcia, una madre de origen campesino nos relata que a su papa también le salió el Cadejo:

«Mi papa trabajaba haciendo compras de ganado y cerdo, por eso andaba por todos los caminos y el cadejo blanco siempre lo acompañaba. Un día le dijo a mi mama que tenía que madrugar al día siguiente para ir a ver un ganado. Mi papá salió temprano pero ya no regresó. Un perro blanco de ojos rojos llegó a la casa y rascaba la puerta. Cuando mi mamá abría la puerta le olía los pies y mi mamá trataba de ahuyentarlo pero el perro insistía. Por fin, comprendimos que el perro talvez quería mostrarnos algo, así que lo seguimos. El perro nos llevó a un terreno fangoso y ahí estaba medio enterrado en el fango mi papá. Ya nunca volvimos a ver al perro.»


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