Las personas somos seres sociales por naturaleza; nos relacionamos con otros, les ofrecemos nuestro tiempo y nuestra compañía. Sin embargo, en muchas ocasiones nos relacionamos con personas empeñadas en manipularnos y anular nuestro poder de decisión. Jefes autoritarios, padres sobre protectores, compañeros competitivos dispuestos a todo, que pueden hacernos perder la confianza y llenarnos de dudas sobre nuestras capacidades.
Situaciones cotidianas como rechazar el deseo de un amigo, imponernos a un compañero de trabajo, hacer frente a situaciones injustas, etc. nos enseñan a defendernos y actuar según nuestro criterio.
Hacer lo que uno desea sin perder los estribos o incluso la dignidad personal consiste en hacerse respetar, defender el derecho a juzgar los propios comportamientos, pensamientos o emociones, a equivocarnos, y actuar con la responsabilidad de las acciones y sus consecuencias.
El equilibrio entre los propios deseos y la consideración a los demás es, a menudo, difícil. En ocasiones, no sabemos ver cuáles son nuestras verdaderas necesidades, y llegamos a pensar que lo que otros expresan con respecto a nuestra vida es lo que realmente deseamos o nos conviene. Con el tiempo acabamos por sentirnos descontentos sin saber por qué.
El control que los demás ejercen en nuestra vida viene dado por la incapacidad para imponer los propios deseos. Se trata de poner límites a nuestra tolerancia y aprender a decidir por uno mismo, diciendo “no” cuando no estamos de acuerdo, defendiendo nuestra autonomía y rechazando cualquier ataque a la autoestima. Para lograr nuestros propósitos y no rendirnos a los deseos ajenos, en ocasiones es necesario saber discutir con éxito, definir nuestra opinión y defenderla mediante argumentos.
La culpabilidad o el chantaje emocional son algunas de las armas que se utilizan para influir en el comportamiento de los demás. Cuando tratamos de complacer a alguien haciendo todo lo que éste desea por miedo a defraudarle o disgustarle, acabamos sometiéndonos a su manipulación, sin comprender que cada uno es responsable de su propia felicidad y que los actos han de ser sólo coherentes con nuestros sentimientos y valores. Frases como “hazlo por mí” o “si actúas así es porque no me quieres” pretenden que actuemos de forma contraria a lo que sentimos. Sin embargo, esto nos hará sentir frustrados, dependientes e irritados.
La solución consiste en hacerles ver que actuamos según nuestros propios deseos y que, aunque no coincidan con los suyos, no somos responsables de sus sentimientos. Al defender nuestra postura con seguridad y determinación, sin culpas, la posibilidad de manipulación y control emocional desaparecerá y los demás empezarán a considerar y respetar nuestras decisiones, aunque no las compartan.
Puede ayudarnos el contar con la opinión de personas de confianza pueden orientarnos a tomar decisiones difíciles, a orientarnos en determinadas situaciones o a contemplar otros aspectos en los que no habíamos pensado.
Sin embargo, es importante tener siempre presente cuál es nuestra voluntad, ya que cuando el consejo de los demás se convierte en una necesidad para dirigir nuestros actos, anulamos nuestra capacidad de decisión, negamos nuestros deseos y desconfiamos de nuestro instinto.
La inseguridad, el miedo al rechazo o la búsqueda de aprobación son algunas de las razones por las que anteponemos los deseos de los demás a los propios y actuamos influenciados por ideas o razonamientos ajenos. Esto nos libera de la responsabilidad de tomar decisiones y de un posible fracaso, pero acaba afectando a nuestra autoestima, ya que quien se muestra incapaz de hacer frente a una crítica o decidir sobre su vida, se transforma en un ser pasivo con poca seguridad en sí mismo.
En el trabajo o en la vida privada, en ocasiones nos sentimos presionados a ceder a los deseos de los demás o a hacer favores. Para que no abusen de nuestra buena voluntad ni nos sintamos dominados, hemos de procurar que haya un intercambio justo. Una simple frase de agradecimiento o la seguridad de que obtendremos el mismo favor en una situación parecida puede se suficiente. Se trata de que exista un mínimo equilibrio entre lo que se da y se recibe, de no ser siempre el que se hace cargo del trabajo más pesado, el que cambia siempre los turnos a los compañeros. Hablar claro y conciso puede ser la solución para conseguir lo que pretendemos y defender nuestra valía. Recomendaciones de la Doctora Trinidad Aparicio, Psicóloga Clínica y Psicóloga Escolar.
Fuente: Sonia Marroquín Rojas/DeGuate.com