La gran aberración económica y financiera, reflejada en los resultados negativos de las bolsas de valores internacionales, se ha convertido en el gran descalabro de las supuestas y bien posicionadas firmas de inversiones, que ya no pudieron soportar su propia situación y develaron un realidad que nos tenía en un mundo de puro ensueño.
Una irrealidad como Espada de Damocles, que se permitía jugar con los intereses de capitales impropios e inapropiados, forzándolos a multiplicarse para obligarlos a ser altamente productivos, sin importar el llevarlos al nivel de peligrosidad que ya todos conocemos. Una crisis que se convirtió en torbellino mediático, llevando las malas noticias a todos los pueblos que sobreviven el día a día y que tendrán la plena seguridad que el devenir de los tiempos será aún más difícil. Esta situación ha puesto en evidencia que no contamos con las necesarias políticas macro ni micro económicas, que nos lleven a un destino seguro, dentro de la total incertidumbre que nos provoca el dinero como bien común.
Este bien común, el dinero, que define el grado de riqueza o pobreza de todos los pueblos, se transforma en un activo positivo y se divide en el gran poder adquisitivo para todo aquél privilegiado que lo sabe producir en cualquiera de sus grados, haciéndose cada día más escaso y difícil de situar como moneda, generándose la gran jugarreta de los prestamos blandos, rígidos o sobrios, pero el fin último es la ganancia dentro de un marco legal o legalizado y que repercutirá siempre en los bolsillos de las grandes mayorías.
Lo cierto es, que este terrible código del debe y el haber, se ha trastornado en su propia ambición de querer hacer, pero en su propio sentido de acaparar, pero nunca el de edificar. El gran incio sería, el de volver a empezar, que no es lo mismo que retroceder y anteponer el principio del verdadero código de honor, donde bastaba un buen estrechón de manos, ya que bastaba la palabra verdadera como la firme dignidad y lealtad del ser humano. "Viejos tiempos aquellos"