De manera lenta pero segura, las mujeres indígenas guatemaltecas han avanzado en la apropiación de sus derechos, en el empoderamiento político, la reivindicación de su identidad y el cambio de sus roles sociales. Desde el silencio o la palabra propositiva, desde las medidas de hecho, la confrontación, la organización e incluso, desde la lucha armada, han abierto una brecha en la vida nacional.
Aunque sus roles principales no se han desligado del todo de la esfera de lo doméstico, en actividades que garanticen el éxito de eventos, tales como la preparación de comidas o la logística, han sabido incorporar nuevos aprendizajes que les han posibilitado desde aprender el español, establecer una corresponsabilidad de tareas en el hogar, organizarse y profesionalizarse.
Otilia Lux de Cotí, académica, ex ministra de Cultura y actual diputada Maya, señala que fue a partir del movimiento de mayanidad iniciado a partir de los años ochenta en el que irrumpe la cuestión de la mujer Maya. De hecho, aunque desde antes se había iniciado la conquista de espacios, 1988 marca la configuración de la organización de la mujer indígena, particularmente Maya.
Inge Sichra, sociolingüista austriaca, en su libro Género, etnicidad y educación en América Latina , confirma que en 1988, 1989 y 1990 se llevaron a cabo seminarios para promover la identidad, el desarrollo y la participación de las mujeres mayas, que derivó en la conformación del Consejo de Mujeres Mayas, constituyéndose en base de ese empoderamiento.
Entre la guerra y el exilio
La Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala (Conavigua), surgida en 1989, dirigida por la líder y ex diputada Rosalina Tuyuc, cuyo trabajo se centra en oposición a la militarización y denuncia de la discriminación contra las mujeres mayas y las desapariciones forzadas, también figura en el libro de Sichra como otro pilar de la lucha de las mujeres naturales.
La periodista mexicana Blanche Petrich, destaca el aporte de las agrupaciones “Mamá Maquín”, “Madre Tierra” e “Yxmukané”, surgidas en los asentamientos de refugiados en México hacia 1990, en la concienciación de las mujeres indígenas. “Las hace diferentes a las mujeres que aún caminan detrás del hombre y que no salen de sus casas más que por algún mandado relacionado con el fogón, el telar o los hijos”, escribió.
De alguna manera los esfuerzos iniciados en 1988 incidieron en la obtención del Premio Nobel de la Paz en 1992 para Rigoberta Mechú, de ahí que ese acontecimiento “marca la apertura de la participación en el poder local, formación cívico-polítcio de las mujeres y el surgimiento de nuevas organizaciones”, subraya Lux.
Los frutos de lo sembrado
De las experiencias del Consejo de Mujeres Mayas, del Foro Nacional de la Mujer y de la Defensoría de la Mujer Indígena, creadas con los Acuerdos de Paz, en 1999 surge la Asociación Política de Mujeres Mayas “Moloj”; de ahí vemos una Rigoberta Menchú, Rosalina Tuyuc, Julia de Quemé u Otilia Lux de Cotí, abriendo el camino que hoy sigue una Medarda Castro, Hortencia Simón, Marta Elena Max o Norma Sactic, entre otras.
Irma Musía coordinadora de proyectos de pueblos indígenas de Moloj, destaca que a pesar de la resistencia, incluso dentro de las mismas organizaciones indígenas, cada vez hay mayor participación de mujeres y más de ellas ocupan espacios en los gobiernos locales y de representación a nivel nacional. “El reto es lograr que esa participación se dé desde nuestra identidad,” concluye.
Fuente: dca.gob.gt