LA TRAGEDIA DE UN INVENTO
Los habitantes de muchas tribus indígenas o de antiguas civilizaciones precolombinas, al igual que hoy en día miles de hombres y mujeres en infinidad de lugares de todo el planeta, se comportan bajo el influjo de fuerzas exteriores, bajo la atenta mirada de espíritus que condicionan los acontecimientos que van sucediendo en sus vidas.
Occidente siempre miró con recelo esta forma de situarse en el mundo, pero tardó en comprender que otra extraña fuerza invadiría su realidad: la metáfora del amor como prioridad social.
Cada cultura reconduce sus pensamientos pero también sus sentimientos. Es por ello que las experiencias afectivas, desarrolladas con diferentes estrategias, crean disposiciones bien diversas ante emociones similares. Llegándose, incluso, al hecho de que existan culturas que prohíban exteriorizar sus angustias o palpitaciones internas.
Hay que tener en cuenta que la realidad se nos presenta también como el modo a través del cual las cosas nos afectan. Desde un juicio que evalúa nuestra posición ante todo nuestro entorno. La realidad está, por lo tanto, filtrada desde el mundo de los valores.
Frente al amor podemos mostrar un excesivo interés y enturbiarnos de ánimo y euforia para experimentar el goce del placer. Pero también podemos estar indiferentes ... “La indiferencia aleja del corazón los movimientos impetuosos, los deseos fantásticos, las inclinaciones ciegas. La indiferencia no tiene por objeto más que la tranquilidad del alma, no excluye la sensibilidad; pero impide turbar esta tranquilidad. La indiferencia destruye las pasiones del hombre... “.
La indiferencia nazca quizás como respuesta a las tragedias a las que ha llevado ese invento al que denominamos amor, y del que podemos huir o esquivar extirpando su fuente de deseo.
En el cerebro encontramos información sensorial y mensajes del sistema nervioso que, al combinarse, nos indican que se está produciendo una emoción. La capacidad para sentir dicha emoción puede sufrir alteraciones, pudiendo inventarse o aniquilar esa agitación o conmoción que fácilmente se aprecia en nuestro rostro.
Una pequeña tribu de cazadores recolectores de una montañosa región de Uganda sembró el desconcierto entre ciertos antropólogos al comprobarse que, después de convivir con ellos, los ik, que así se llaman, habían perdido su capacidad de amar.
Tres generaciones de hambre y sequía, expulsados de su territorio y enviados a montañas estériles y secas como los valles de la luna, hicieron posible que abandonaran el amor, y otras de las llamadas virtudes (hospitalidad, generosidad, etc.) porque no podían permitírselo. Simplemente, cuestión de economía. Cualquiera que no pudiera cuidarse de sí mismo era una carga y un riesgo para la supervivencia de los demás.
Esta es una historia que nos revela la tragedia. El amor no es una necesidad, sino un lujo, una invención. En este caso, un gasto de energía. Porque expuestos a ciertos rigores, la capacidad de amar puede ser eliminada.
Parece que sí, que podemos “programarnos” emocionalmente. Habrá que ir buscando amantes con conocimientos de informática.
Publicado por: Oscar Estrada
Fuente: articulosamor.galeon.com