Muchos seres humanos que han estimado su felicidad y su importancia personal por el cúmulo de sus riquezas, las han visto destruidas por lo cambiante de su suerte.
La riqueza, como el poder y la fama, pueden ser flor de un día, cosa que no sucede con el carácter y la sabiduría. Hay muchas anécdotas curiosas que lo comprueban, como las siguientes:
Creso, monarca que reinó en Lidia de 563 a. de J.C., era el hombre más rico del mundo. La fama de sus riquezas obtenidas por las arenas del oro del río Gactolo, hizo proverbial su nombre para designar a un hombre colmado por los bienes de la fortuna. Embriagado por su felicidad preguntó un día a su amigo Golón (uno de los siete sabios de Grecia) si sabía de otro hombre tan feliz como él. El sabio ateniense le respondió que “ningún hombre podía llamarse feliz antes de su muerte”.
Creso pudo comprobarlo al ser vencido en Timbra por Ciro, fundador del imperio persa, que ya había sometido al rey de los medos Astiages y tomado a Babilonia hasta hacerse dueño de toda Asia occidental. Condenado a muerte, Creso recordó las palabras de Golón y pronunció tres veces su nombre, lo cual, intrigó a Ciro, quien le preguntó el significado de esa palabra. Al conocer la historia, el vencedor, se sintió movido a compasión y admirado ante aquel ejemplo de las mudanzas de la suerte, perdonó a Creso y le admitió entre sus consejeros.
Otra anécdota que se refiere a la subsistencia de la sabiduría con relación a las riquezas materiales, es la siguiente: Bías de Priene, otro de los siete sabios de Grecia, nacido en el siglo VI a. de J.C., era en su época el abogado más rico. El ejército del poderoso rey Ciro había sitiado la ciudad de Priense. Todos los habitantes de la ciudad huían llevándose dinero, joyas, obras de arte y cuánto consideraban valioso. Algunos preguntaron al sabio por qué no cargaba con sus riquezas. “¡Todo lo llevo conmigo, respondió!” llevando su mano a la cabeza, con lo cual daba a entender que consideraba como los bienes más preciosos la sabiduría y la riqueza de su pensamiento.
Sólo en cierta medida la riqueza puede hacer al hombre más feliz, independiente y dueño de sí mismo; pero en un grado superlativo, la riqueza se convierte en ama y señora y su dueño en esclavo.
Ciertas formas de riqueza material constituyen una cristalización del trabajo, de abnegación y de ahorro; pero, por lo mismo es más rico el que cuenta con mejores aptitudes para adquirirlas, que aquel a quien se las obsequia la suerte.
Fuente: Sonia Marroquín Rojas/DeGuate.com