15 Abr, 2008 - 12:25:19

Abenámar, Abenámar, moro de la morerÃa,
el dÃa que tú naciste grandes señales habÃa!
Estaba la mar en calma, la luna estaba crecida,
moro que en tal signo nace no debe decir mentira.
Allà respondiera el moro, bien oiréis lo que dirÃa:
—Yo te lo diré, señor, aunque me cueste la vida,
porque soy hijo de un moro y una cristiana cautiva;
siendo yo niño y muchacho mi madre me lo decÃa
que mentira no dijese, que era grande villanÃa:
por tanto, pregunta, rey, que la verdad te dirÃa.
—Yo te agradezco, Abenámar, aquesa tu cortesÃa.
¿Qué castillos son aquéllos? ¡Altos son y relucÃan!
—El Alhambra era, señor, y la otra la mezquita,
los otros los Alixares, labrados a maravilla.
El moro que los labraba cien doblas ganaba al dÃa,
y el dÃa que no los labra, otras tantas se perdÃa.
El otro es Generalife, huerta que par no tenÃa;
el otro Torres Bermejas, castillo de gran valÃa.
Allà habló el rey don Juan, bien oiréis lo que decÃa:
—Si tú quisieses, Granada, contigo me casarÃa;
daréte en arras y dote a Córdoba y a Sevilla.
—Casada soy, rey don Juan, casada soy, que no viuda;
el moro que a mà me tiene muy grande bien me querÃa.
Fuente: poesia-inter.net