Ya nadie en nuestro país niega la necesidad de un Plan de Nación consensuado con todos los sectores de la sociedad que pueda colocarnos en el curso hacia el desarrollo económico, político y social. Sin embargo esta tarea nos evade una y otra vez sin que podamos lograrla.
Por: Harold Caballeros
Cuando tuve el privilegio de participar en el Plan Visión de País, esfuerzo que buscaba precisamente un pacto político-social de desarrollo, tuvimos la visita de personas que una y otra vez nos decían que lo que tratábamos de lograr era imposible en nuestro país. La evidencia de que no íbamos a lograrlo nos dijeron, eran los más de 14 intentos que nos habían precedido.
Nosotros optimistas, continuamos trabajando hasta la firma del Pacto, donde participaron los secretarios generales de los partidos políticos, quienes se comprometieron a promover las iniciativas del Plan a través de sus bancadas en el Congreso de la República. Hoy, más de dos años después, el resultado aún es insatisfactorio. Incluso, muchos ya han descartado la iniciativa como el fracaso número 15.
Pero, ¿nos hemos preguntado qué nos impide llegar a consensuar un Plan de Desarrollo Nacional? Aunque es fácil mencionar los intereses personales o sectoriales como la razón principal, estoy persuadido que el fondo es otro. Los guatemaltecos no hemos sido educados para alcanzar consensos. Nos cuesta mucho aceptar las propuestas de los demás, no estamos acostumbrados a discutir y mucho menos a debatir. Recordemos que hasta hace pocos años, disentir se pagaba con la vida.
Sin tratar de profundizar hoy en el origen de esa cultura de confrontación y la costumbre de descalificar todo y a todos, quisiera sugerir que el remedio puede venir por la vía de la educación a las siguientes generaciones, con la esperanza de que ellos lograrán lo que nosotros no hemos sido capaces de alcanzar. Lo que necesitamos es un modelo democrático de educación. No se trata de una reforma educativa en el sentido del currículo, sino más bien de una reforma del maestro, quién deberá ser entrenado para modelar una cultura democrática dentro del aula. Permitir las diferencias de opinión, estimular la discusión de las ideas en un ambiente de respeto a las personas, evitar castigar el disenso, y por el contrario incentivar la expresión de la diversidad. Y sobre todo, aplicar la triada dialéctica: tesis-antitesis-síntesis estimulando siempre el logro de consensos. No hablo de una reforma más, sino de una verdadera Revolución Educativa.