Los bebés y los niños son los principales perjudicados cuando de catarros y resfriados se trata. De hecho estas infecciones respiratorias son las más frecuentes en la infancia. Durante los primeros años de vida, un niño normal padece entre 8 y 10 infecciones al año y disminuye a 3 ó 4 infecciones al año en la época de la preadolescencia.
Se calcula que un niño sano (sin problemas de inmunidad o enfermedades crónicas como diabetes, asma, cardiopatías, etcétera) y con una alimentación adecuada, entre el nacimiento y los 10 años, padecerá unos 100 procesos infecciosos, pero la mayoría de ellos son leves, por lo que el niño no precisará de ningún tratamiento.
Estos casos se dan con mayor frecuencia en niños que acuden a guarderías o se escolarizan tempranamente, hábito de fumar de algún familiar, con hermanos mayores que les traen las infecciones a casa, ambientes urbanos superpoblados, hacinamiento familiar. Esta frecuencia se debe, entre otras cuestiones, a que el sistema inmunitario del bebé y del niño pequeño aún no está del todo fortalecido y esto les hace ser más susceptible a infecciones, en este caso respiratorias.
El sistema inmunitario del niño pequeño no está totalmente desarrollado como en el niño mayor o en el adulto, tiene unas características precisas y unas respuestas distintas. Además a edades tan tempranas, el sistema inmunitario se debe enfrentar por primera vez a una serie de agentes (virus, bacterias y hongos) para los que no tiene defensas previas.
Aunque las infeccione víricas son difíciles de prevenir, se sabe que la lactancia materna durante los primeros meses de vida, el seguimiento correcto del calendario de vacunas, una alimentación correcta y variada, con todos los grupos de alimentos necesarios según las pirámides de alimentación para cada una de las edades, evitar el hacinamiento, ambientes cargados de tabacos, son medidas que ayudan.
Una vez que se ha dejado de dar el pecho, la mejor manera de mantener las defensas de los niños en plena forma es mediante una alimentación variada y equilibrada que incluya todo tipo de alimentos, en la proporción adecuada según la edad.
Los niños precisan de una dieta diversa, bien balanceada y que contengan una mezcla adecuada de sustancias como: carbohidratos, proteínas y lípidos , así como vitaminas y minerales. Todos ellos constituyen el principal aporte alimenticio y se usan como base energética para el crecimiento y mantenimiento de funciones corporales.
La combinación de todos estos nutrientes en las cantidades apropiadas constituyen una base fundamental para mantener una salud óptima del organismo del niño y un sistema inmune fuerte.
Fuente: Sonia Marroquín Rojas/DeGuate.com