A la personificación inducida de ciertos fenómenos y accidentes naturales, la mente del indígena guatemalteco atribuye poderes especiales. A través de esta creencia, constituyen un mundo mágico o sobrenatural. A estos fenómenos o accidentes se les considera como a espíritus o dioses tutelares que determinan el destino del ser o bien, rigen o regulan los actos y la conducta del individuo en el medio en que se desenvuelve.
En la época prehispánica, los indígenas tenían una religión propia basada en los fenómenos naturales. En tal virtud había un dios especial para cada uno de ellos, por ejemplo, Cabracán, dios de los terremotos, Zipacná, hacedor de montañas, Chipi
Cakoljá, dios del rayo y del trueno. Nada escapaba al designio de estos dioses, interpretado por sacerdotes y chamanes.
Con la venida de los españoles, se impuso la religión cristiana, la cual los aborígenes aceptaron parcialmente, ya que no era posible erradicar de su conciencia la religión tradicional. De aquí el surgimiento de una religión mixta que consiste en la adoración de Jesucristo y de sus propios dioses.
Esta nueva religión rige la vida cotidiana y particular del indígena, orientándolo en todos sus actos. Es por esto que la vida de los indígenas está sujeta al designo de los dioses tutelares.
El Mundo Mágico tiene influencia en la vida de los indígenas de las diversas regiones de Guatemala, desde el nacimiento hasta las posteriores etapas de la vida. Se desarrollan desde antes de nacer dentro de un mundo propio, sujeto a las influencias sobrenaturales, como son los espíritus de los antepasados, los dioses tutelares y la influencia de la religión católica. Por este hecho, el indígena es conservador de sus tradiciones, sin descuidar las obligaciones que le impone la vida nacional de acuerdo con su nivel cultural. En consecuencia, el niño que nace, crece y se desarrolla dentro del ambiente indígena, es el seguidor y conservador de las tradiciones e influencias del Mundo Mágico, en tanto no se incorpore a otro tipo de cultura. Del libro Guatemala Indígena, del Doctor Jorge Luis Arriola.
Fuente: Sonia Marroquín Rojas/DeGuate.com