Sep 3, 2007, 08:16Quizá debamos todos desarrollar nuestras facultades para la innovación.
Por: José Enebral Fernández
Winred.com

La innovación, a la vez que constituye una exigencia de la economía del conocimiento, parece ser una asignatura pendiente en nuestro país y en otros. Quizá debamos todos desarrollar nuestras facultades para la innovación.
El concepto es sin duda amplio y multicontextual, y al hablar de innovación pensamos en diferentes cosas. En la actividad empresarial, unos apuntamos al avance de la tecnología, otros dirigimos la atención sobre las ayudas que la Administración ofrece a las iniciativas de investigación (I+D+I), hay asimismo quienes imaginamos a los profesionales generando nuevas ideas para impactar en el mercado con ventaja competitiva..., y también hay desde luego quienes visualizamos las propias novedades vividas en nuestro tiempo. Los ya maduros y al margen de la andadura profesional, hemos asistido a la llegada de los electrodomésticos, la compra con carrito, el pago con tarjeta, la energía nuclear, solar y eólica, los ordenadores personales, los teléfonos móviles...
Este articulista recuerda su infancia sin televisión ni calefacción, su veraniega tarea diaria de ir a comprar la barra de hielo que debía introducirse en la nevera, las camas con sommier y colchón de lana, los camiones que arrancaban a golpe de manivela, el impacto de la penicilina y las vacunas, la llegada del gas butano, la de los grandes ordenadores... En verdad se funden los conceptos de novedad valiosa y progreso, y al respecto las cosas parecen ir más rápido cada día, consecuencia de la globalización, de la “sociedad de la información”, del creciente flujo y valor del conocimiento, y de la facilidad para comunicarse.
En la empresa, la innovación ha de apuntar, sí, a los procesos operativos, pero también y desde luego a los productos y servicios ofrecidos tras el inexcusable objetivo de incorporar al mercado novedades valiosas y atractivas. Estas novedades surgen a veces fruto de orquestados esfuerzos de investigación y desarrollo (I+D), pero también pueden tener su origen en el pensamiento penetrante, crítico, conectivo y creativo de algún individuo perspicaz; en el salto cuántico que puede suponer una idea certera, impulsada o no por alguna subvención o motivación extrínseca.
En 1997, leíamos en la revista Fortune: “La innovación es la característica singular que engrandece a las mejores compañías. Las compañías que saben cómo innovar no necesariamente invierten grandes sumas en investigación y desarrollo; en vez de ello, cultivan un nuevo estilo corporativo de conducta que admite nuevas ideas, cambios, riesgos e incluso errores”. Diez años después, el mensaje parece seguir vigente: los resultados pueden mostrarse espectaculares cuando nos dedicamos a pensar con penetración y esmero, y desplegamos conexiones y abstracciones valiosas.
Incluso cuando hablamos de innovaciones aparecidas como fruto de la casualidad —el velcro, el teflón, los rayos X, la penicilina, la aspirina, el Walkman, el caucho vulcanizado, el fonendoscopio, el horno de microondas y algunos edulcorantes, entre otros muchos ejemplos—, resulta evidente que se necesitó una mente sagaz e intuitiva que advirtiera las implicaciones, las posibilidades, las aplicaciones.
Hay, sí, historias especialmente significativas; experiencias interesantes que apuntan al elemento clave de la economía del conocimiento: la innovación. A menudo los medios económicos destacan nuestro suspenso en esta asignatura, pero, contando con la voluntad de hacerlo, ¿podemos aprender a innovar? Pensará el lector que primero tendríamos que aprender a aprender; que, antes de añadir novedad, habríamos de conocer bien lo ya existente... Pero sí: en busca del aprobado en esta asignatura, también podemos aprender a innovar, e incluso hacerlo de forma grata y efectiva, por ejemplo mediante el estudio de casos reales y aleccionadores.
¿Han analizado los perfiles de las personas más creativas? ¿Qué les parece, por ejemplo, la capacidad de abstracción que desplegó Genrich Altshuller en el conocido método TRIZ de solución creativa de problemas? ¿Recuerdan cómo descubrió Loewi el primer neurotransmisor, la acetilcolina, o cómo surgieron, por ejemplo, las vacunas? ¿Son ustedes conscientes del papel de la intuición, a veces también en forma de sueños reveladores, en numerosos avances técnicos y científicos? ¿Quién y cómo estableció la trayectoria elíptica de los planetas en torno al Sol? ¿Qué fuerza lleva a los científicos a elegir la hipótesis acertada?
En la gestión empresarial y como referencia, se utilizan casos de acierto (como el del Walkman de Sony) y desacierto (como el de la New Coke, de Coca Cola) de los que podemos aprender todos. En efecto, en la emergente economía del saber y el innovar, deberíamos tal vez dirigir más específicamente la búsqueda de referencias, ejemplos y casos aleccionadores hacia lo relacionado —“Lecciones de innovación”, hemos titulado estas páginas— con el avance del conocimiento en cada campo técnico y científico, es decir, hacia lo más unido a la inexcusable innovación en procesos, productos y servicios, en beneficio de la competitividad.
La narración de historias
Tendríamos que seleccionar con cuidado las referencias a analizar, y obtener de ellas todo el provecho posible. Nos gustaba, de niños, que nos contaran cuentos, y la escucha nos resultaba una actividad autotélica: no nos sentíamos obligados a aprender de modo consciente, pero nos divertíamos. Yo recuerdo todavía las historias que, en verano, nos contaba (hace casi 50 años) el religioso salesiano Antonio Sánchez Romo en el colegio de María Auxiliadora de Madrid. Ahora, adultos ya y profesionales obligados a aprender continuamente, podemos concentrar nuestra atención en un relato idóneo, pero necesitamos extraer conclusiones valiosas que nutran nuestro desarrollo y nos iluminen en el desempeño profesional.
Sin descartar el “entretenimiento oral para públicos selectos”, que así identifica su negocio una de las agencias de oradores y conferenciantes, yo hablaría asimismo de la necesidad de “adiestramiento oral para todos los públicos (interesados)”, y desde luego para “aprendedores permanentes”, que es lo que somos todos nosotros en la economía actual. La enseñanza acroamática es potente como método, pero el aprendizaje se extrae del contenido y, para éste, el método no parece mucho más que un soporte enriquecedor.
Por supuesto, al desplegar una experiencia aleccionadora, el storyteller puede, consciente o inconscientemente, reformular o sintetizar los hechos de modo que encajen mejor en el propósito perseguido; pero, si éste es recto y no espurio, la enseñanza se robustece. Más si, en un escenario idóneo (un seminario o workshop), el docente utiliza técnicas mayéuticas facilitadoras del aprendizaje.
Desde el plano discente, el del aprendedor permanente —lifelong learner—, creo que, al analizar historias curiosas y valiosas, todos hemos de hacerlo penetrando en los detalles más significativos y aleccionadores. Entre otros propósitos, por un lado podemos identificar las facultades y fortalezas que caracterizan al innovador en cada escenario profesional, y enfocar quizá mejor nuestros esfuerzos de desarrollo; y por otro lado, podemos tomar conciencia de cómo se relacionan o conectan los campos del saber, de cómo la experimentación acaba generando resultados, de cómo a menudo se han de vencer resistencias y se precisan idóneos apoyos, etcétera.
Algunas historias
Les traigo algunas historias. No se trata de una muestra neutra sino dotada de propósito, pero con buenas intenciones: la de recuperar un significado intrínseco para el concepto de innovación, la de destacar los rasgos más característicos del innovador, y la de señalar otros considerandos oportunos. Les traigo, sí, algunas historias muy sintetizadas, a las que he adherido conclusiones propias que someto a su aquiescencia o reformulación: hagan sus propias lecturas.
En los primeros casos, observaremos empresarios innovadores, y ciertamente ha de reconocerse la grandeza de los individuos emprendedores; pero después veremos también que la iniciativa o hallazgo puede surgir de un profesional experto en el desempeño de sus tareas, e incluso en tiempo de ocio. Y también recordaremos algún desacierto o fracaso en la iniciativa innovadora, incluyendo un caso español.

Las hamburgueserías McDonald´s
Todo empezó en 1954, cuando Raymond Kroc vendió 8 batidoras a un singular restaurante de gran éxito por su eficacia y rapidez: el de los hermanos Dick y Mac McDonald en San Bernardino (California). “Si hubiera muchos restaurantes como este —pensó él—, vendería muchísimas batidoras”. Y pronto dejó de pensar en las batidoras para hacerlo sobre la idea de las franquicias: llegó a un acuerdo con los hermanos, y en 1955 abrió un restaurante similar en Des Plaines, Illinois, su estado natal. El negocio funcionaba y en 1960 había más de cien restaurantes McDonald´s, sin embargo los desacuerdos de Ray con Dick y Mac —éstos parecían frenar la expansión de la cadena— acabaron siendo constantes.
Así se llegó en 1961 al traspaso del negocio, por el que Ray Kroc pagó —se endeudó para poder hacerlo— casi 3 millones de dólares. Sin duda Dick y Mac habían sido innovadores, pero pareció faltarles la saludable ambición empresarial de que sí disponía Ray. Fue una arriesgada decisión para este legendario empresario, que confesó haberla tomado tras consultar a su voz interior y desestimar el criterio contrario de sus abogados y asesores; pero él estaba desde luego irrefrenablemente convencido, y dispuesto a llevar adelante su visión. La hamburguesa McDonald´s “mil millones” (el billion americano) llegó muy pronto: en 1963.
Enseñanzas:
• Una cosa es innovar, y otra emprender grandes proyectos.
• A veces y sin buscarla, un emprendedor encuentra la novedad y es el primero en apostar íntima y fuertemente por ella.
• Hay decisiones muy difíciles, que demandan ayuda de la intuición genuina.
• El mercado parece siempre dispuesto a celebrar la novedad valiosa.
Hay en verdad sólidas expectativas escondidas en los clientes o consumidores, y no siempre alcanzamos a ver su dimensión, ni estamos dispuestos a correr demasiados riesgos. En el siguiente ejemplo insistiré en esto, pero de este caso añadiría que la sólida convicción de Ray Kroc nos recuerda la igualmente tenaz e intuitiva de los científicos empeñados en seguir una determinada dirección en sus investigaciones.

El Walkman de Sony
El Walkman nació hace casi 30 años, como fruto del afán creador y la intuición de Masaru Ibuka, con el apoyo de Akio Morita, fundadores ambos de Sony. Tras comercializar la compañía una grabadora monoaural de pequeño tamaño para periodistas (el “Pressman”), intentaron hacerla estereofónica; al incorporar los nuevos circuitos ya no quedaba espacio en el aparato para la función de grabación, de modo que el resultado era un reproductor portátil de cintas de audio, que precisaba de auriculares externos. Los ingenieros consideraron el proyecto un fracaso, aunque utilizaban el prototipo en el laboratorio para escuchar música.
Ibuka, ya como presidente honorario pero atento a la marcha de las cosas, lo escuchó casualmente e imaginó enseguida a jóvenes caminando o en bicicleta, escuchando música con el nuevo reproductor y sin molestar a nadie; así lo expuso a Morita, que entonces dirigía la compañía, y éste decidió fabricarlo a pesar de los informes desfavorables y el escepticismo de sus colaboradores. En julio de 1979 se pusieron en el mercado 30.000 unidades, que se vendieron en apenas dos meses. Diez años después, se habían vendido 50 millones de unidades; en 1992 se alcanzó la cifra de 100 millones; en 1995, la de 150 millones... Ibuka estaba muy seguro de que se vendería: lo que seguramente no pudo imaginar fue la dimensión del éxito.
Enseñanzas:
• La intuición sigue a la intención y la atención, y no ayuda a todos los individuos por igual.
• Ciertamente, la casualidad parece estar detrás de no pocas innovaciones.
• El innovador ha de contar con poder o apoyo para materializar su convicción.
• El mercado es en verdad receptivo a la novedad útil; es agradecido y aun entusiasta.
El lector puede extraer alguna otra conclusión, más fácilmente si se interesa por la historia completa; pero el hecho es que el legendario Ibuka es recordado, entre otras poderosas razones, por su peculiar intuición para los negocios. No perseguía ganar dinero como fin, sino como consecuencia; como efecto de haber puesto en el mercado productos atractivos para sus clientes.
El pegamento SuperGlue
Harry Coover trabajaba para Eastman Kodak durante la Segunda Guerra Mundial, e intentaba crear miras sintéticas de gran transparencia para rifles; llegó así al cianoacrilato, que desestimó por pegajoso. Años después, en 1951 y trabajando con su colega Fred Joyner, dio de nuevo con esta sustancia mientras buscaba una alternativa a los cristales de las cabinas de los aviones. Entonces, al disponer una película de cianoacrilato entre dos prismas de un refractómetro, observaron con cierta compunción que quedaban pegados, y que habían inutilizado un caro aparato del laboratorio...
Pero no tardaron en darse cuenta también de que habían topado con un adhesivo de gran eficacia: así nacieron los pegamentos de cianoacrilato, como el SuperGlue. Parece que esta sustancia llegó a usarse en Vietnam, con gran eficacia, para cerrar heridas de los combatientes (aunque producía irritaciones en la piel). No había entonces una explicación técnica del fenómeno adhesivo, pero la eficacia de este polímero era bien visible.
Enseñanzas:
• Algo nuevo, aunque no sirva a los fines perseguidos, podría resultar de utilidad a otros propósitos.
• Si nos reencontramos con un fenómeno, tal vez sea porque tiene algo que decirnos.
• Puede que valga la pena experimentar, incluso aunque no se persiga un fin específico.
• Los campos del saber de los diferentes sectores de actividad se tocan o solapan.
Todas estas conclusiones nos llegan mejor si las visualizamos en un caso concreto, y este del cianoacrilato resulta revelador. Hemos de ampliar nuestros horizontes y advertir conexiones —en este caso la de la óptica, la industria de pegamentos y la práctica sanitaria— a veces escondidas. En el siguiente ejemplo veremos que los fenómenos son tenaces, y alguien, con suficiente sagacidad, acaba detectando alguna conexión valiosa.
El horno de microondas
En 1946, un técnico autodidacto de la compañía Raytheon, Percy Spencer, participaba en unas pruebas con un generador de ondas de alta frecuencia (magnetrón), cuando observó que se le derretía una chocolatina que llevaba en el bolsillo de su bata; para confirmar que se trataba de un efecto de las ondas, colocó unos granos de maíz en el área radiada y efectivamente surgieron las palomitas. Se cuenta que experimentó igualmente con un huevo, que estalló fruto de calor generado en su interior. Al parecer, otros ingenieros habían detectado la generación de calor sin pensar en posibles aplicaciones, pero Spencer tuvo la curiosidad, la perspectiva, la intuición suficiente para relacionar el hecho con el guiso de alimentos.
Aunque inicialmente los hornos eran de gran tamaño y elevado coste, en los años 70 ya se vendían unidades para uso doméstico. No es que tuvieran mucho éxito al principio, pero el concepto de cocinado rápido había nacido, y resultaría irreversible a pesar de las sospechas sobre efectos nocivos (cancerígenos) de las radiaciones. Ciertamente puede hablarse de casualidad pensando en la chocolatina de Spencer, pero a la vez de la sólida y repentina convicción de éste: aquello podía y debía aplicarse en la cocina.
Enseñanzas:
• El autodidactismo parece hacer milagros: seguramente porque implica tesón, voluntad de aprender.
• Puede que el avance tecnológico esconda muchas otras sorpresas y que se nos estén escapando.
• Cabe insistir en la conexión entre los campos (en este caso, las microondas y el guiso de alimentos).
• Hay en verdad individuos sagaces que visualizan enseguida las aplicaciones de sus descubrimientos.
Hemos de valorar estas enseñanzas en todo su significado y temo, por ejemplo, que ser autodidacto parezca una excepción; también que las empresas no estén catalizando la serendipidad (sagacidad ante significativos hechos casuales) de sus trabajadores, a veces reducidos a empleados sumisos y sofocada su iniciativa.
El velcro
Parece que, en los primeros años 40, el ingeniero eléctrico suizo George de Mestral (1907-1990) solía pasear con su perro por los montes próximos a Lausanne, y volvía con las flores del cardo alpino fuertemente adheridas a sus pantalones y al pelo de su perro: una experiencia a la que probablemente no somos ajenos.
Resultaba laborioso desenganchar las florecillas, y Mestral acabó llevando algunas al microscopio: quería saber más al respecto.
De este modo observó pequeños ganchos que actuaban a modo de garfios, y pensó que aquello podía tener múltiples aplicaciones.
Pasó algún tiempo de estudio y pruebas hasta que, ya en los años 50, patentó el sistema de cierre Velcro (el nombre se formó de velour + crochet), que constaba de las dos tiras que conocemos: una con bucles y otra con ganchos. Y todavía pasarían más años hasta lograr una sólida comercialización del producto, que pronto encontró aplicaciones en diferentes campos: la industria textil, el calzado, la tapicería, la decoración… Los astronautas se han beneficiado igualmente del invento.
Enseñanzas:
• El pensamiento penetrante, conectivo y creativo no se limita a la disciplina que uno abordó en la universidad.
• A veces se ha de desplegar buena dosis de perseverancia o tenacidad, para la que se precisa plena confianza
en el proyecto correspondiente.
• La naturaleza se nos ofrece como fuente de inspiración para encontrar soluciones valiosas.
• A veces, para pensar mejor, para ser más receptivo y agudo, hay que salir a pasear.
Cincuenta años después, los productos Velcro se fabrican en Estados Unidos, China, Canadá, Australia, México y diferentes países europeos, incluida España (en Argentona, Barcelona) y a todos nosotros resultan familiares; pero en verdad hubo que contar con una mente idónea, como la de George de Mestral.
Fuente: www.winred.com