La desventaja en capacidad tecnológica, tanto en maquinaria como en procesos, es uno
de los mayores problemas que los mismos productores reconocen. La misma altura de
inversión no permite un desarrollo deseable. La tercerización de la economía debilita
más su capacidad de reacción. En la mayoría de casos la fuerza productiva no se orienta
al sector primario y secundario, dándose un excesivo de actividad en el sector terciario,
como son los servicios, finanzas y distribución. Francisco Javier Ibisate, S. J., apunta
que esto acarrea importaciones desenfrenadas, que son dañinas para cualquier economía
frágil.
La incipiente disposición de redes institucionales y de infraestructura son una
obstrucción para el crecimiento de empresas fuertes y sanas. La formación de los
recursos de un país requiere del esfuerzo de décadas -y hasta de siglos- identificable
con una mística de desarrollo y con una política económica consistente que sobreviva a
los vaivenes políticos de muchos años. A diferencia de la preparación técnica, los
recursos productivos de un país no tienen la inmediatez en su dinamismo que exige el
nivel competitivo.
El problema de la desventaja tecnológica cobró importancia en la década de los
ochentas en algunos países de la región. Se discutía ampliamente sobre la necesidad de
implantar programas de reconversión industrial, como un movimiento que secundara a los
intentos de industrialización de los años sesentas. El nivel de obsolescencia ya
alcanzado tenía preocupados a los empresarios, sobre todo a los grandes. En realidad, no
es un problema nuevo. Algunos analistas afirman que al examinar la historia
latinoamericana, el atraso en ciencia y tecnología es un determinante de la dependencia.
En otras palabras, es una forma de medir el subdesarrollo y una razón de mapeo de la
jerarquización de países en el área. Por razones históricas, como señala Jaime Acosta
Puertas en 1988 en su artículo América Latina: ¿Modelos de Industrialización y de
innovación tecnológica? "la ciencia y tecnología, para ser eficientes a una
sociedad, requieren de nuevas condiciones políticas, económicas y sociales que ella
misma no puede inventar..."
En El Salvador desde 1990 se implementó una política de reconversión industrial,
creándose el Fondo de Crédito para Inversión, que pretendía cubrir tecnología,
capacitación técnica, reacondicionamiento, etc. Sin embargo, como suele suceder en los
países del área, estas instituciones están allí pero parecieran no estarlo -de igual
manera que el Parlamento Centromericano-.
La innovación, que es de los temas más emocionantes en productividad, se manejan
tonos humildes. A esto abona la forma misma de los mercados que se han desarrollado
durante décadas -que más han parecido mercados latifundistas que monopolistas-. Sin
embargo, no se puede negar que se ha tendio algún nivel de sentido innovativo, pero que
solo ha sido lo suficiente para los mercados propios y no para los externos -como decir
adaptarse al europeo o asiático-. Esto representa uno de las mayores dificultades de los
empresarios ante la globalización.
Una estructura con muchos productores atendiendo mercados pequeños como los
centroamericanos, por ejemplo, no formar un escenario apropiado para ensayar expansión,
desde dentro. Aunque aún en los países europeos se fomente la empresa pequeña, para los
países subdesarrollados el problema no está en que tengamos muchas empresas pequeñas,
sino en el bajo nivel de integración que éstas tomen al enfrentarse con las
multinacionales.
La acción de las grandes empresas llega a formar una seria descomposición sectorial
al interior de la red productiva de las naciones. Estos desajustes traen consecuencias
inmediatas y, por ahora, muchos economistas luchan por descubrir la manera de recuperar en
el mediano plazo algún equilibrio que dé luces a un legítimo despegue productivo hacia
el desarrollo.
Otros analistas visualizan ya otro problema, a largo plazo. Se remonta a la raíz misma
del régimen en boga. Ante la caída del comunismo -al menos al del estilo soviético- se
facilita justificar la inoperancia de aquel como una verdadera alternativa de sociedad.
Ante la voracidad del capitalismo, los nuevos pensadores de avanzada piensan, en primer
lugar, en revivir al comunismo, con nuevos lineamientos de gran vigor por las experiencias
del siglo XX. En segundo lugar, se trata de ir planteando ya un diferente y nuevo aporte
para el siglo XXI. Aquí se señala la necesidad de una nueva forma de organización
social, más completa e integral, que supere a todas las anteriores, como una plataforma
apropiada al nivel de evolución social que la humanidad haya alcanzado para ese entonces.
Muchos conocedores de la realidad mundial de estos años no dudan en culpar al
capitalismo por el agotamiento actual de los recursos del planeta. El sistema, al que el
anhelo de expansión le es intrínseco, se está encontrando ya con los límites de su
misma naturaleza. Habría que esperar ver cómo sortear esta problemática.
Hay que reconocer que cualquier cosa, para que sea aceptada, debe mostrar algo
atractivo. Independientemente de sus efectos, el proceso de globalización se impulsa a
sí mismo con mecanismos que crean condiciones difícilmente alcanzables de otra manera.
La inmigración laboral, por ejemplo, viene a resolver problemas de las naciones, dada su
inestabilidad que no alcanza a superar la desprotección social.
Los flujos comerciales viene al rescate de mercados cautivos locales, dominado durantes
décadas por productores que se consideraban a sí mismos blindados, gonzando de
grandes beneficios de regímenes proteccionistas.
Esto no hubiera sido posible de todas formas, sin un desarrollo tecnológico, sobre
todo en las comunicaciones y la informática, que facilitan el sentido expansionista del
sistema. Los años han enseñado a las grandes empresas a saber administrar el desarrollo,
uniendo sus esfuerzos a instituciones de investigación y universidades para alcanzar
nuevas tecnologías productivas. En la administración de fines de siglo, el centro de
atención es ahora lograr los mayores niveles de competividad, realizar planificación
estretégica y valerse se herramientas de avanzada, como Reingeniería y Benchmarking,
Calidad Total y Justo a Tiempo. La gestión de mercadeo -de gran desarrollo en los
últimos veinte años- nunca antes tuvo mejores retos y posibilidades.
Ser competitivos o morir
Por ahora las condiciones son más radicales para la existencia de las empresas.
Las gremiales y asociaciones sectoriales de los países latinoamericanos deben empezar por
comprender que no se puede salvar todo. Un sector como el de transporte podría ser un
punto de desarrollo, pero en cambio otro como el calzado podría tener un futuro incierto.
Una figuración como ésta plantea una plataforma o mapa sectorial que obliga a priorizar
las medidas de rescate productivo. Los programas de análisis de competividad nacional que
algunos países realizan en el área son claves para ello. Sin embargo, ésta vez hay una
obstrucción adicional, que es una característica común a nuestros pueblos, en cuanto
que en cultura de política económica se hacen muy buenos proyectos, pero en cambio se
tienen hechos que hablan de otros resultados. Si por una vez se diera una verdadera
aplicación a los programas que buscan la competitividad, es decir que realmente se
cumpliera -por ejemplo- que a un pequeño empresario se le pudiera resolver un crédito en
quince días, tomando como garantía un fondo nacional, se estaría dando paso a un
proceso de verdadero crecimiento, en vez de colocar una pomposa línea de crédito que
pida garantías insuperables.
Los programas de competitividad deben tener otro factor común. En primer lugar, no
debe faltar una exploración sectorial. Quién compra, quién vende, quién distribuye,
quien invierte, etc., en cada sector. En segundo término, el diseño de una estrategia
nacional que coordine los sectores, producto del hallazgo de múltiples variables.
En realidad, esto no es nuevo. La idea inicial viene de una herramienta de la economía
planificada de ex Unión Soviética, que se convirtiera en una norma mundial para la
gestión de las economías, pero que prácticamente ha quedado en el olvido de muchos
economistas latinoamericanos. Se habla de la Matríz Insumo Producto, que relaciona los
sectores en cuanto receptores y aportadores para toda la economía. Esta permite
determinar en qué medida habría que afectar algunos sectores para hacer crecer o bajar
un sector específico. Es fácil, todo sector que quiera crecer debe tener un flujo
adecuado de input -insumos- y un output garantizado que reciba lo producido. Lo difícil
es hacerlo.
De pronto aperece una empresa extranjera distribuyendo algún producto en el mercado
nacional. Los productores locales muchas veces no logran integrarse para formar una
verdadera competencia. Siguen trabajando creyendo que que su competencia es el otro
productor de la misma localidad.
La idea del clúster busca precisamente fabricar un líder entre varios asociados.
Proveerlo de todo lo necesario para que crezca, en interdependencia con otros sectores.
Dentro del clustering, además de lo difícil de hacer cambiar la actitud de los
empresarios en desventaja, aparece otra dificultad. Las ramificaciones sectoriales con
fuerzas turbulentas impuestas a conveniencia por los líderes, naturalmente tienden a
suprimir los movimientos que hagan peligrar su posición privilegiada.
Dentro de esta problemática, únicamente sería efectiva una labor de concientización
verdadera a los agentes involucrados. Los forcejeos intrasectoriales, como por ejemplo,
banca versus industria, generalmente son llevados a niveles de contrapresión política,
donde es más difícil resolver en equilibrios sanos y convenientes.
De todas maneras, la lección es clara. Dentro de una gran complejidad de acuerdos
comerciales, que van desde los años 60's como el MCCA, hasta las más recientes ideas del
ALCA, se han dejado ver algunos resultados esporádicos de gran valor, aunque en general
no se han cumplido con los anhelos de quienes lo impulsaron. Hay varios factores que han
ocasionado este fracaso. Los intereses económicos, políticos y militares locales han
estado poniendo desde hace décadas buena cuota de oposición pasiva a estos movimientos
integracionistas.
Los países subdesarrollados tratan de entrar a negociaciones multilaterales sin estar
completamente preparados para ello. En esto, la globalización aplica prisa a tratos
infructuosos que por lo general terminan en ceder apertura sin posibilidad de obtener
reciprocidad. Los acuerdos preferenciales de Estados Unidos con la mayoría de países no
son más que tranquilizantes para un par de productos, sea azúcar o sean exportaciones no
tradicionales.
Alternativas escasas
Dentro del proceso de globalización, que como se ha dicho en otros escritos,
comenzara en los años setentas -para algunos- o desde la instalación de la ONU poco
después de la Segunda Guerra Mundial -para otros-, la política exterior generalizó la
idea de los mercados comunes y demás tratados de libre comercio. El fracaso es ahora
obvio. Muchos grupos de intereses fuertes, como militares y sectores empresariales de dura
tendencia conservadora, mantuvieron una oposición pasiva a la unión política real de
las américas. Sus bienes podían verse peligrar ante una readecuación de recursos y
mercados. En otros casos, las guerras civiles de fuerte envergadura como las de El
Salvador, Guatemala, Nicaragua y Colombia, los gobiernos se vieron en dificultades para
implantar el modelo de ajuste estructural a tiempo, dejándolo para la década de los
noventas. Aquí ya se establece una diferencia clara al interior de los países
subdesarrollados. México, por ejemplo, pudo avanzar más en materia privatización que
otros países, y llevó a cabo profundas reformas que le permitieran aspirar a participar
de primera mano en el TLC.
Ahora que los pueblos están probando algunos gobiernos de línea izquierdista, se
tiene una posibilidad de poner algún nivel de equilibrio a la globalización y sus
efectos en las economías. Es iluso pensar que se puede frenar un movimiento tan fuerte
como ese, pero con un plan muy disciplinado se puede incidir de alguna manera. Siendo
moderados en la implantación de regímenes jurídicos referentes a privatización,
finanzas, condiciones de intercambio y dolarización de la economía, se podría crear una
válvula que dispense algo de poder. Posteriormente se deben montar las estructuras que
faciliten otras actividades comerciales, como algún manejo para filtrar importaciones,
competitividad nacional, etc.
La constante preocupación de Latinoamérica por atraer inversión extranjera pareciera
ser el puntero de la gestión económica de grandes oficinas estatales y privadas. Se
habren grandes garantías para el inversor extranjero y se hace promoción internacional
de oportunidades de sectores con futuro. Y es que la visión de algunos economistas
plantea que no hay producción sin inversión. Luego que no hay inversión si no hay
rentabilidad. No puede haber rentabilidad en una rama que no tenga costos competitivos, lo
cual no se puede obtener sin una serie de factores internos y externos, como mano de obra
calificada, acceso a materiales y una red productiva por lo menos estable a los precios.
Por otro lado están los atractivos de mercado, locales o regionales. El resultado en
muchos casos es triste. Incluso algunos índices se orientan a medir la inversión
extranjera, y tienen un seguimiento constante por las autoridades económicas. El difícil
binomio inflación con desempleo es más crítico de lo que aparenta. La contracción
misma de la demanda por bajos ingresos detiene la capacidad de adquisición de un alto
porcentaje de la población. Francisco Javier Ibisate advierte del peligro de la
inflación para los sectores más desprotegidos. Una mejoría es este rango traería en
forma inmediata una reactivación significativa de la actividad comercial, dado la alta
tendencia marginal al consumo.
Crear un sentido de proyecto nacional implica reconocer la
necesidad de mejorar la situación vigente. El involucramiento de los grupos sociales,
sobre todo grupos con poder, debe dirigirse hacia un mismo objetivo. Esta quizá sea la
parte más difícil. El analista David Escobar Galindo señala que el reto de muchos
grupos de gran poder, como los grandes partidos políticos de izquierda y derecha, está
en enfrentar realidades, no contrincantes. Incluso el Dr. Edwards Deming menciona en uno
de sus 14 puntos de Calidad Total, secundando a Jurán, sobre lo imperioso de crear la
conciencia de la crisis de la calidad, con el objetivo de planificar en función de esa
crisis.
El Programa Nacional de Competitividad en El Salvador -desarrollado por la
estadounidense The Monitor Company, en cuyo equipo de directores figura Michael Porter-
por ejemplo, así como el Plan de Nación del gobierno, si bien tienen una intención de
gran importancia, de entrada se ven con una gran contradicción: no cuentan con la
consulta ni el apoyo de los grupos de izquierda, de importancia creciente en las
decisiones económicas después de los años de la guerra civil.
Un análisis estratégico de los dinamismos sectoriales debe lanzar -por lo
menos- una fotografía de la situación. Así como en Administración de Empresas,
también en Economía debemos intentar distinguir entre causas, problemas y consecuencias.
Sobre todo en el largo plazo, las naciones deben plantearse metas que se puedan ir
midiendo en base a proyecciones de corto plazo. La consistencia entre las políticas
económicas deben dar la fuerza necesaria a esas herramientas para alcanzar algún
resultado satisfactorio. Incluso Porter reconoce la necesidad de contar con planes
nacionales de largo plazo, algo típico de la economías socialistas, muy planificadas.
Mucho se ha insistido en que para superar la situación frágil de las economías
latinoamericanas ya no funcionan los grandes proyectos globales de reactivación de hace
quince o veinte años. Cada sector, por su peculiaridad y problemática muy propia,
necesita recetas a la medida. Muchos programas del BID y de otras instituciones
internacionales reflejan la alta incidencia de los proyectos específicos en resultados
más satisfactorios.
En cuanto a las herramientas que la sociedad necesita se encuentran la
preparación técnica, la salud y todos los demás beneficios que los gobiernos mencionan
en sus campañas electorales. El mismo Porter apunta que en El Salvador la empresa
debería realizar actividades para acercarse a las escuelas. La preparación técnica ha
sido útil para muchos países que han iniciado sus ensayos de desarrollo en el presente
siglo. La Unión Europea ha atendido durante años varios programas de asistencia técnica
y transferencia de tecnología a países en desventaja tecnológica.
Por otra parte, para alcanzar algún nivel aceptable de competitividad, se
requiere un ambiente más o menos estable en lo referente a variables como seguridad
jurídica y financiera. Muchos limitantes al crecimiento productivo parecieran no tener
incidencia directa, pero si se trata de mirar por encima del sombrero de la gente, se
descubrirá que, por ejemplo, un sistema judicial incipiente como el de muchos países
subdesarrollados, no favorecerá un ambiente sano que toda economía necesita para crecer.
La presencia de mercados irregulares, en asociación a actividades como el contrabando de
mercaderías, el lavado de dólares u otras transacciones especulativas financieras
desalientan la inversión extranjera. A nivel internacional existen varias empresas de
auditoría de entornos, que tratan de medir todas aquellas variables que ocasionen riesgos
para la inversión.
Globalización en crisis
Así como otros grandes fenómenos económicos, las consecuencias ya se
sienten al interior de los países desarrollados. Los grupos laborales estadounidenses,
que tienen un nivel de poder considerable en las esferas políticas, han advertido el
desencanto de la globalización. Las empresas buscan mano de obra barata en los países
del tercer mundo y trasladan allá buena parte de sus operaciones, dejando huérfanos los
puestos de trabajo de casa. Los beneficios de los mecanismos de seguridad social y otras
formas de retribución no logran reflejar el mismo nivel de bienestar que si se ocupara a
estos empleados.
En los países de Europa el fantasma del desempleo ronda en medio de las
negociaciones de la Unión Europea, en donde se hace un gran esfuerzo por mostrar la
solidez suficiente como para ganar la asignación del euro como moneda de curso. España,
Francia y Alemania han alcanzado niveles de desempleos tan altos como pocas veces se
conocía. Esto traerá en los últimos años de la década de los noventas medidas muy
urgentes de parte de los gobiernos europeos, que por su línea de socialismo generalizado,
se tiene -a primera vista- mayores posibilidades que EEUU para solventar esa crisis.
En cuanto a los países subdesarrollados, las consecuencias son muy conocidas.
La apertura indiscriminada de los mercados ha hecho perder el control sobre la balanza
comercial. El libertinaje de las importaciones ha traído serias consecuencias a las redes
productivas locales. La pérdida de valor de las monedas frente al dólar y el crecimiento
de las bolsas de valores y otras actividades especulativas han vuelto muy frágiles los
sistemas financieros. La privatización de la banca no ha generado precisamente el mercado
financiero libre y cristalino que ofrecían quienes propusieron el cambio de manos de
muchos bancos. El atraso en la legislación financiera del área es un atractivo para
operaciones ilegales como el lavado de dólares y la recaudación ilícita de dinero. En
realidad, hay varios grupos de gran poder detrás de las redes financieras, que cubren
campañas políticas, tráfico de drogas y actividades productivas de dudosa aceptación
pública.
La Neodemocracia latinoamericana
La privatización de actividades estatales estratégicas como telefonía,
electricidad y fondos de pensiones establece también condiciones para la mayoría de
pueblos. Corriendo paralelo a esto, los pueblos de la región han estado superando el
estereotipo del gobierno con dictaduras oligárquicas y militares. Ya para la presente
década se hace sentir un ambiente político que se podría denominar Neodemocracia -o
períodos de transición hacia la democracia, como se podría también definir- en cuanto
que el condicionamiento difiere del sentido tradicional de democracia. La presencia de
gobiernos civiles y la sujeción de los ejércitos al mandato constitucional y a la
vigilancia de los derechos humanos, han venido a cambiar la visión política de la
realidad. Para la mayoría de países latinoamericanos, desde tiempos de la colonia no se
había tenido una modificación significativa. Este estado actual de neodemocracia se
debe, en parte, a los movimientos revolucionarios armados y no armados, y a la evolución
natural que la historia política tiene en las naciones, producto de las crisis resueltas
y no resueltas.
Las teorías del Estado que han pujado desde mediados de este siglo son señales
de superación de viejos y nuevos desequilibrios. Estas depuraciones incluso se han vuelto
exigibles desde las campañas mundiales de Estados Unidos y los organismos financieros
internacionales, ante la necesidad de ir modernizando la actividad político-económica
global, aunque haya a la vez contradicciones con otras líneas hegemonizantes en los
mismos ámbitos.
Con esto los gobiernos son más accesibles a las aperturas de toda índole, por
lo que no se percibe una oposición abierta a la globalización, porque no se tocan los
intereses de los principales grupos económicos. Desde esta postura, no se puede hablar
por tanto de una crisis de la globalización por sí ante la actititud de los gobiernos
del tercer mundo. Se puede predecir que de haber marcha atrás, no se debería a ellos.
La preocupación por la competitividad no debe ser exclusiva de las economías
voraces. La economía de proyección social también necesita nutrirse de los mejores
elementos para rendir mayor beneficio. A pesar de que aún en los países de la región se
tienen empresarios que piensan que su nivel de aporte al estado y a la municipalidad debe
devolvérseles en igual medida porque "también tienen derechos",
afortunadamente hay una constante depuración que busca humanizar la economía. La
competitividad es útil a las entidades de cooperación y organismos de asistencia
técnica o humanitaria, no sólo a las empresas.