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EDUCACIÓN
LAS SIETE MARAVILLAS DEL MUNDO
La humanidad es una
especie curiosa. Cuando hablamos de sus conquistas, la mayoría de las
veces lo hacemos refiriéndonos a sangrientas y destructivas
expediciones guerreras. Pero de vez en cuando, la humanidad también
produce obras de impresionante belleza, destinadas a perdurar durante
siglos para hacernos recordar a todos que, cuando queremos, podemos
emplear nuestro esfuerzo y talento para construir maravillas. Más que
ninguna otra cosa, son estas obras las que nos identifican inequívocamente
como humanos. Nos representan ante nosotros mismos... y también, si
alguna vez en el futuro acude a nuestro planeta azul cualquier
visitante, serán sin duda estas maravillas las que constituyan
nuestras principales señas de identidad.
De todas las obras
conocidas por su belleza o por su monumentalidad en la antigüedad,
fueron siete las más famosas. De ahí el sobrenombre de "las
siete maravillas del mundo". Lamentablemente, hoy, con una única
excepción, no nos quedan más que las descripciones que hicieron los
cronistas de la época. Guiémonos por ellas y emprendamos un viaje
imaginario a través del tiempo para conocer las maravillas de
nuestros antiguos.
Las Pirámides de
Gizeh
La más antigua de las
maravillas, y, curiosamente, la única que ha llegado hasta nosotros,
es el monumental conjunto de las pirámides de Gizeh, en Egipto. Todos
hemos oído hablar de ellas y conocemos su aspecto, así como sabemos
que eran la tumba de los faraones. Pero acerquémonos más, y averigüemos
algunos detalles interesantes.
Los egipcios iniciaron
la construcción de pirámides hace muchísimo tiempo, a lo largo de
su Antiguo Imperio: ¡Las más antiguas tienen cerca de CINCO MIL años!
En efecto, la más antigua que se conoce es la pirámide escalonada de
Sakkara, tumba del farón Djoser, que data del 2750 a. de C. El
arquitecto inventor de la pirámide fué el gran visir, y famoso
sabio, Imhotep. Después de este primer ejemplo, los egipcios
continuaron construyendo pirámides hasta bien entrado el Imperio
Medio, en que se pasó a emplear el sepulcro subterráneo en vez de
las pirámides. Sin embargo, del Antiguo Imperio nos han quedado nada
menos que ochenta de éstas, repartidas por el Bajo Egipto.
Imaginaos ahora que
estamos presentes en el séquito funerario del farón Khufu. Una
ligera embarcación nos transporta por el Nilo desde la antigua
capital, Menfis, hasta la necrópolis de sus afueras, en la vasta
llanura de Gizeh. Allí abundan las construcciones funerarias, pues es
el cementerio donde van a parar todos los habitantes de la capital,
nobles o villanos. Nuestra embarcación se detiene: en la orilla nos
espera una comitiva de sacerdotes. Detrás, espera el templo construído
especialmente para nuestro faraón, donde se le rendirá culto igual
que a un dios (¿acaso no es de naturaleza divina?). Aquí es donde el
cuerpo del faraón es preparado convenientemente e introducido en el
sarcófago. Después, una comitiva trasporta éste a lo largo de una vía
funeraria hacia su sepultura.
Ya vemos las pirámides.
Su impresionante mole destaca sobre el horizonte de la llanura, dejándonos
boquiabiertos. ¡Todo eso es piedra! Bloques de granito
descomunalmente pesados, de un metro de altura, forman las filas tan
apretadamente que no es posible introducir ni un cuchillo entre ellos.
Las filas de piedras están pintadas, formando franjas de diferentes
colores; la punta es de color dorado. Todas las pirámides,
absolutamente todas, tienen la misma alineación: están orientadas al
norte con total exactitud. Los lados de la pirámide tienen una
inclinación impresionante, de 51 grados, que cuando nos acercamos más
nos produce la sensación de que la pirámide "se nos cae"
encima. En los alrededores, se encuentran las pirámides menores y
mastabas (edificaciones rectangulares de paredes inclinadas) para los
altos funcionarios.
Estamos ante la pirámide.
Sus dimensiones son impresionantes: 146.59 m de altura, 230 m de lado.
Tras subir un poco por su lateral, penetramos en su interior. A la
fluctuante luz de las antorchas vamos descubriendo las paredes,
perfectamente lisas, como corresponde a la sepultura de una encarnación
del dios Ra. Tras depositar el sarcófago en la cámara sepulcral, el
corredor será cegado y disimulado, para evitar robos. La pirámide
contiene asimismo una falsa cámara sepulcral.
A pesar de todas estas
precauciones, son pocas las tumbas egipcias que permanecerán intactas
hasta la llegada de los arqueólogos. Los ladrones de tumbas y los árabes
irán saqueando con el paso del tiempo la mayoría de las pirámides y
sepulcros. Cuando el arqueólogo Flinders Petrie entre en las tumbas
reales de Abydos, unas de las más antiguas de Egipto, sólo podrá
encontrar un brazo de la momia de una reina. De las tres grandes pirámides,
sólo la más pequeña, la de Micerino, permanecerá intacta.
Una controversia famosa
relacionada con las pirámides es la relación entre el doble de la
longitud de su lado y su altura: el número Pi. ¿Porqué se tomarían
tantas molestias los antiguos egipcios para conseguir que sus
construcciones mantuvieran una relación matemática tan precisa? ¿Una
especie de chauvinismo matemático? Personalmente prefiero pensar que
lo hicieron porque era la forma más segura de conseguir que la
inclinación de las pirámides fuera uniforme, y de que éstas serían
perfectamente regulares. En efecto, si pensamos que probablemente se
servían de ruedas de madera para medir longitudes de forma fácil y
exacta, veremos que con una de éstas ruedas, hecha de la misma altura
que los bloques de piedra, se comprobaba la inclinación rápidamente:
cada nueva hilera de piedras debía medir media vuelta menos. De esta
forma sale, automáticamente, la relación de Pi entre el doble del
lado y la altura de la pirámide. Suena lógico, ¿verdad? Pero lo más
curioso es que, como de forma meticulosa me ha hecho notar Jesús Cea,
ello no implica necesariamente que los antiguos egipcios conocieran el
número Pi; después de todo, éste sale automáticamente debido a que
se realizaron las medidas a base de ruedas.
Han pasado ya cerca de
cinco mil años hasta nuestros días, y la humanidad todavía no ha
realizado nada semejante. La más pequeña de las tres pirámides de
Gizeh multiplica varias veces el peso de la mayor de las
construcciones modernas; y es que los aparejadores de nuestros días
se las verían y se las compondrían para enfrentarse con esos enormes
bloques de piedra, difíciles de manejar hasta para las más potentes
grúas. Cuando pensamos en que los antiguos egipcios carecían de máquinas,
que movían las enormes piedras sólo con el esfuerzo físico de
cuadrillas de docenas de trabajadores, nos parece un milagro. De
hecho, ni siquiera los propios egipcios fueron capaces de superarlo:
continuarían construyendo pirámides durante siglos y siglos, sin
llegar a igualar el esplendor de las pirámides de Gizeh, que
sorprendentemente, fueron de las primeras que se construyeron.
Como corolario, citaré
dos testimonios célebres: el de Abd-ul-Latif, que dijo "Todas
las cosas temen el tiempo, pero el tiempo tiene miedo a las pirámides";
y el de Napoleón, que comandó una expedición a Egipto cuando era
primer cónsul, y pronunció las conocidas palabras "Desde lo
alto de estas pirámides, veinte siglos nos contemplan". Aunque,
la verdad, Napo, cuarenta y cinco habría sido una cantidad más
precisa.
Pero aún nos queda una
visita que realizar en la llanura de Gizeh: se trata de la guinda del
pastel: la esfinge. Esta escultura, que representa a un león con
rostro humano (se cree que representa al farón Khafra; al menos,
viste sobre la cabeza el típico klaft, manto que llevaban los
faraones) es contemporánea de las pirámides, mide 70 metros de
longitud y 20 de altura. Para construirla, aprovecharon un montículo
de caliza en la llanura, que labraron y completaron con bloques de
piedra. Cuando ya contaba con mil años de edad, el faraón Tuthmosis
IV hizo esculpir entre sus patas una escena representando un sueño,
en el cual la esfinge le daba el trono en recompensa por haberla
salvaba de morir sepultada bajo la arena del desierto. Otros mil y
pico años más tarde, en la época romana, se excavó un santuario en
el seno de la esfinge. Y cuando la esfinge ya superaba los cuatro mil
años, estas modificaciones posteriores pasaron a ser destructivas en
vez de constructivas: los iconoclastas primero, y los mamelucos después,
mutilaron el monumento, dañando sus ojos y arrancándole su nariz.
Vemos aquí un primer ejemplo, aunque desgraciadamente no el último,
que demuestra que entre las capacidades del hombre se encuentra no sólo
el construir maravillas, sino también el destruirlas.
Los Jardines
Colgantes de Babilonia
Nos disponemos ahora a
realizar un prodigioso salto hacia delante en el tiempo: nada menos
que dos mil años deben transcurrir para que nuestro viaje nos lleve a
la famosa Babilonia, llamada Babel en la Biblia, a orillas del Éufrates.
A pesar de que el nombre de esta ciudad figura en los anales de la
historia desde hace dos milenios, vemos que todas las construcciones
son nuevas y recientes: y es que hace poco más de cien años que los
sanguinarios asirios la destruyeron hasta los cimientos. Pero al fin
los babilonios, con la ayuda de los medos y los escitas, destruyeron
por completo a los asirios, y ahora la ciudad ha sido
esplendorosamente reconstruída.
Estamos en a mediados
del siglo VI a. de C., y gobierna el rey Nabucodonosor II, el más
famoso de todos los del mismo nombre. Además de un gran guerrero y
conquistador, Nabucodonosor es también un gran arquitecto: la ciudad
rebosa de construcciones monumentales. Sin embargo, algo se echa de
menos en esta majestuosa ciudad: todo es demasiado llano, demasiado
rectilíneo. Si subimos lo suficientemente alto, veremos toda la
ciudad de un vistazo.
Esto entristece a
Amytis, la esposa de Nabucodonosor. Ella es una princesa meda, y se
crió en montes y colinas exuberantes de vegetación. Esta tristeza
disgusta al rey. ¡Él, que ha vencido en todas las batallas, que ha
levantado de la nada una ciudad impresionante, no consigue devolver la
alegría a su esposa! Eso no puede ser. ¿Amytis echa de menos sus
colinas? Pues no faltaba más: el se las construirá. ¿Acaso no es el
más famoso constructor de su tiempo? En seguida ordena traer grandes
piedras, pues los ladrillos utilizados normalmente no resisten bien la
humedad. Así, edifica una serie de terrazas escalonadas en las cuales
deposita la tierra necesaria y empieza a plantar árboles, flores,
arbustos, etc. También construye una máquina semejante a una noria
que transportará el agua desde un pozo hasta los jardines para
regarlos. En poco tiempo, éstos rebosan de vegetación, y las copas
de sus árboles se divisan incluso desde fuera de las dobles murallas
de la ciudad. Nabucodonosor ha conseguido crear un aparente monte
cubierto de verdeante vegetación.
Sobre los jardines
colgantes existe también una leyenda, que sitúa la fecha de su
construcción cinco siglos antes, a finales del s. XI a. de C. Según
esta leyenda, es la reina Shammuramat, llamada Semíramis por los
griegos, quien construye los jardines. Shammuramat gobierna el imperio
asirio como regente de su hijo Adadnirari III, desde la muerte del rey
Shamsidad V, y además de construir los jardines colgantes, conquista
la India y Egipto. Termina sus días suicidándose a causa del dolor
que le produce descubrir una conjura contra ella urdida por su hijo.
Algo trágico... como era de esperar en una leyenda, sobre todo
teniendo en cuenta que fueron los griegos quienes la recogieron.
En el año 539 a. de C.
los persas conquistan Babilonia, y ello provoca su decadencia. La
población va menguando y, para cuando Alejandro Magno visita la
ciudad (sobre el 326 a. de C.) parte de ésta se encuentra en ruinas.
La destrucción definitiva tiene lugar en el año 126-125 a. de C.,
fecha en la que el sátrapa parto Evemero conquista la ciudad y la
incendia. Desde entonces no quedan más que las ruinas a orillas del
Éufrates.
El Templo de
Artemisa en Efeso
Nuestro viaje nos lleva
ahora a tierras helenas, donde buscaremos la mayor parte de las
maravillas que nos faltan por ver. La Grecia clásica es el auténtico
faro de la civilización de su tiempo, y no es de extrañar que sea
allí donde los artistas florecen y realizan sus más excelsas obras.
Nos detenemos en la
ciudad de Éfeso, a orillas del mar Jónico y junto a la desembocadura
del pequeño Meandro. Seguimos a mediados del siglo VI a. de C. Esta
ciudad ha sido desde siempre un centro de culto a la diosa Artemisa,
llamada después Diana por los romanos. Se trata de la soberana de la
naturaleza selvática y de los animales salvajes, y suele representársela
acompañada por una cierva y armada de arco y flechas. Desde muy
antiguo, existe un templo dedicado a la diosa. Pero en el siglo VII a.
de C., la ciudad sufrió el ataque de los cimerios y aunque se resistió,
no se pudo evitar que el templo se incendiara y fuera destruído.
Pero ahora casi toda la
Jonia ha pasado a manos del rey de Lidia, Creso. Sí, el mismo que ha
inventado esos nuevos y extraños discos de metal llamados
"creseidas" que se suponen que van a hacer de dinero. Nadie
sabe dónde pararán estos inventos modernos... pero Creso es un
protector de sabios y artistas, ¡el mismo Esopo ha pasado por su
corte!, y se propone levantar un nuevo templo a Artemisa, mejor que el
anterior.
Para ello se lleva a
cabo una suscripción pública; todos los ciudadanos donan algo de
dinero para el templo nuevo.
Finalmente el templo se
levanta. Cuenta con 127 impresionantes columnas de 20 metros de
altura, algo descomunal para su época, y cuenta con esculturas de
Escopas.
Este templo ilumina la
ciudad de Éfeso durante dos siglos. Sin embargo, llega la tragedia:
en el año 356 a. de C., el pastor Eróstrato destruye el templo
incendiándolo, por puro afán de fama. Sin duda este pionero del
gamberrismo consiguió lo que buscaba, como lo prueba el que
recordemos su nombre. Pero tal vez consiguió algo más que eso:
demostrar a todos los hombres que por cada Escopas hay un Eróstrato,
y que las maravillas construidas por el hombre deben ser protegidas
del propio hombre. ¡Demonios, espero que recibiera su merecido!
Esta historia tiene un
epílogo: cuando alrededor de veinte años después, Alejandro Magno
ocupó la ciudad de Éfeso y residió en ella por un tiempo, escuchó
la historia del templo de Artemisa y descubrió que había sido destruído
la misma noche en que había nacido él. Al parecer fué esta
coincidencia la que le impulsó a reconstruir el templo, durante el
tiempo que permaneció en Éfeso instaurando un gobierno democrático.
Una vez terminado, el nuevo templo (que hace el número tres en
nuestra cuenta) contó con un retrato del propio Alejandro pintado por
Apeles, el más famoso pintor griego. Aunque el templo de Artemisa no
recuperó jamás su pasado esplendor, al menos su antigua fama le valió
una pronta reconstrucción.
La Estatua de
Zeus en Olimpia
Nuestro viaje saltará
ahora un siglo adelante en el tiempo, pero en compensación no
recorreremos apenas distancia; tan sólo unos pocos kilómetros hasta
Olimpia, en la Élida, centro religioso de la antigua Grecia donde se
rinde culto al principal de entre todos los dioses: Zeus. Aquí, bajo
el monte Olimpo (uno de los muchos que hay en Grecia con ese nombre),
se celebra cada cuatro años la más famosa de las festividades en
honor de Zeus: la Olimpiada.
Estamos en el 450 a. de
C., y se está terminado de construir el impresionante templo de Zeus,
para el que no se escatiman medios: los mejores escultores de Grecia
trabajan en él. Los dos frontones representan los preparativos de la
competición atlética de Pelópe y Enomao para obtener la mano de
Hipodamia, y la lucha entre lapitas y centauros en la boda de Piritoo.
Estos frontones, junto con las metopas, serán considerados no sólo
el más importante conjunto escultórico del estilo severo, sino las más
notables series escultóricas del arte clásico griego junto con el
Partenón. Su autor, de quien no se sabrá el nombre, será conocido
como el Maestro de Olimpia.
Pero nos queda por ver
lo mejor del templo: la estatua de Zeus. Para realizarla se ha llamado
nada menos que al más famoso de entre todos los escultores de la
antigua Grecia: Fidias. Su estilo, por su plasticismo, por su
equilibrio en la elección de temas, en la composición y en las
gradación de los efectos del claroscuro, por su representación
esencial, sin ser detallada, del cuerpo humano, por su majestuosa y
noble serenidad, y por su armonía de formas, consigue ser la
encarnación de los ideales del arte griego.
Fidias pone manos a la
obra representando al dios sentado sobre un trono. La inmensa estatua
no puede ser más llamativa a la vista: Fidias emplea la técnica
crisoelefantina, consistente en cincelar sobre marfil y añadir por
encima oro, representando la carne y las vestiduras del personaje. Y
además de todo esto, el trono está adornado por diversas pinturas.
Fidias empleará más de un año en llevar a cabo la estatua, lo cual
nos da idea de su gran tamaño y de su detalle y calidad.
A diferencia de las dos
maravillas anteriores, esta va a perdurar durante bastante tiempo:
unos mil años, hasta que los terremotos que se producirán en el
siglo VI d. de C. destruyan el templo en su mayor parte.
El Mausoleo de
Halicarnaso
Volvemos a saltar un
siglo hacia delante en el tiempo, y llegamos al año 352 a. de C. Las
maravillas del mundo, que ya sumaban cuatro, vuelven a ser sólo tres,
puesto que Eróstrato acaba de consumar su infame obra destruyendo el
templo de Artemisa, hace apenas cuatro años. Pero el relevo va a
llegar en seguida: una nueva maravilla será construída, dándose
tales coincidencias entre ambas, que parece obra de una magia
bienhechora decidida a compensar la pérdida.
Estamos en Halicarnaso,
en la Caria, un estado del Asia Menor. Se trata de una ciudad
importante; incluso cuenta con una fábrica de esos extraños discos
de metal inventados por Creso que hacen de dinero (y es que a todo nos
terminamos acostumbrando). La ciudad luce esplendorosa: el buen sátrapa
Mausolo ha conseguido llevarla a su cenit. Pero ahora la ciudad está
de luto, pues Mausolo acaba de fallecer. ¿Qué tumba, que sepulcro
será suficiente para un rey así? Su viuda Artemisa toma la decisión
de no reparar en gastos; y de pronto, es como si toda la ciudad
supiera que nunca más volvería a vivir una época tan magnífica
como la de Mausolo, disponiéndose a demostrar su reconocimiento haciéndole
la sepultura más especial de la historia, tanto, que dará nombre a
los "mausoleos" que se construirán en el futuro.
Ya están en marcha las
obras: los arquitectos Sátiros y Piteos construyen un podio
rectangular; sobre él, se levanta una columnata de orden jónico;
sobre ésta, una pirámide escalonada. Y en lo más alto, una estatua
representando una cuádriga. El conjunto alcanza la vertiginosa altura
de 50 metros. Pero eso no es todo; los mejores escultores griegos de
la época esculpirán las estatuas y relieves: Briaxis, Timoteo,
Leucastes y el famoso Escopas (que nada tiene que ver, salvo el
nombre, con el escultor del templo de Artemisa).
Pero esta maravilla, ¡ay!
va a ser la menos duradera de todas. Apenas dieciséis años más
tarde, en el 334 a. de C., Alejandro Magno destruye la ciudad. Él,
que ordenara reconstruir el templo de Artemisa en Éfeso, muestra
ahora su semblante destructor. Y aunque poco después los reyes
egipcios conquistarán la Caria y reconstruirán Halicarnaso, ciudad
que permanecerá hasta nuestros días (hoy llamada Bodrum), del
mausoleo sólo nos quedará la leyenda.
El Faro de
Alejandría
Vamos a saltar ahora
unos setenta años hacia delante, y a viajar de nuevo a Egipto.
Estamos en el año 280 a. de C., y desde que Alejandro liberó a este
estado del dominio persa, los lazos entre griegos y egipcios se han
estrechado: tanto, que su rey, Tolomeo II, es de origen griego. Esta
fusión de egipcios y griegos tiene especial relevancia en la capital,
Alejandría. Fundada por Alejandro Magno en el 332 a. de C., esta próspera
ciudad se ha convertido el más importante foco de la cultura helena.
Pero esta vez la
maravilla no va a ser un templo, ni ninguna otra clase de edificio,
sino una torre. Para guiar a los numerosos barcos que acuden
constantemente a Alejandría, el rey ha decidido construir una torre
que identifique el lugar de la ciudad desde muy lejos. Para ello han
escogido la pequeña isla de Faros, frente al puerto.
El arquitecto Sostrato
de Cnido dirigie las obras, que conforme avanzan, adquieren un aspecto
más impresionante. Cuando se finaliza, la torre mide más de 120
metros. En su cima está equipada con espejos metálicos para señalar
su posición reflejando la luz del sol; y por las noches, a falta de
luz, se enciende una hoguera.
Esta maravilla va a
durar bastante: unos mil seiscientos años, hasta que en siglo XIV los
terremotos la derriben. De nuevo, como el Mausoleo, el nombre de esta
maravilla -que en realidad es "la Torre de Faros"- designará
a todas las construcciones posteriores realizadas con el fin de
mostrar el camino a los barcos.
El Coloso de
Rodas
Sin viajar apenas en el
tiempo (apenas unos tres años hacia delante, hasta el 277 a. de C.)
vamos a presenciar la construcción de la última de las maravillas.
Para ello abandonaremos el Asia Menor y nos internaremos en el mar
Egeo. Allí, a apenas 18 kilómetros de la costa, encontraremos la más
importante de las islas Esporadas: Rodas. Es importante porque su
ciudad, del mismo nombre, es la capital del Dodecaneso, archipiélago
compuesto por una veintena de islas. La situación geográfica de
Rodas es privilegiada para comerciar con Grecia, el Asia Menor e
incluso Egipto, y gracias a eso se ha convertido en el centro
comercial más importante del Mediterráneo Oriental.
Por ello no es extraño
que alguna potencia de la época ambicione apoderarse de Rodas e
intente tomarla, como Macedonia. Su rey, Demetrio I Poliarcetes, es
conocido por su experiencia en el arte militar, sobre todo en los
asedios, tanto, que en futuro los militares se referirán a la técnica
de asediar fortalezas como "Poliarcética". Demetrio ataca,
pues, Rodas. Sin embargo, la ciudad resiste los embates de este
temible guerrero, quien finalmente se marcha con el rabo entre las
piernas. ¡La ciudad ha resistido!
Para celebrar este
triunfo, la ciudad decide elevar un monumento memorable a Helios, dios
del sol, en el puerto. Dirige las obras Cares de Lindos, discípulo de
Lisipo. La estatua va creciendo, primero el armazón de hierro y sobre
él las placas de bronce. Finalmente, cuando la estatua se termina
mide nada menos que 32 metros de altura. Su fama atraerá a viajeros
de todo el mundo antiguo para verlo.
Con el Coloso llegaron
a ser cinco las maravillas del mundo que se alzaban sobre la faz de la
tierra, número que no fué superado sino que fué decreciendo.
Cincuenta y seis años después de su construcción, en el 223 a. de
C., un terremoto derribó al Coloso. Los habitantes de Rodas,
siguiendo el consejo de un oráculo, decidieron dejar yacer sus restos
donde cayeron. Y así fué, durante cerca de novecientos años, hasta
que en el 654 d. de C. los musulmanes se apoderaron del bronce como
botín en una incursión.
La leyenda del Coloso
tendió, cómo no, a agrandar sus proporciones. Durante el
renacimiento el Coloso fué "descubierto" por los
humanistas, al igual que el resto del arte griego, y su monumentalidad
fué remarcada haciéndose circular que sus tamaño era tal que los
barcos pasaban entre sus piertas. Pero el Coloso no necesita de
mitificación: habrá de pasar la friolera de dos mil años hasta que
el hombre realice otra estatua colosal que la supere, lo cual lo dice
todo.
Han pasado más de dos
milenios. Todas las maravillas que quedaban en pie fueron cayendo, víctimas
principalmente de los terremotos.
Todas excepto una,
curiosamente la más antigua: las pirámides de Gizeh.
Ellas, las únicas que
han sido capaces de vencer al tiempo, nos recuerdan cuánta grandeza
somos capaces de crear cuando los humanos dejamos de lado nuestras
disputas y coordinamos nuestras energías.
Trabajo realizado
por:
Ing. Christian Cerda P
ccerda@edesa.com.ec
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